el hospital de la transfiguraciónVaya por delante que no suelo leer libros de ciencia ficción. Como fan entusiasmada del realismo (y de esas novelas que al final te cuentan todos los libros que su autor tuvo que leer para poder contarte lo que acaba de relatar), las novelas de ciencia ficción tienen que luchar contra todos mis prejuicios (sí, es imposible no tener prejuicios literarios). Así que no había leído nada de Stanislaw Lem, el popular autor polaco de ciencia ficción. Hasta ahora. Este domingo he consumido de un tirón El hospital de la transfiguración, la que está considerada su primera novela y la obra que lo apartó para siempre de la senda del realismo.

Lem escribió El hospital de la transfiguración a finales de los años 40, cuando los hechos que relata estaban muy cercanos en el tiempo.  Durante la II Guerra Mundial, Lem había vivido en Lvov como estudiante de Medicina y trabajando como soldador y mecánico. Tras la guerra, Lem tuvo que dejar Lvov, que dejaba de ser Polonia para convertirse en Ucrania, y se mudó a Cracovia, donde escribió esta novela. La experiencia fue terrible, como bien explica la nota del editor que acompaña la edición española de Impedimenta. Los editores demandaban correcciones y la novela era etiquetada como contrarrevolucionaria y decadente (Polonia era ya uno de los países del bloque del Este y, por tanto, en la órbita de la URSS). Cuando llegó a las librerías en 1956 había pasado casi una década desde que Lem la escribió y el escritor tuvo que comprometerse a convertirla en la primera obra de una trilogía más afín a las ideas del régimen comunista.

La novela nunca había sido publicada en España hasta que Impedimenta (una de esas editoriales independientes que tantos tesoros están recuperando) la lanzó hace unos años, traducida directamente del polaco (otras novelas de Lem se había publicado en España con traducciones con idiomas interpuestos).

La historia empieza con un viaje en tren. Stefan Trzyniecki es un joven licenciado en Medicina, sin trabajo, en el invierno posterior a la ocupación por parte de Alemania de Polonia (así que estamos en el invierno de 1939-1940). Acaba de morir el hermano de su padre y, como este este enfermo, le pide que vaya él al funeral. Trzyniecki viaja hasta la localidad natal de la familia, se encuentra con su familia y, cuando está a punto de marcharse, recibe la visita de uno de sus antiguos compañeros de facultad, que le ofrece trabajar en el hospital en el que él trabaja. Trzyniecki  no acepta, porque es una decisión demasiado repentina y además él no es psiquiatra (el hospital es un sanatorio mental), pero cuando llega a la estación decidido a volver a casa el caos ferroviario toma la decisión por él. Al no poder montar en el tren, decide quedarse. Y así empieza a trabajar en el hospital.

Lo que seguirá serán sus experiencias en el trabajo con los locos y durante el comienzo de la II Guerra Mundial en la Polonia ocupada. Breves amagos de resistencia y los cambios que imponen las leyes nazis llegan como un eco lejano hasta el hospital, que parece aislado del tiempo, hasta que, en la recta final de la novela, el mundo real y la guerra dejan de ser ecos lejanos y golpean a los habitantes del hospital y  a sus médicos.  Y ya solo por esa recta final, en la que con unas cuantas pinceladas el escritor retrata las diferentes reacciones ante la tragedia, merece la pena la lectura de la novela.

Pensar qué hubiese podido ser de Stanislaw Lem de no haberse apartado de la senda del realismo es jugar a literatura-historia-ficción. Pero tras una primera novela como esta posiblemente hubiese firmado muchas otras buenas novelas.