Una de las mejores cosas de hacer un viaje largo es que supondrá tener mucho tiempo para leer. Lo mejor de sentarse en un tren o en un avión es que genera una suerte de momento de vacío: se va de un lado a otra parte, sin otra cosa más que hacer que ir y por tanto con una ventana de tiempo muerto que se puede destinar a leer. Y esa ventana de tiempo era sin duda mucho mayor en los viajes que se hacían hace 100 o 125 años, cuando a los trenes no solo les llevaba mucho más tiempo recorrer las distancias que ahora recorren sino que además eran mucho más incómodos (nunca me recuperaré de haber descubierto que los primeros trenes no tenían baño…) y en los que no había mucho que hacer (lo del vagón restaurante no es tan antiguo). Por tanto, nada debía ser mejor para sobrevivir al viaje que un libro.

Las tiendas de la estación tienen una historia bastante larga y, aunque puedan parecer una cosa ultramoderna, arrancaron con el propio nacimiento del ferrocarril. William Henry Smith montó un quiosco en Londres a principios del siglo XIX y un sistema de distribución de periódicos nacional en las mismas fechas, llegando a todas partes en Reino Unido usando coches de posta. Su hijo entró en la empresa cuando empezaba la fiebre del ferrocarril y supo ver el potencial del negocio que esto suponía para la industria de las noticias. A finales de la década de los 40 comenzó a negociar para abrir sus quioscos y vender libros baratos y periódicos. En 1860, ya estaba presente en las estaciones de las líneas principales y en algunas de las secundarias. Sus puestos vendían libros baratos, libros para viajeros y prensa.

¿Contaban también las estaciones españolas con una red de puntos de venta de prensa y libros? Lo cierto es que a España la idea llegó un poco más tarde (al menos así a lo grande), pero también se vendían periódicos y libros en la estación a los viajeros. Las librerías del ferrocarril o las bibliotecas de ferrocarril, como también eran llamadas aunque no eran exactamente bibliotecas (el término se puede localizar en los fondos de Prensa Histórica hasta los años 60 del siglo XX), estuvieron presentes en los andenes de las estaciones ya desde el siglo XIX.

Los primeros armarios-biblioteca

Las librerías no eran tal como las tenemos ahora, sino más bien como los quioscos de siempre. Vendían usando un armario-biblioteca (y así se llaman a veces directamente a los puestos de venta), un mueble-armario en el que se pueden guardar libros y que formaba parte del lenguaje de la decoración del hogar también de la época (o al menos eso es lo que permite concluir la búsqueda de información en hemerotecas online). El breve de la apertura de uno de estos armarios-biblioteca en el Diario de Tolosa (mayo de 1898) permite obtener más datos. En aquel momento, a la biblioteca que gestionaba el que los redactores llaman “nuestro compañero y amigo” se le sumaba una “espenduría (sic) de tabacos”. En otro breve se puede descubrir que vendían “los periódicos de Madrid”.

Es bastante fácil concluir que estos puestos no vendían solo libros y periódicos. Un anuncio en el Heraldo Alavés (julio 1901) invita a comprar un billete de lotería en la Biblioteca de la Estación para lograr ser ricos y tener dinero. Las librerías de la estación eran también los puntos de distribución de libros baratos y con intención de llegar a las masas. En una columna de queja en La Cruz: diario católico (mayo 1903), se protesta por la presencia de pornografía (y en otros espacios) a la venta en este tipo de espacios. “El mal hoy va multiplicándose demasiado rápidamente en términos que no hay wagón (sic) de ferrocarril en que a uno no le metan por los ojos tan sucia mercancía”, lamentan.

Pero las librerías de las estaciones de tren no se convirtieron en grandes puntos de venta de libros, puntos con un atractivo muy poderoso, hasta 1914, cuando entró en el negocio la SGEL.

Cuando nació la gran red de librerías

La Sociedad General Española de Librería, Diario, Revistas y Publicaciones, S. A. (SGEL) era entonces una filial de francesa Hachette. (La compañía sigue siendo ahora – con otros dueños – quien tiene muchos quioscos de estaciones y aeropuertos en España). La compañía entró en el país asumiendo el control de la Librarie Française de Barcelona, pero pronto empezaría a conseguir las concesiones de las librerías de las estaciones cerrando acuerdos con las diferentes compañías de ferrocarriles del país. Hay que recordar que entonces no había una única empresa de ferrocarril, sino varias compañías en manos privadas que se habían repartido la red ferroviaria.

La historia de estos puntos de venta de libros y prensa es algo que posiblemente esté todavía por contar (esto es, en realidad, un llamamiento a las historiadoras para que publiquen un ensayo sobre esto), como lo está (al menos para el gran público) la historia de la edición popular en España a principios del siglo XX (cuando se publicaban muchísimas colecciones de novelas cortas a precios populares y destinadas a públicos de masas).

Mientras esperamos a que se publique ese ensayo, la curiosidad por saber cómo eran y qué se vendía en esas primeras librerías de la estación se puede satisfacer con el artículo Pasajeros y lectores: las estrategias de la SGEL en la red ferroviaria española (1914-1936), que Ana Martínez Rus publicó hace unos años en Cuadernos de Historia Contemporánea. 

La mejor librería de la ciudad

Martínez Rus señala en su artículo que las librerías de la estación llegaron a ser en ocasiones las mejores librerías de algunos lugares o incluso el único punto de venta de libros de otros. Sobre el primer punto, las librerías de estación podrían no tener mucha competencia, ya que hasta la apertura de la Casa del Libro en los años 20 el prototipo de librería era un sitio un tanto oscuro, que despachaba libros en mostrador y que no permitía curiosear. A esto hay que añadir lo que apunta en el artículo la experta y es que, para las librerías que no estaban en las grandes ciudades, acceder a un fondo variado era difícil (e incluso poco rentable).

Las librerías de la estación se beneficiaban de la red de ferrocarril, que era la que usaban sus dueños para distribuir sus productos, lo que permitía que las cosas llegasen rápido y de forma variada y hacían que en algunas ciudades estuviesen bien surtidas de prensa extranjera. (Y asumimos que tener detrás a un gigante editorial hace las cosas más sencillas que ser una pequeña librería mal comunicada, especialmente en los años 10).

En 1925, la red de librerías de la SGEL contaba ya con 185 bibliotecas de estación.

Qué vendían

¿Qué vendían? Los armarios-librería de las estaciones de tren tenían libros, revistas, periódicos, postales, fotografías, estampas, papel de fumar, sellos, fósforos y objetos de escritorio (damos por hecho que material para escribir).

Los materiales a la venta no podían además ser censurados. Las librerías de las estaciones vendían de todo: Tenían que ser ecuánimes con los títulos de prensa distribuidos, por ejemplo, pero también con los libros. El único límite estaba en que no atentasen contra la moral (aunque aquí unas compañías de ferrocarril eran más estrictas con lo que hacían sus librerías que otras).

Quiénes eran los libreros

Otro punto interesante (y uno que Martínez Rus trata de pasada en su artículo, pero que nos ha dejado con ganas de saber más) es que las librerías se convirtieron en algunos casos en una opción de trabajo para las mujeres (¿fue la venta de libros una de las vías de liberación de la mujer, nos preguntamos de forma paralela, recordando también a las primeras vendedoras de libros a domicilio?). En el acuerdo que cerraron con una de las compañías de tren, la MZA, las viudas, huérfanas, hijas y esposas de los empleados de la empresa ferroviaria tenían preferencia en el acceso a este puesto de trabajo.

Para completar la información sobre cómo eran quienes atendían estas librerías, se puede echar mano de la hemeroteca. En una noticia de 1917 publicada en Diario de Reus se puede ver el proceso de búsqueda de “bibliotecario” (aunque recordemos que no era exactamente un bibliotecario como lo entendemos ahora). Tenía que ser capaz de dar una fianza de 500 pesetas, seguir las “condiciones del Reglamento” (de la sociedad ferroviaria que tocara) y ofrecer “buenas referencias”. Los candidatos a ese puesto tenían que entrevistarse el sábado siguiente a la publicación del anuncio con el inspector de la biblioteca en la propia estación, de “10 a 1 de la mañana y de 3 a 5 de la tarde”.

Imágenes | Anuncio Diario de Tortosa, mueble armario-librería de decoración del hogar de la época (a falta de fotos de librerías de estación, que no hemos conseguido localizar), postal 

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