La vitud de ChecchinaEstá claro que los argumentos se repiten y repiten pero nunca se agotan (no al menos en manos de buenos escritores), sino que se vuelven únicos. Pero eso no quita que haya algunos esquemas con los que uno se siente más motivado, argumentos que al leerlos uno dice: «Sí, esto me apetece». Y a mí me ocurre con los triángulos amorosos, qué le voy a hacer. Me encantan las mujeres que se debaten entre dos (o tres, o cuatro) hombres. Todavía más si están aburridamente casadas y viven en otro siglo.

Venga ya, me diréis. ¿Después de ‘Anna Karenina’, de ‘Madame Bovary’, de ‘La Regenta’? ¿Para qué? Pues por ejemplo, para encontrar una protagonista entrañable. Porque hay que reconocerlo, esas tres novelas son obras maestras, pero el personaje principal es un poco… tonto. Es imposible que te caiga bien, por mucho que te esfuerces. No, te importa un pito si su amor secreto prospera o si acaban arrojándose debajo de un tren. ¡Cansinas!

En ‘La virtud de Checchina’, de Matilde Serao, el argumento (más o menos) se repite. Una mujer burguesa (bastante más pobre, eso sí). Un marido insustancial. Otro hombre que es promesa de emoción, de refinamiento, de algo más. La diferencia es que el tono es más paródico, pero también más cercano. Y que a Checchina dan ganas de abrazarla. Quizá de tan complaciente sea tonta, quizá sea como una gallina que no quiere escapar del corral, quizá sea un poco patética, pero no deja de ser un personaje tierno, quizá también por esas mismas razones.

Y es que en realidad, la aventura de Checchina es lo de menos. La autora nos cuenta, con no pocas dosis de ironía, los desvelos de la pobre mujer para acudir a una cita amorosa y así nos radiografía exhaustivamente cómo es el personaje, y como es su vida: monótona y casera, económicamente limitada, con un marido vulgar y una criada beata y amargada. Pero ella, en realidad, no aspira a mucho más, y quizá esa, sea la mayor tragedia.

Se trata de una novela corta de apenas 70 páginas, pero no por ello menos valiosa. Con un estilo minimalista, naturalista y cómico, Serao construye a partir de una pequeña, pero significativa, anécdota, una historia deliciosa.

La obra, publicada inicialmente en 1883 (en Italia), la recupera Ardicia Editorial con el buen gusto que la caracteriza. Y por si todo esto fuera poco, cuenta con posfacio de la también fantástica Natalia Ginzburg.