En la era de internet, los signos de exclamación están muy presentes. Los ponemos en nuestros mails, en nuestros mensajes de Whatsapp y prácticamente en todas partes. De hecho, no ponerlos hace que sintamos que nuestro mensaje queda hasta más pobre o incluso mucho más borde. Y, aunque hay estadísticas que demuestran que el signo de exclamación tiene un uso diferenciado según los géneros (en el trabajo, las mujeres los usan más en sus mails), ahora lo usamos de forma común.

La reputación del signo de exclamación viene muy marcada por ese uso recurrente en el universo online y también por su propia historia literaria en el siglo XX. El signo de exclamación – un invento relativamente reciente – tuvo su momento de crecimiento, de éxito y luego de entrada en la lista de cosas no recomendables en la lengua, como hemos aprendido viendo el capítulo que le dedican en En pocas palabras, en Netflix.

El signo de exclamación apareció en el Renacimiento, como un elemento que indicaba que las cosas tenían que ser leídas de un modo diferente en la lectura en voz alta. El signo se fue expandiendo – y dejando de ser un signo únicamente gramatical – y en el XVIII se popularizó. En el XIX se usaba para indicar pasión y emoción y era popular entre los escritores. Pero en los años 20, el signo de exclamación perdió peso y pasó de moda. Los escritores serios empezaron a ponerlo en la lista de las cosas que no deberían usarse.

¿Por qué? Los expertos con los que hablaron en el programa apuntaban dos razones. Por un lado, los signos de exclamación se asociaban con la prensa amarilla y con sus titulares sensacionalistas. Por otro, se asociaron con las novelas sentimentales del momento, populares y… escritas por mujeres. En estas novelas los signos de exclamación eran muy habituales. Los escritores de los años 20 consideraban que los signos de exclamación eran poco masculinos y poco serios y ellos querían ser masculinos y serios (pongamos aquí el emoji que pone los ojos en blanco).

“Elimina todos esos signos de exclamación”, decía Francis Scott Fitzgerald como consejo de escritura. “Un signo de exclamación es como reírse de los propios chistes”, sentenciaba. Otro escritor, Elmore Leonard, marcaba la norma diciendo que no se podían usar más de dos o tres signos de exclamación por cada 100.000 palabras.

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