el prodigio portada

Durante la época victoriana aparecieron unas sorprendentes figuras. Eran las fasting girls, las mujeres ayunadoras, que aseguraban que podían vivir sin comer. Sus razones para dejar de comer eran variadas (y no siempre relevantes), al tiempo que no lo hacían de entrada por cuestiones religiosas. Simplemente dejaban de comer y aseguraban que podían subsistir sin hacerlo.

Pero si anteriormente este tipo de comportamientos entraban en el material de la leyenda y se convertían en esas historias que se iban contando de eventos milagrosos del pasado, en el caso de las fasting girls victorianas sus voluntarios ayunos se convertían en tema de portada. Los medios de transporte habían hecho que todo estuviese más cerca que nunca y los medios de comunicación estaban empezando a llegar a las masas. Las mujeres ayunadoras conseguían la atención de la prensa y por tanto la del público. En Estados Unidos había quien hacía comercio del fenómeno y en Reino Unido uno de los casos, el de Sarah Jacob, se convirtió en una cause célèbre que llenó de titulares los medios (especialmente cuando Jacob fue puesta en observación 24 horas en un hospital para certificar que no estaba comiendo y acabó falleciendo por malnutrición y hambre).

el prodigioEstas mujeres que decían no comer o, mejor dicho, estas niñas que decían no comer (muchos casos victorianos arrancaban en la pubertad) son el punto de partida de la última novela de Emma Donoghue, El prodigio (Ediciones B), que no toma ninguna historia real concreta, aunque se inspira en ellas.

La historia está ambientada en la Irlanda de 1859, a donde llega una enfermera británica, Elizabeth Wright, Lib. Lib fue una de las enfermeras que acompañaron a Florence Nightingale a la Guerra de Crimea (donde se considera que nació la enfermería moderna) y es por tanto una mujer con unos conocimientos y unas capacidades que no todo el mundo aprecia o valora en la época en la que le ha tocado vivir. Sin embargo, son esas capacidades las que hacen que la contraten para el trabajo que va a hacer en Irlanda. Le pagarán (y bastante bien) por vigilar a una niña, Anna, que ha dejado de comer desde que cumplió 11 años 4 meses atrás. La niña se ha convertido en una atracción en un pequeño y pobre pueblo de la Irlanda rural, el epicentro ya de peregrinaciones de curiosos (como dice uno de los locales, ¡la niña podría ser la primera santa irlandesa desde el siglo XIII!) y de la cobertura de los medios.

Lib, por supuesto, está convencida de que la niña come a escondidas y de que hay que encontrar quién es el cómplice de esta historia, aunque a medida que pasan los días empieza a preguntarse más cosas. ¿Está su vigilancia y la de la monja que ha sido contratada para desempeñar a turnos con ella el trabajo haciendo que la niña se acerque más a la muerte por no poder realmente comer?

La historia está narrada desde el punto de vista de Lib, lo que hace que se vea todo lo que está ocurriendo desde la perspectiva de un extraño. Lib no solo es inglesa, sino también una mente científica y atea que no comprende todas las pasiones religiosas a la que parece estar entregada la niña. Y, aunque sí es cierto que algunas cosas de la historia podrían ser mejoradas (hay el ubicuo secreto familiar, o más bien secretos familiares), la historia logra captar y mantener la atención de lector centrándose en lo que ocurre en los días de observación. Lo que leemos es lo que está pasando en esos primeros días (y si tenemos en cuenta que lo que se nos cuenta es la observación que se hace de una enferma lograr atraparnos partiendo de ello tiene su mérito).

Además, y como apunta en la crítica que dedicó Stephen King a la novela en The New York Times, la autora no se entrega a esa prosa ‘de hacerse ver’ que parece ser el elemento recurrente de algunos de los últimos libros que llegaron a la mesa de novedades en lo que se suele denominar ‘prosa literaria’. Lo importante aquí no es cómo se cuenta y demostrar que se pueden hacer grandes juegos de palabras y metáforas grandilocuentes, sino que lo que importa es simple y sencillamente la historia (y como lectora una se siente muy tentada a dar infinitas gracias por ello).

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