El gato de Hemingway

Por todos es sabido que Hemingway era un fan absoluto de los gatos, tal y como montones de fotos atestiguan. En su casa de Cayo Hueso convivía con una veintena de felinos, casi todos descendientes de Snowball, su primer gato, regalado por un capitán de barco en 1930, y que contaba con la particularidad de ser polidáctil (tenía 6 dedos en cada pata). De hecho, hoy en día puedes visitar medio centenar de los descendientes de los descendientes de Snowball si visitas la casa museo de Hemingway (y muchos de ellos comparten la misma mutación genética).

El caso es que sé bien que muchos de vosotros detestáis a Hemingway, y tampoco es que sea santo de mi devoción. Pero parece imposible que un hombre que quería tanto a sus gatos, que los llamaba «fábricas de ronroneos» y «esponjas de amor» pudiera ser una mala persona. Especialmente cuando uno lee la carta que le escribió a su amigo Gianfranco Ivancich  en 1953, justo después de verse obligado a sacrificar a Tio Willie, uno de sus gatos. Se trata de un suceso que fue muy traumático para el escritor y que le marcaría el resto de su vida.  Y aviso que os vais a poner muy tristes si leéis la carta, especialmente si sois dueños de algún lindo gatito.

«Querido Gianfranco:

Justo cuando acabé de escribirte y mientras ponía la carta en el sobre Mary bajó de la Torre y dijo: «algo horrible le ha pasado a Willie». Salí y encontré a Willie con sus dos patas derechas rotas: una por la cadera y la otra por debajo de la rodilla. Un coche debió de haberle pasado por encima o alguien lo había golpeado con un palo. Había vuelto a casa sobre las patas de un solo lado. Era una fractura múltiple con mucha suciedad en la herida y fragmentos sobresaliendo. Pero él ronroneaba y parecía seguro de que yo podría solucionarlo.

Hice que René trajera un bol de leche para él y René lo sostuvo y lo acarició para que Willie estuviera bebiendo leche mientras yo le disparaba en la cabeza. No creo que sufriera y los nervios habían sido machacados así que las piernas no habían empezado a dolerle realmente. Monstruo quiso dispararle por mí, pero no podía delegar la responsabilidad o dejar una posibilidad de que Will supiera que alguien iba a matarlo.

He tenido que disparar a gente, pero nunca a nadie que hubiera conocido y querido durante once años. Ni tampoco a nadie que ronroneara con dos piernas rotas».

Puedes descubrir muchas más cosas sobre la relación del escritor con sus gatos si lees ‘Hemingway’s Cats: An Illustrated Biography‘.

Vía | Brain Pickings

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