del color de la lecheEs difícil no empezar a leer sugestionada cuando el prólogo (que firma Valeria Luiselli y que añade una curiosa historia sobre un inesperado encuentro con la autora) de la novela que empiezas incluye una promesa tan firme: “es un libro escrito con la urgencia palpitante de un pequeño clásico” y “una historia poderosa de una vida que se disolvió en la escritura y que solo puede recobrarse en el silencio de nuestra lectura”.

Todo esto para sentarse a leer Del color de la leche, de Nell Leyshon, que en castellano publica Sexto Piso. La autora cuenta con una amplia experiencia en el mundo del teatro (y escribe radiodramas, ese género tan olvidado aquí pero que aún sigue existiendo en Reino Unido) y fue, con su primera novela, finalista del Orange Prize.

Del color de la leche empieza en primavera. Mary, la protagonista, empieza a narrar su historia. “este es mi libro y estoy escribiéndolo con mi propia mano”, nos dice. “en este año del señor de mil ochocientos treinta y uno he llegado a la edad de quince años y estoy sentada al lado de mi ventana y veo muchas cosas”. Que no haya mayúsculas ya nos hace pensar que nos encontramos ante un libro singular. La narración irregular también nos choca. Y al final de la página, después de que nos prometan que “quiero contarte lo que me ha pasado pero tengo que tener cuidado de no apresurarme como hacen las vaquillas en la entrada”, nos dice que va a empezar “por el principio”. Y ahí sabemos que Mary, de quince años, tiene para nosotros una historia, posiblemente una gran historia.

Poco sabemos de ella, más que que es analfabeta, que vive en un granja con sus tres hermanas, una madre despegada, un padre brutal y un abuelo cariñoso condenado a la inmovilidad y que es la hermana más pequeña, la última decepción para un padre que quería un hijo varón (trabajan más y mejor) y se tuvo que conformar con una hija con una pierna defectuosa y el pelo del color de la leche. Mary siempre dice la verdad, lo que hace que sus interlocutores se queden sorprendidos por las cosas que dice y que lleva al lector a pensar que será totalmente sincera en la historia que va a narrar.

Es difícil no dar unas pinceladas sobre qué va a ocurrir en la historia, pero es mejor que el lector se la encuentre sin saber nada antes. Mary va a aprender a leer y a escribir (obvio, estamos leyendo una historia de su propia mano) y acceder a ese conocimiento en la Inglaterra rural de 1830 hará que una desheredada, uno de esos personajes que siempre están al margen de las historias, pueda contar la suya propia, la de la hija de la miserable granja y la de la criadita de la casa del vicario.

La forma de la historia es lo primero que toca al lector. La autora ha sido fiel a lo que podría ser la escritura de una mujer analfabeta e inculta que empieza a escribir y a leer. Nos encontramos por largas oraciones sin comas, con explicaciones sencillas, con mayúsculas desaparecidas y con palabras malsonantes. Pero al mismo tiempo la historia es tan poderosa como para que la presentación se convierta en la anécdota y que el lector consiga olvidarse de que no hay mayúsculas, que no hay suficientes comas y que las descripciones son solo lo que realmente necesitamos para entender la historia, nada de divagaciones que no llevan a nada. Y que Nell Leyshon escriba así, al final, no parece un ejercicio de virtuosismo postmoderno (como tantas novelas que al final acaban siendo simplemente pretenciosas) sino una especie de muestra de sinceridad: está escrito así porque Mary, ese personaje con pelo del color de la leche, solo podría haberlo escrito así.

Y, cuando el lector llegue al final del libro (y como prometía la prologuista al empezar el ejemplar), se cerrará al libro y se necesitarán unos minutos para pensar.