dormir

Arianna Huffington, la fundadora de The Huffington Post, aprendió la lección de una forma bastante poco agradable: se desplomó en su casa y se partió el pómulo. La lección que aprendió fue que había llevado su cuerpo al máximo, que lo había forzado hasta que este no pudo más trabajando demasiado y pensando que podía vivir sin dormir tanto. De hecho, no hay más que pensar en esas frases célebres que todos nos repetimos en alguna ocasión. Ya dormiré cuando haya muerto.

Pero dormir es muy importante y muy necesario y no hacerlo tiene muy malas consecuencias, como Huffington descubrió ese día. Desde entonces, no solo ha aprendido la lección, sino que además se ha convertido en una evangelista del sueño. Habla de la importancia de dormir en cuanta ocasión se preste y, además, ha escrito sobre ello. Huffington ha dedicado un ensayo al sueño y a por qué deberíamos cuidarlo más. El ensayo, uno de esos que suelen aparecer en las listas de los medios estadounidenses, ha sido traducido al castellano como La revolución del sueño (Plataforma Editorial).

El ensayo nos recuerda cómo se ha interiorizado ciertas ideas y cómo se ha asentado esa cierta idea de que dormir no solo no es tan necesario, sino también una especie de pérdida de tiempo. Los medios, especialmente los que hablan de negocios y de temas relacionados, están llenos de artículos sobre altos directivos que se levantan escandalosamente temprano y de historias de éxito de ejecutivos que logran hacer muchísimas cosas en su día a día… durmiendo por supuesto muy poco tiempo. Solo duermo cuatro horas, parece la tonadilla que usan los consejeros delegados de las multinacionales como emblema de su éxito. De hecho, como apunta Huffington, se ha creado una especie de asociación entre el éxito y el no dormir y también entre el ser un macho alfa y no dormir. A lo que Huffington explica se podría sumar sin mucho problema todas las connotaciones negativas que algunos asocian a la siesta, a la economía y a los países del sur de Europa.

El sueño no siempre fue una cosa ‘maldita’. Leyendo el libro de Arianna Huffington se puede llegar a la conclusión de que, en realidad, esto es uno más de los lastres del capitalismo. La Revolución Industrial puso punto de partida a la consideración del sueño como algo que no debería parar a nadie cuando las fábricas empezaron a modificar las rutinas de trabajo. Una fábrica que cerrase por la noche empezó a ser considerada anticuada. Lo moderno era una producción constante y, por tanto, el abrir toda la noche y volver la espalda al sueño. No dormir pasó a ser un símbolo de ser fuerte. Empezó el “heroico desvelo”.

Y eso ha calado tan profundamente que ha modificado cómo percibimos el dormir aún ahora (y eso que según los estudios que recoge el libro se necesita dormir de media 7 horas para tener un hábito saludable, sin olvidar que hay personas que necesitan más horas). Dormir nos parece superfluo y no lo valoramos, aunque tiene efectos sobre nuestra salud, nuestro humor y nuestra capacidad de tomar decisiones. Uno no toma buenas decisiones si no ha dormido (Huffington recuerda que, hoy en día, lo que hizo Franklin D. Roosevelt antes de entrar en la II Guerra Mundial no hubiese sido posible, porque no se comprendería: se fue diez días de vacaciones para poder meditar de forma relajada sobre su decisión). La aparición de los smartphones y el hecho de que siempre estamos conectados tampoco ha ayudado a mejorar nuestra percepción del sueño y nuestra relación con él. Estamos siempre recibiendo y buscando información.

Todo ello hace que necesitemos dormir mucho más y mucho mejor.

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