A día de hoy puede que tengamos una imagen más o menos clara de lo que nos esperamos de una librería y lo que consideramos mínimo para tener una buena experiencia. Una librería tiene que ser un lugar en el que los libros están plenamente accesibles, en el que es fácil encontrar títulos y en el que podemos pasar tiempo viendo las novedades y qué hay antes de decidirnos por qué comprar. Sin embargo, no siempre fue así.

Las librerías del pasado en España eran bastante diferentes a lo que hoy asumimos como librería. Como negocio – y como ocurriría con las tiendas que vendían otras muchas cosas – las librerías evolucionaron y se adaptaron al cambio de los tiempos. Las tiendas se hicieron mucho más visuales a lo largo del siglo XIX y se fueron adentrando en lo que hoy vemos como habitual (la idea de poder ver y tocar las cosas que queremos comprar, de vagar por la tienda). En España, la primera librería que encaja en esa idea y que se considera la primera librería moderna, es La Casa del Libro, que abrió en 1923 siguiendo todos esos principios e ideas que hoy damos por sentados cuando pensamos en una librería (la mesa de novedades, las secciones, poder cotillear los libros).

Como explican en Los felices años veinte: España, crisis y modernidad, editado por Carlos Serrano y Serge Salaün y publicado por Marcial Pons, el entonces gigante editorial Calpe destinó algo más de tres millones y medio de dólares a construir un edificio en la Gran Vía de Madrid, destinado ya a ser una “gran librería” como sus dueños apuntaban en las entrevistas que entonces publicaban los medios. El Palacio del Libro (su primer nombre) dejaba a sus consumidores vagar por el espacio y sacar de las estanterías los libros que les interesaban. Hasta ese momento, lo habitual era que los libros se vendiesen en mostrador y que hubiese que pedir al dependiente lo que se quería.  Las librerías, explicaban en el capítulo destinado al tema en este ensayo, solían ser espacios más bien oscuros.

En Historia de la edición en España 1868-1936, publicado también por Marcial Pons y editado en este caso por Jesús A. Martínez Martín, las librerías también tienen un capítulo propio. Y, leyéndolo, se puede llegar a la conclusión de que, aunque La Casa del Libro había sido una pionera en vender libros del modo que ya se estaba haciendo en otras grandes ciudades europeas, los años precedentes también habían sido años interesantes en cambios en cómo se vendían los libros y en la modernización de la librería y en su asentamiento como negocio exento y propio.

Para acceder a los libros a lo largo del siglo XIX, había no pocos canales menos “oficiales”, como puestos de libros, venta ambulante (en Madrid en 1872 había el doble de puntos ambulantes de venta de libros que librerías) o distribución en quioscos (un elemento, por cierto, que sería clave en la distribución de la literatura popular de principios del siglo XX), pero también librerías. A finales del XIX, como recogen el capítulo sobre las librerías de esta historia de la edición (escrito por Jean-François Botrel), Rubén Darío escribía sobre la “indigencia de las librerías de Madrid”. A los libreros los tachaba de “analfabetos que viven de la literatura”.

En aquel momento, había dos tipos claros de librerías. Estaban las librerías de viejo (que merecerían su capítulo a parte) y las librerías que vendían libros nuevos. Los datos estadísticos que apunta el estudio señalan que entre 1860 y 1914, por cada dos o tres librerías que vendían libros nuevos había “una de lance”.

La venta de libros nuevos estuvo mucho tiempo unida a las imprentas y a las redacciones de los periódicos. Botrel señala que “la venta de libros nuevos por librerías tardó bastante en independizarse de las imprentas y periódicos de provincias”.

Gracias a diferentes lecturas a lo largo de los últimos años de anuncios y mensajes en prensa local en plataformas como Galiciana, la versión online del Archivo de Galicia, podemos perfilar cómo funcionaba este tipo de venta. Los periódicos publicaban en sus páginas avisos de las publicaciones que habían recibido y que estaban a la venta en sus oficinas, para que sus lectores pudiesen pasarse a por ellas. Este modelo de venta no terminó con el siglo XIX, ni mucho menos. Hemos leído de hecho anuncios de ventas de libros (pero también de papel de cartas o útiles de viajes) en prensa de los años 20 (cuando el mercado del libro en España ya era mucho más moderno).

Volviendo a lo que apuntan en Historia de la edición en España 1868-1936, las librerías de nuevo tuvieron durante el siglo XIX muchas veces más elementos a la venta (algo que fuera de las grandes ciudades se mantuvo mucho tiempo). Por ejemplo, hablan de la Librería extremeña de Algora y Pimentel, que en el Badajoz de 1887 vende también libros de texto, libros y menaje para escuelas infantiles, objetos de escritorio o útiles de costura y bordados o funciona como centro de suscripciones. Otra muestra es la Librería de Jacinto Hidalgo, que en la Salamanca de 1891 era el lugar para comprar, además de libros, papelería y objetos de fantasía, papel de cartas, tinta, lapiceros, termómetros, lacre, “metros de ballena y boj” o cromos.

La vida de las librerías era también escasa. Los negocios solían tener una vida útil media de unos 5 años antes de cerrar, aunque algunas lograban encontrar mucho más éxito y tener una vida intensa de venta de libros.

El interior de las librerías

¿Cómo eran esas librerías cuando se entraba en ellas? Lo habitual era que no fueran muy diferentes de cualquier otro comercio. Tenían un escaparate de madera oscura barnizada y un mostrador, “desde el cual se despachaba – con blusa o sin ella según de dependientes o de dueño se trate (…)- el libro almacenado en armarios o estanterías”. El cliente no tenía acceso directo al libro y las librerías estaban abiertas todos los días de la semana, domingos incluidos (lo que ocurría con otros negocios también y lo que hoy en bastantes comunidades autónomas no podrían hacer).

Algunas librerías intentaban posicionarse ya de un modo diferente, como espacios más lujosos y mucho más atractivos. Fue lo que hicieron la Librería de la Asociación de Escritores y Artistas, que tenía muebles de gran calidad y atractivo (por lo que sugiere el listado de su inventario de muebles, subastado en 1905) o la librería Galdós. Como cuentan en una nota a pie de página, Benito Pérez Galdós empezó a publicar él mismo sus propios libros en 1897, para lo que cuidó de forma notable cómo se presentaban al público y encargó a Arturo Mélida el diseño de su librería.

Galdós tomó esa decisión tras salir de un pleito judicial con su hasta entonces editor. Entre 1897 y 1904, tuvo su propia editorial e hizo su propia estrategia de marketing. “El rótulo (de la editorial) lucía sobre tres ventanas bajas, enrejadas”, explica su biógrafo, Pedro Ortiz Armengol, al hilo de una de las placas con las que la ciudad de Madrid recupera su memorial. “Entre estos huecos y al pie de las ventanas, amplios rótulos anunciadores de las obras, de los precios, de las suscripciones, y de las facilidades de envío”, añade. La aventura editorial fue un fracaso y Galdós acabaría volviendo a la edición tradicional.

Otras librerías que rompían con la idea de la librería negocio como cualquier otro eran las librerías que tenían sus tertulias literarias. En Historia de la edición 1868-1936 remiten a las de la librería Durán y la de Fernando Fe en Madrid o la de Verdaguer en Barcelona.

Ilustración | Detalle sobre una acuarela de Eugenio Lucas (vía)

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