librería de viaje de Napoleón

La mayoría de los lectores viaja con la maleta repleta de libros o -mucho más práctico- un ereader con aún más títulos. Así uno puede asegurarse de que no se quedará sin lectura a mitad de las vacaciones o que siempre contará con una obra adecuada para cada momento.

Eso es así hoy en día, y parecido hace un par de siglos, con la diferencia de que los libros solo existían en soporte físico, y por lo tanto, llevarte 100 libros de aquí para allá no era tan fácil. A menos que fueses Napoleón y hubieses ideado una biblioteca de viaje en miniatura. Y es que no se conformaba con trasladar sus libros favoritos cuando se iba de viaje, o a la guerra, sino que planificó con sumo detalle la construcción de librerías portátiles que siempre formaban parte de su equipaje.

Como cuentan en el Sacramento Daily Unión del 6 de junio de 1886, el hijo del librero personal de Napoleón dejo interesante información al respecto: “Durante mucho tiempo Napoleón solía llevar los libros que necesitaba en cajas, de unos sesenta volúmenes cada una” Los libros se apilaban sobre estantes (realizados por un famoso ebanista de la época). Primero eran de caoba, pero el material no era lo suficientemente fuerte para soportar las vicisitudes de viajes por malas carreteras, así que Barbier (el librero de Napoleón) decidió hacerlos de roble y recubrirlos de cuero. El interior estaba forrado de cuero verde o terciopelo, y los libros estaban encuadernados en Marruecos. Además había un catálogo para cada caja, con un número correspondiente a cada volumen, para no tener que perder nunca ni un minuto de más en coger el libro que precisaba. En cuanto llegaba a un nuevo cuartel general durante una campaña, esas cajas se colocaban en su estudio, junto a sus cartas y mapas.

Pero eso no era suficiente para el emperador, que pronto descubrió que había numerosos libros que quería consultar y no se encontraban dentro de las cajas, ya que no encajaban -por tamaño- dentro de ellas. Algo que no iba a amilanar a un estratega de su calibre, y mientras estaba en Bayona en 1808, le envío a Barbier las siguientes instrucciones: “El Emperador desea que usted forme una biblioteca itinerante de 1000 volúmenes en formato doceavo e impresos con una bella tipografía. Su Majestad tiene la intención de imprimir estos trabajos para uso especial, y para economizar espacio no habrá margenes en ellos. Deben contener de 500 a 600 páginas, y deben estar encuadernadas con cubiertas lo más flexibles y elásticas posibles. Debe haber 40 obras sobre religión, 40 obras dramáticas, 40 volúmenes de poemas épicos y 60 de otra poesía, 100 novelas y 60 volúmenes de historia, siendo el resto las memorias históricas de cada periodo”.

¿Qué leía Napoleón?

No cabe duda de que Napoléon era un lector voraz, y según algunos expertos, su pasión era “incontrolable”. Leía todo lo que caía en sus manos, de cualquier temática, y además muy rápido, llegando a leer unos 3 libros al día. De hecho, solía quejarse de no recibir todas las novelas que quería, y se enfadaba considerablemente cuando no estaban al nivel que esperaba, lanzándolas con desdén por la ventanilla de su carruaje. Dicen que incluso leía mientras cabalgaba, y que su condición de ambidiestro le permitia, al mismo tiempo, garabatear sus pensamientos al respecto en los márgenes de los libros.

Pero, ¿cuáles eran sus lecturas favoritas? Sus autores más queridos eran Homero, Virgilio, César, Voltaire, Corneille, Maquiavelo, Pascal, Goldoni y Madame de Staël, pero también leía a escritores ingleses como James Macpherson, y ‘Las leyendas de Ossian’ era una de sus obras elegidas con más frecuencia para leer antes de dormir.

Entre otras obras que reclamó para su biblioteca itinerante, destacan los dos testamentos de la Biblia, el Corán, una historia de la Iglesia, ‘La Iliada’ y ‘La Odisea’, ‘La Henriada’, ‘Julia o la nueva Elosía’…

Además, es más que posible que una buena biblioteca reconfortara su alma, ya que justo antes de exiliarse a Santa Helena, tomó refugio en su biblioteca de Malmaison. Aunque eso no le impedía saquearlas, una buena manera de aumentar su colección personal, especialmente cuando el final de su imperio se acercaba. Así, se llevó más de 700 volúmenes de la biblioteca de Fontainebleu, y otros tantos de otras bibliotecas. Él no lo consideraba un robo, sino “un rapto”.

Vía | OpenCulture, La Nación y Actualitte

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