Pocas veces se publican obras de ficción ambientadas en hechos históricos reales donde los niños sean protagonistas y receptores al mismo tiempo. Menos frecuente todavía es que estos sucesos se centren en gestas de tipo médico o sanitario, y no sobre belicismos o problemáticas sociales, que culminen en un avance vital para toda la humanidad. En este sentido, podemos afirmar que la escritora, periodista y presentadora gallega María Solar ha sentado un precedente en lo que a temática novedosa se refiere. Y lo ha hecho con honores con Los niños de la viruela (publicado por Anaya e ilustrado por Beatriz Castro).

Con un gran acierto en cuanto al trazado de la personalidad de los personajes más destacados, el gran papel de otros actores secundarios inventados y la excelente ambientación en un tiempo, el año 1803, y en un escenario concreto, un orfanato de A Coruña. La autora nos habla de la oportunidad de tener un futuro mucho mejor para unos niños huérfanos cuyo único objetivo era conseguir comer algo más de lo que les ofrecían en el centro que los acogía.

Con gran precisión histórica gracias a la obligada documentación, a la profunda investigación en el tema y a la buena pluma de Solar, sabemos de los motivos principales por los que los progenitores abandonaban a sus hijos prácticamente recién nacidos. Se nos hace también una aproximación muy cercana de las graves penurias de todo tipo que padecían los pequeños y sobre las pocas posibilidades de cambiar para mejor que se les ofrecían.

Y qué decir de la situación sociocultural de principios del siglo XIX. Pocas personas sabían leer y escribir; el hambre, la enfermedad y las privaciones afectaban a gran parte de la población y la supervivencia se basaba más en la  astucia y en la falta de escrúpulos que en el trabajo honrado. Nos encontramos con una mujer que ganaba unas pocas monedas a cambio de amamantar los huérfanos de pocos días, a la directora del orfanato marcada con la afrenta de ser madre soltera y a un huérfano despierto, vivaz y lleno de bondad que llega a ser ayudante bibliotecario del doctor Posse Roybanes, director del hospital de A Coruña. Sí, un joven bibliotecario que aprendió modales y a leer y a escribir para ayudar al doctor, pero que al fin no formó parte de la expedición.

Gracias a las investigaciones del doctor personal del rey Carlos IV, Francisco Javier Balmis, que convencido de la efectividad de la vacuna contra la epidemia de la viruela que devastaba a gran parte de la población mundial, el futuro de un grupo de niños huérfanos escogidos cambió. El plan del doctor era crear una cadena humana para que los niños transportaran la vacuna en su cuerpo hasta América, el nuevo mundo. Por este motivo, el doctor se embarcó en un ambicioso plan que incluía al director de la expedición y también médico José Salvany, Isabel Zendal Gómez directora del orfanato coruñés Casa de Expósitos, y hasta veintidós niños procedentes de hospicios de Madrid, A Coruña y de Santiago de Compostela y ninguno mayor de nueve años: Vicente Ferrer (7 años),  Andrés Naya (8 años), Domingo Naya (6 años), Antonio Veredia (7 años), Martín (5 años), Manuel María (6 años), Cándido de la Caridad (6 años), Francisco Antonio (8 años), Clemente de la Caridad (9 años), José Jorge Nicolás de los Dolores (5 años), Vicente María Salee y Vellido (3 años), Pascual Aniceto (3 años), Ignacio José (3 años), José (3 años), Tomás Melitón (3 años), José Manuel María (3 años), Benito Vélez (7 años), Juan Antonio (5 años), Jacinto (6 años), Gerónimo María (7 años) y Francisco Florencio (5 años).

Un viaje real en el que la vacuna obró un verdadero milagro. En el año 1980 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la viruela erradicada por completo gracias al efecto de la vacunación.

Hay que contar con que no todo fue como se esperaba y muchas de las promesas y planes se transformaron en humo y las pocas esperanzas murieron por el camino. En el epílogo que cierra el libro sabemos que muchos de estos niños pasaron de ser héroes a nuevos nombres que engrosar las listas de otros hospicios ya atestados y de salubres condiciones de los países donde les hicieron llegar la vacuna. La expedición del doctor Balmis no siempre fue bien recibida ni su mensaje entendido como herramienta de vida. Desde accidentes, contratiempos y peligros varios hasta numerosas revueltas son la cruda realidad de lo que vivieron en su afán de no romper la cadena humana. De futuro glorioso a realidad dura y cruel que a muchos les costó la vida y que otros conflictos bélicos entorpecieron hasta el punto de perder la pista por completo de estos niños. Nos consta que algunos murieron durante la travesía, otros fueron adoptados y los más permanecieron en los hospicios hasta cumplir la mayoría de edad para valerse por sí mismos.

No estamos acostumbrados a leer libros ambientados en momentos cruciales de la historia de la humanidad y que rindan homenaje a héroes de tan corta edad, por eso el libro Los niños de la viruela es una lectura muy provechosa y necesaria que contribuye a la visibilización de hitos históricos  como el aquí narrado porque como se dice en el libro: El mejor agradecimiento que podemos dar es conservar la memoria de lo que hicieron. Mientras los recordemos, les estaremos devolviendo parte de los que ellos nos dieron de manera tan altruista y generosa.

 

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