marques de sade

La primera vez que Donatien Alphonse de Sade vio a la que iba a convertirse en su esposa, Renée Pélagie de Launay de Montreil, fue prácticamente el día de su boda. Su padre, el conde de Sade, necesitado de dinero, se encargó de cerrar todas las negociaciones del casamiento y de hacer que el rey sancionase el acuerdo matrimonial. Cuando el novio llegó a París desde la Provenza, donde estaba reponiéndose de un corazón roto y de unas cuantas cosas más, se encontró con que ya tenía fecha para la boda. No se echó atrás, aunque a una de sus aristocráticas relaciones, a la que considera una segunda madre, le escribió una carta por esas fechas cantando las alabanzas de la mujer de la que estaba enamorado y que no era la joven Renée Pélagie. Y a su tío, el abad de Sade, le escribió señalando que su futura esposa le inspiraba “repugnancia”.

Ella, que vivía prácticamente aislada de la sociedad y que era una inocente, se enamoró rápidamente del que habían escogido como su marido. Si estabas al margen de los rumores de la sociedad (y Renée Pélagie lo estaba), Donatien parecía un buen partido. Pertenecía a una familia de la muy buena sociedad, era joven (solo año y medio mayor que su novia), tenía una carrera militar y era además atractivo. Renée Pélagie era tímida, tenía que escuchar como su madre decía cosas sobre ella como “la figura y la gracia son un don de la naturaleza que no está en nuestras manos procurarnos” y como en general destacaban “su buen juicio y su dulzura” y solía esconder sus manos detrás de la espalda porque su madre le había convencido de que eran regordetas.

Muchos años después, cuando Renée Pélagie ya no era tan inocente y cuando el marqués de Sade estaba en una celda de las muchas en las que pasó su vida, él le escribe a ella que “te amaré hasta la tumba”.

¿Qué pasó entre medias y qué hizo cambiar no solo la visión que el marqués de Sade tenía de su esposa sino también los conocimientos que Renée Pélagie tenía de su marido y del mundo en el que se movía? Hasta no hace mucho, Renée Pélagie era una figura un tanto olvidada y dejada en las notas a pie de página (como recuerdan quienes están ahora recuperando su persona), a pesar de que la historia tiene interés no solo desde el punto de vista biográfico sino también literario (Renée Pélagie y el secretario del marqués de Sade fueron los primeros lectores y editores de la obra literaria del marqués).

Los libros están empezando a corregir eso. Ya hay una novela que se centra en los primeros meses de matrimonio y también hay ya una biografía sobre la marquesa, Renée Pélagie, marquesa de Sade, de Gérard Badou, editada en castellano por Ediciones del Subsuelo y que es el libro que hemos seguido para conocer la biografía de la marquesa. Badou escribe de forma fluida y literaria, más que ensayística, y la biografía (algo menos de 200 páginas) se lee muy rápido y permite comprender un poco mejor a esta olvidada mujer.

Y gracias a ello podemos saber cómo pasó el marqués de Sade de sentir desagrado por la que iba a ser su esposa a prometerle que la amaría por siempre (aunque eso, sentimos haceros el spoiler, no pasó realmente).

Jóvenes y ¿enamorados?

La relación comienza cuando ambos están en la veintena y como sabemos por razones completamente diferentes. La familia de él necesitaba el dinero que la muy rica familia de ella podía proporcionar. La de ella la clase social y los contactos que la familia de él añadía a la familia, ya que aunque los Launay de Montreil formaban parte de la nobleza lo hacían como nuevos ricos. La familia tenía dinero y había comprado el poder contar con un apellido aristocrático. Renée Pélagie desconocía en estos primeros momentos la otra vida que llevaba su marido, que ya era entonces un escandaloso miembro de la nobleza.

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Aunque, como nos cuenta Badou, entonces aquello tampoco era tan exótico.

El ser fiel a la esposa era algo completamente pasado de moda (y se veía de forma bastante negativa: a las primeras declaraciones de amor que Renée Pélagie le dedica a su esposo este las ve como algo totalmente pequeñoburgués y muy deplorable) y el ser un libertino lo estaba sin embargo totalmente.

El libertinaje estaba a la orden del día y posiblemente Sade no hubiese tenido problemas con la justicia (aunque a ojos actuales sea algo bastante sorprendente) si su propia familia no lo hubiese propiciado.

La muy ambiciosa madre de Renée Pélagie, la misma que dejó claro a todo el mundo que su hija no era en absoluto atractiva, no estaba nada de acuerdo con la vida que llevaba la pareja. Los recién casados se entregaron a un mundo de lujo y diversión, yendo al teatro, a cenar fuera y a gastando en ropas y otros lujos, que les obligaba a llevar un tren de vida que estaba muy por encima de sus posibilidades. Fue, por tanto, la madre de la novia la que envió, o eso es lo que ahora opinan los expertos, como se puede ver leyendo la biografía, a la policía tras el marido de su hija.

El método empleado fue una lettre de cachet, un sistema muy habitual en el Antiguo Régimen en Francia que servía para hacer acusaciones de forma secreta. Era un sistema de denuncia del que se servían las familias aristocráticas para deshacerse de sus ovejas negras. Nadie sabía quién había denunciado y además hace que el acusado quede al margen de la justicia. Cuando se emite una lettre de cachet contra alguien, este no es juzgado. Es privado de libertad por orden real. El marqués de Sade será encarcelado siempre con este método.

Cárcel tras cárcel

Con la primera detención, Renée Pélagie descubre la vida secreta de su marido y conoce el libertinaje al que se ha entregado. Aunque quizás la familia de ella esperaba que esto rompiese la relación entre el matrimonio, lo cierto es que los unió aún más. Renée Pélagie rompió con su madre y tomó partido por su esposo, ayudándolo en las huidas (se llegó a disfrazar de hombre para ayudarle a dejar una de las cárceles en las que estuvo), gastando lo que tiene y lo que no para hacer su vida en prisión más cómoda y cumplir todos sus caprichos o aceptando cuando salía de la cárcel las cosas que hacía.

Porque el marqués de Sade no estuvo todo el tiempo en la cárcel (en los primeros años del matrimonio lo estuvo de forma intermitente) y cuando salía de la misma el matrimonio vivía junto, con lo que ella acababa mirando hacia otro lado ante la otra vida de su marido. Y mirar hacia otro lado supuso, entre otras cosas, aceptar que su marido tuviese una aventura (nada secreta) con su hermana pequeña, Anne Prospère, que vivía como abadesa en un convento (aunque eso no quiere decir que fuese realmente monja) y que fue cegada por la pasión hacia su cuñado. En una de sus huidas de la justicia, de hecho, el marqués de Sade se lleva a Anne Prospère (a la que presentará en Italia como su esposa) dejando a su esposa real recogiendo los platos rotos.

A pesar de ello, Renée Pélagie siguió queriendo y apoyando a su marido y cuando entró en la etapa final de su periplo carcelario prerrevolucionario, ese que le llevaría a estar muchos años entre rejas, se convirtió en la defensora de sus derechos, siempre intentando que saliese en libertad, y en la cuidadora que le conseguía todo lo que él quisiera, por muy extraño o difícil de encontrar que fuera y por muchas limitaciones que ella tuviese que pasar para lograrlo. Desde la cárcel, Sade enviaba cartas llenas de recriminaciones y peticiones (como apunta Badou, era increíblemente egoísta) que Renée Pélagie tenía que cumplir. Cuando consiguieron verse, tras años sin poder hacerlo, lo único que hizo el marqués fue quejarse y entregarse a un ataque de celos, ya que la marquesa se había vestido con su mejor vestido para la ocasión.

Los Sade en la revolución

Renee_PelagieComo cualquiera podría esperar, Renée Pélagie acabará cansándose de esta relación. La revolución será la gota que colma el vaso. La marquesa es muy conservadora (reaccionaria, nos cuenta Badou) y asiste al comienzo de la Revolución Francesa muy asustada, tanto que acaba huyendo al castillo familiar en Normandía con su hija. El tiempo no ha pasado en vano y las privaciones y los problemas han dejado huella en su salud. En Normandía es una mujer enferma y cansada, que pasa los días rezando. Y además en el aislamiento de Normandía se plantea muchas cosas, como nos cuenta Badou y se entrega al arrepentimiento (ha sentido una tremenda pasión por un hombre que quizás, piensa, no la merecía). Y así no solo se dedica a rezar sino también a pedir la separación al marqués.

El marqués ha salido de su encierro con la Revolución, a la que se une desde el primer momento (lo que le permitirá, paradojas de la vida, salvar la vida a sus suegros: el marqués de Sade, ahora simplemente Louis Sade, elimina a sus suegros de las listas cada vez que les va a tocar pasar por la guillotina) aunque el idilio revolucionario no durará. Acabará siendo primero arrestado durante el Terror y luego acusado de haber sido un exiliado de los que huyeron de la Francia de la Revolución (algo que era mentira, pero de lo que se valieron tanto Renée Pélagie como sus hijos en el tira y afloja judicial que seguirá en los años siguientes). El marqués, como sabemos, acabará en un sanatorio mental, arrestado por sus obras literarias.

Renée Pélagie morirá unos cuantos años antes de que él lo haga, tras haber sufrido años de debilidad física y enfermedad y de haberse visto arrastrada a pleitos judiciales con uno de sus hijos. Fue enterrada en Normandía. El que había sido su esposo y el que le había prometido que la amaría hasta la tumba ni siquiera hizo una mención (una muestra más de su egoísmo, como nos cuenta Badou) a su muerte en su diario.

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