bassetResulta complicado hacer un análisis de Bassett, la última novela publicada por Impedimenta de Stella Gibbons (aunque no es la última escrita por la autora: en realidad es su segunda novela, publicada en 1933 tras el mega éxito que fue La hija de Robert Post), sin hacer ningún spoiler de la trama, pero lo cierto es que es mejor ser cuidadosa ya que todo lector merece enfrentarse a la historia sin que no le avancen nada de lo que va a pasar. Solo hay que tener en cuenta que es una más en la lista de novelas que explican por qué deberías leer a Stella Gibbons.

Como sucede con La hija de Robert Poste, la novela hace algunas referencias que llevan a pensar que se sitúa en un tiempo alternativo (la I Guerra Mundial es aquí una guerra de 30 años), aunque en realidad eso poco importa, porque la novela es una aproximación a la sociedad de su época. Bassett tiene el aspecto frívolo, divertido, de historia ligera que esperamos de esas escritoras británicas de principios de siglo que resultan unas lecturas tan encantadoras (y que tanto nos gustan). Pero por debajo de esa apariencia ‘deliciosa’, envuelta en toda esa encantadora ironía de Gibbons (que hace pensar que es la escritora que todos querríamos ser), se esconde una historia mucho más compleja, mucho más profunda y mucho menos ligera de lo que aparenta. Cuando llegamos a la página final y cerramos el libro, nos damos cuenta de que Gibbons no es solo una maestra a la hora de usar el lenguaje. También es una maestra del engaño: la novelita romántica con la que abríamos la lectura es mucho más que eso.

La historia nos lleva a Bassett, un pueblo de la campiña británica que uno de los personajes acabará describiendo de forma magistral.

 Este pueblucho está lleno de gente que no se casa, Quennie, de gente a la que le encanta la jardinería, jugar al bridge, escribir libros… o la música, pero que no desea unirse a nadie. Todos se quedarán aquí disfrutando de sus pasiones hasta que se mueran. Ninguno de ellos tendrá hijos ni se dejará llevar en cuerpo y alma por el río de la vida (…). Y sin embargo los aprecio. Solo tengo buenos pensamientos para ellos. No les deseo la muerte a ninguno. ¿Para qué sirven? Para nada. Y aun así los aprecio. Me dará mucha pena marcharme de aquí. Me pondré muy triste.

La novela parte de dos disrupciones en la vida cotidiana de Bassett, un pueblo muy bien comunicado por autobús con Reading (no está muy lejos) menos los domingos, cuando no existen autobuses. Hilda Baker, una práctica londinense, llega al pueblo un domingo para investigar una propuesta de inversión: tiene ahorradas más de 300 libras y quiere hacer algo con ellas. Ha leído un anuncio de una dama que busca socia para convertir su casa aristocrática, La Torre, en una pensión. La señorita Baker se queda horrorizada con la señorita Padsoe, la débil ancianita que es la dueña de la casa, y jura que no se dejará atrapar (sabemos que lo hará).

Por otra parte, a Bassett llega la señorita Catton para trabajar como dama de compañía de la señora Shelling y vivir en la casa con ella y con sus dos hijos. Los Shelling son ricos y acomodados, los típicos jóvenes festivos de la época que organizaban fiestas y se dejaban llevar por sus amigos, aunque George trabaje durante largas jornadas en la fábrica que heredó de su padre. La señorita Catton desdeña claramente a los dos hermanos, especialmente al hermano (ella es comunista, él entregado capitalista), y no presta atención al bello George (del que sabemos que es muy guapo y tiene un coche de última moda), lo que hace que él se enamore como nunca ha hecho de ella y comience un intenso cortejo.

Las dos historias se cruzan en múltiples ocasiones (hay un sublime momento de observación de tejones en una laguna infecta llena de mosquitos) y sirven de contrapunto las unas de las otras y permiten que la trama avance. A medida que pasamos páginas se van incorporando muchos más de esos personajes que solo Gibbons es capaz de construir y que hacen que Bassett vaya ganando aún más.

Y, cuando llegues al final, leas la última palabra y cierres el libro (quizás suspires y lo apoyes con cariño contra el pecho, como hacen los lectores entusiasmados de las películas), tendrás que hacer un gran esfuerzo para no volver a leerlo.