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A principios de 1898, Émile Zola era uno de los escritores más importantes del panorama literario francés (y posiblemente fuera de Francia, su influencia llegaba a toda Europa). Tras años de trabajo había llegado al momento álgido de su fama. A principios de 1898 Émile Zola era también un hombre a punto de tomar una decisión muy comprometida. El 13 de enero de 1898 publicó, en la primera del periódico L’Aurore, Yo acuso, un manifiesto en el que tomaba partido en el caso Dreyfus.

El caso Dreyfus es uno de los escándalos políticos y judiciales más importantes de la Francia del siglo XIX y uno que sirve para comprender el estado de muchas cosas ya no solo en realidad en Francia sino en la Europa de entonces. Resumiendo lo que ocurrió entonces (aunque siempre queda el amplio artículo de la Wikipedia para leer con detalle): Alfred Dreyfus, un militar galo, fue acusado de pasar datos delicados al enemigo (en este caso Alemania), traicionando a su país. Dreyfus fue condenado y enviado a un penal en el Caribe, a pesar de sus protestas de inocencia y las pruebas que apuntaban que lo era. Y es que Dreyfus no solo fue el protagonista de un bochornoso proceso judicial en el que los verdaderos culpables salían indemnes, sino que además (y posiblemente por eso) fue la víctima del antisemitismo (que en la Francia de la libertad, la igualdad y la fraternidad era entonces abrumadoramente virulento).

Francia (especialmente a medida que se fueron haciendo públicos pruebas y testimonios que demostraban que Dreyfus, atrapado en la isla del Diablo y viendo como su salud se resentía, era inocente) se fue dividiendo entre defensores de Dreyfus y acusadores. Cuando en 1898 Émile Zola se sumó al caso, el caso Dreyfus estaba en su momento de explosión. El papel de Zola en el caso fue muy importante (Zola era muy popular y tenía un alcance que iba más allá de Francia) y además fue un ejercicio de ética. Como explica Michael Rosen en The Disappearance of Émile Zola, el escritor no ganaba nada realmente de entrar en el debate y posicionarse (más allá de sentir que cumplía con su moral) y sí, sin embargo, se arriesgaba a perder mucho. Apoyar al capitán Dreyfus y hacerlo de la forma que lo hizo podía tener consecuencias económicas y judiciales para el escritor. Las tuvo.

the-disappearance-of-emile-zolaTras publicar el manifiesto (que aún hoy en día se sigue reeditando), Émile Zola fue llevado a los tribunales. Y ahí es cuando empieza The Disappearance of Émile Zola, un ensayo que acaba de publicar Faber & Faber y que se centra en los meses en los que Émile Zola vivió en Londres. La justicia francesa acusó a Émile Zola de difamar al ejército y lo encontró culpable, lo que suponía entrar en la cárcel durante un año y pagar una multa de 3.000 francos. El escritor quería cumplir con la condena, pero sus abogados y los de Dreyfus lo disuadieron, ya que eso supondría mucho desgaste para el caso. Zola tendría, por tanto, que desaparecer, para que no le pudiesen entregar la citación judicial con la sentencia y para que tampoco lo pudiesen extraditar. Para hacerse una idea del estado en el que estaban las cosas cuando Zola se enfrentó a los tribunales, no hay más que ver lo que pasaba fuera del juzgado. Hay quienes estaban convencidos de que, de salir inocente, lo hubiesen linchado. Cuando salió del tribunal, una muchedumbre lo increpaba y tuvo que ser escoltado por soldados hasta su coche.

Hacer desaparecer a Zola no fue fácil. El escritor tuvo que coger varios medios de transporte, llevando su pijama envuelto en un periódico, para salir de París y llegar a Londres. Émile Zola no hablaba ni una palabra de inglés así que, cuando llegó a la estación Victoria londinense, se encontró en medio de un país que no conocía (había estado en Inglaterra unos años atrás, pero en una visita triunfal organizada por sus editores y llena de fanfarria y acompañantes que lo guiaban por la ciudad y le hablaban en francés) y en el que no lograba hacerse entender. Uno de sus amigos en Francia le había apuntado el nombre de un hotel, pero hacerse entender para llegar hasta allí fue complejo. Cuando lo hizo, estuvo esperando diez minutos a ser atendido. Tenían que encontrar a alguien que hablase francés para entenderse con él. Así de poco heroica fue la llegada a su exilio del hombre que había decidido arriesgarlo todo por mantener sus principios.

Que Zola viviese en Londres no solo era complejo por eso, sino también porque el escritor no podía ser reconocido. Como explica Rosen, incluso en aquellas eras de antes de internet, aquello era muy complicado. Émile Zola no solo era un escritor muy popular, sino que además el caso Dreyfus lo había convertido en una estrella mediática. Los periódicos de Europa estaban llenos de historias sobre el escritor y todo el mundo quería encontrarlo (esa era la gran primicia). Muchas de esas noticias eran absolutamente delirantes, pero no por ello hacían que Zola dejase de estar en el ojo del huracán. El caso era muy mediático, protagonizando todo tipo de cobertura en prensa, libros y hasta películas (bien sea tipo noticiero o películas de ficción que adaptan el caso, como L’affaire Dreyfus de Georges Mélies). Cuando Zola estaba viviendo en las afueras de Londres, de hecho, llegó hasta a convertirse en uno de los personajes de cera del museo de Madame Tussaud.

En su marcha al exilio, Zola había tenido que irse, además, solo, lo que hacía que las cosas en casa fuesen complicadas. Alexandrine Zola, su esposa, se había quedado en París, para despistar a la prensa (lo que, por otra parte, hizo que fuese quien tuviese que capear todo el temporal y quien tuviese que enfrentarse a los aprietos económicos por lo que estaba ocurriendo: tuvo que ver hasta como se subastaban las cosas de su casa por orden judicial para pagar la multa), pero también lo había hecho Jeanne Rozerot. Se podría decir que Rozerot era la amante de Zola pero eso sería demasiado simplista. El escritor la había conocido como unos diez años atrás, cuando ella era doncella de su esposa, y ambos habían empezado una apasionada relación que se convirtió, al final, en la otra vida paralela del escritor, su otro hogar. Juntos tuvieron dos hijos, que eran niños pequeños cuando su padre partió al exilio. Alexandrine no supo al principio de Jeanne (aunque sí todos los amigos del escritor lo hicieron desde un principio) y, aunque en un primer momento se fue de casa y amenazó divorcio, acabó aceptando el estado de las cosas, conquistando de forma paralela nuevos escenarios de libertad para ella (la fantástica biografía de Evelyne Bloch-Dano sobre Mme Zola es la mejor fuente para comprenderla).

Por tanto, Zola estaba huido, tenía que vivir escondido y estaba lejos de sus dos familias, con el constante temor a ser reconocido por los medios y, sobre todo, por la justicia y ser deportado.

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Tras sus primeras noches en el hotel y ya asistido por su traductor británico, empezó la búsqueda de dónde vivir. Durante su exilio, el escritor vivirá en dos casas diferentes, leyendo, escribiendo cartas a casa (metiendo presión a su hijo Jacques para que estudie más, pidiendo cosas a Alexandrine, comentando su situación…) y trabajando en una de sus novelas, Fecundidad, por las mañanas y paseando por el jardín por las tardes.  La vida en Londres resultó mentalmente agotadora para el escritor, a pesar de que Alexandrine y Jeanne y los niños pasaron temporadas con él de forma alterna. Echaba de menos la comida francesa (soñaba con ella) y se quejaba de la que pensaba que era la horrorosa cocina británica, se sentía aislado y al margen de todo, tenía que vivir al margen de la rica vida social que había llevado en París (ciudad que extrañaba poderosamente) y, al final, había perdido su libertad. Comparado con lo que Dreyfus estaba pasando en la isla del Diablo, los problemas de Zola parecen menores, pero el escritor estaba harto de su exilio y completamente desencantado con Francia. Cierto que tenía eso sí ciertos momentos de respiro. Montaba en bicicleta y hacía muchas fotos (su gran pasión, tanto que inventó hasta una suerte de palo selfie avant la lettre).

El escritor acabará volviendo a Francia, tras 11 meses de exilio, cuando un proceso judicial muestre un cambio. En cuanto bajó del tren en París, pudo dejar de ser un hombre escondido. El efecto del caso Dreyfus sobre su vida no acabó sin embargo ahí. El escritor siguió siendo el blanco de críticas, acusaciones y sátiras y también tuvo que sufrir el impacto financiero de su compromiso. Quizás, incluso, el caso Dreyfus le costó la vida. El escritor moriría en 1902 por culpa del monóxido de una chimenea mal limpiada, lo que desde un principio hizo que se pensase en un atentado contra su vida. Alexandrine, que estaba a su lado, sobrevivió por un golpe de suerte (y, como su viuda, sería quien asumiría la manutención de sus hijos e incluso el proceso para que llevasen el apellido de su padre). En 1908, sus restos fueron llevados al Panthéon (el máximo homenaje posible tras la muerte en Francia). Un periodista aprovechó la ocasión para intentar atentar contra el capitán Dreyfus, que formaba parte del cortejo fúnebre (Dreyfus había sido rehabilitado, aunque el cómo se intentó solucionar la cuestión es algo bastante cuestionable: no fue declarado inocente, sino que le concedieron una gracia).

Imágenes vía Wikimedia: fotos de la ficha policial de Zola, proceso judicial en 1906 a Alfred Dreyfus

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