pluckedCuenta en los agradecimientos de su ensayo Plucked. A History of Hair Removal Rebecca M. Herzig que en un evento le tocó explicar a un colega que estaba trabajando en una investigación sobre la depilación y que su colega le contestó siempre tiene que haber alguien que escriba de cualquier cosa. Por supuesto, el comentario tenía ese tonillo despectivo que se puede esperar de quienes piensan que hay temas y temas y que unos son mucho más importantes de investigar que otros.

Habría que decir que Herzig no es la primera que ha tenido que escuchar comentarios así (si se lee el libro que Rachel P.Maines dedicó a la historia de los vibradores se puede encontrar que la autora confiesa que se tuvo que enfrentar a comentarios similares) y habría que añadir que una vez que se acaba de leer el texto de Herzig se siente cierta tendencia a simplemente dar una colleja a esos comentaristas pretenciosos sobre lo que debe o no debe ser investigado. Porque Plucked. A History of Hair Removal  es no solo un texto fascinante, que invita a reflexionar mucho sobre el mundo moderno, sino también una historia de uno de esos elementos de la vida cotidiana que suelen quedar siempre al margen incluso de las notas a pie de página y que son, sin embargo, material para lecturas de esas que te mantienen atrapada página tras página.

La depilación es uno de esos temas que han ido cambiando de forma notable a lo largo de los siglos e incluso de las décadas. Como nos recuerda Herzig en su ensayo, al fin y al cabo son las nietas y las hijas de las mujeres que se rebelaron contra la depilación como una forma de opresión de género las mismas que ahora se entregan sin dudarlo a la depilación brasileña.

Pongamos por ejemplo el cómo son las protagonistas de algunas de las novelas de Emilia Pardo Bazán y el cómo nos son descritas para que veamos su belleza. Amparo, la protagonista de La Tribuna, pasa de ser una adolescente desgarbada a ser una joven muy guapa de la que sabemos que tienen “la lisura de ágata de la frente; el bermellón de los labios carnosos; el ámbar de la nuca” y también “el vello áureo que desciende entre la mejilla y la oreja, y vuelve a aparecer, más apretado y oscuro, en el labio superior”.  Y sobre Feíta, la protagonista de Memorias de un solterón, Mauro Pareja, el narrador, nos cuenta que “sobre el labio superior hay indicios de bozo: no puede llamarse una dedada, sino a lo sumo leve sombra, que con el tiempo oscurecerá”.

Herzig se centra en su ensayo en la historia de la depilación durante los últimos siglos en Estados Unidos, aunque lo cierto es que la información que ofrece es interesante por sí misma (aunque hable de la depilación en un lugar que no es el nuestro) y también fácilmente aplicable como guía para descubrir la historia de la depilación más cercana. Al fin y al cabo, solo hay que adentrarse en los periódicos y en las revistas de las épocas que la autora refiere (y que pueden encontrarse en espacios como la Hemeroteca Digital de la BNE) para encontrar ejemplos similares en los medios españoles de la época.

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¿Hubo siempre el mismo interés por la depilación que hay ahora? Lo cierto es que no. En los últimos siglos el cómo, el por qué y el qué nos depilamos ha ido variando mucho. Herzig empieza su relato contándonos como durante finales del XVIII y principios del XIX los expertos (filósofos, científicos, analistas…) se centraban en el hecho de que los indios estadounidenses no tenían pelo corporal a diferencia de lo que ocurría con los habitantes de origen europeo. El dato se empleaba habitualmente de forma colonialista (los hombres de verdad tienen barba era la filosofía imperante y quien no la tuviese no tenía más remedio que ser un débil) y muchas veces no era analizado de una forma científica real. Porque no es que los indios no tuviesen pelo, sino que lo depilaban. Algunas tribus tenían pinzas de depilar, que llevaban siempre consigo.

Pero aunque la ausencia de vello de los indios era material para muchos análisis lo cierto es que la lucha contra el pelo que sobra no estaba limitada a ellos. Los libros de trucos de belleza femeninos de la época estaban llenos de recetas de cremas caseras depilatorias. A principios del XIX apareció en la prensa estadounidense el primer anuncio de una crema depilatoria comprable (aunque Herzig nos dice que en Europa posiblemente esos anuncios empezaron antes) y durante el XIX se empezó a producir de forma profesional (e industrial) cremas y lociones para depilar. Las mujeres depilaban entonces el vello facial que consideraban superfluo.

Durante el XIX empezó además el boom de la depilación tal y como lo conocemos ahora, ya que no solo se empezaron a aplicar nuevas ideas de higiene sino que además la teoría de la evolución hizo que el pelo se viese de una manera diferente. El exceso de vello no hacía más que recordarnos al mono y, de hecho, a finales de ese siglo empezó a tipificarse como un problema médico. Las modas fueron haciendo además que las mujeres mostrasen cada vez más partes del cuerpo y que estuviesen más decididas a depilarlas. A principios del siglo XX, los largos de las faldas empezaron a recortarse, al tiempo que era más habitual mostrar los brazos, lo que hizo que piernas y brazos se incorporasen a los elementos a depilar.

milady decollete

Además, la industria de la depilación se amplió. Si durante el XIX se empezaron a producir de forma profesional cremas depilatorias y empezaron a dotarse de elementos de marketing para venderse, el final de ese siglo, el principio del XX y la evolución de la ciencia crearon nuevas formas de depilarse y nuevos sistemas. Así, durante la I Guerra Mundial Gillette lanzó la primera cuchilla para depilarse creada directamente para el mercado femenino, la Milady Decolletée, que consiguió un gran éxito de mercado porque evitó autodenominarse cuchilla (muy masculino), usar el término afeitado (aún más masculino) y venderse como “un accesorio para el baño”.

La evolución de la ciencia hizo también que apareciesen sistemas de aires científicos y médicos. A principios del XX empezó la depilación eléctrica, que se parecía bastante a la depilación eléctrica actual, y también un sistema curioso (y nada sano) que empleaba los rayos X. La depilación por rayos X era una realidad a principios del XX tal y como ahora lo pueden ser la depilación láser o la fotodepilación. Como en el caso de estos sistemas, la depilación por rayos X vendía como virtud el hecho de que era permanente y también el que era el fruto de una gran evolución técnica. Pero, a diferencia de las depilaciones modernas, no estaba probada más allá del hecho de que efectivamente hacía desaparecer el pelo. En los años 30, la depilación por rayos X tuvo que ser prohibida porque era muy mala para salud. Curiosamente, y como nos cuenta Herzig, algunas mujeres siguieron empleándola ante la promesa de acabar con el pelo para siempre: tenían que acudir a clínicas depilatorias ilegales para ello.

Imágenes Galiciana, RazorArchive