orfancia

Hay libros que te sacan de tu zona de confort y te obligan a entrar en espacios que ni son los que habitualmente frecuentas con tus lecturas ni en los que te sientes más a gusto. Hay libros que, cuando llegas a la página final, te hacen levantar la mirada, mirar con extrañeza a la pared preguntándote por lo que acabas de leer y hablar rápidamente con la primera persona que te cruces sobre eso. Por supuesto, en la era de GoodReads y de las reseñas online, esto viene también acompañado de leer lo que otros dicen sobre su experiencia lectora. Y hay libros que, por muy poco profundo que pueda parecer como término de crítica literaria, no se tiene muy claro cuando se acaba de leer si es un libro que te haya gustado o no. Son esos libros que, en la dictadura de las estrellas de las redes sociales bibliófilas, casi prefieres no puntuar porque resultaría demasiado complicado.

orfanciaTodas estas reflexiones y todas estas cuestiones me las hacía tras terminar Orfancia, la primera novela de Athos Zontini, un escritor italiano bregado en los guiones, y que acaba de publicar en castellano Destino. Es difícil determinar qué es este libro y meterlo en algún compartimento estanco de la literatura y sus géneros, porque es un libro raro. Raro es también el protagonista, un niño de ocho años que trae por la calle de la amargura a sus padres (se pasan la novela exclamando que no pueden con él… y una llega a entenderlos) por una razón igualmente extraña, que es la esencia de la novela.

El niño no quiere comer porque no quiere crecer y engordar y no quiere hacerlo porque está convencido de que todos los padres acaban devorando a sus hijos. Los niños son como Hansel y Gretel, pequeños de engorde que los padres devorarán (no una bruja en este caso) cuando lleguen a su punto exacto de grasa.

El resultado es bizarro, tanto en el sentido que le han dado los hípsters (eso de más raro que un perro verde) como en el que se empeñan en repetir tantos artículos que es el significado de verdad (eso de valiente: mucho hay que serlo para lanzarse a escribir algo así sin temer a acabar dejando que la anécdota te coma la historia).

Es difícil analizar lo que ocurre sin destripar la trama, así que avisamos antes de seguir.

El narrador es el propio niño protagonista, que empieza la historia con el pelo largo “como una niña” porque si se lo cortan parece aún más flaco, lo que hace que solo recibamos una parte de la historia. El niño es un narrador limitado, al fin y al cabo (y uno que no siempre despierta simpatía de quien lee… Él teme el lado inquietante de los adultos, esos caníbales, pero él mismo es inquietante y oscuro).

Y sí, no es difícil ver más allá de la historia, que se construye como una especie de inquietante cuento moderno, una versión un tanto gore de esos niños que en las historias tradicionales tienen que encontrar su lugar en el mundo, y de la metáfora. El niño que no come no deja de ser alguien que se resiste a dejarse meter en lo que el mundo espera de él y el brutal final puede no ser leído de forma literal por quienes buscan más en el telón de fondo de la historia (¿se lo han comido de verdad?, esa es la pregunta: el lector intelectual dirá que ¡no, por supuesto que no! … pero hay algo en la historia que invita a pensar que sí, que ese el final y que se lo han comido tal y como él temía, sin metáforas de por medio).

Sea como sea, este es uno de esos libros que no solo dejan una sensación rara cuando acabas de leerlo, sino que además acabas diciendo a los demás que deben leerlo. Léelo y me cuentas. De esos.

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