“La Vaca tiene dos crías y más amarilla de comer barro que Isabelilla de beber con tocino“. Esta misteriosa frase la deja caer en una de sus cartas al duque de Sessa Lope de Vega. La Vaca es el nombre bajo el que se esconde una mujer, pero lo de comer barro no era exactamente una metáfora para nada. Era algo que esa mujer estaba haciendo literalmente. Como señala la nota a pie de página de la carta en la edición de Castalia, comer barro estaba de moda para así ganar en palidez. Pero aunque la nota al pie explica un poco qué quería decir exactamente Lope de Vega (las notas al pie en esa edición de las cartas son francamente muy útiles), en realidad no hace más que abrir muchas preguntas. ¿Cómo que estaba de moda comer barro?

Los textos literarios de la época están llenos de referencias a mujeres que comen búcaros (“mujeres opiladas” era una de las denominaciones) y en las pinturas de la época se pueden ver no pocos búcaros, unas “pequeñas vasijas de tierra arcillosa”, como explica su entrada en la Wikipedia.

Los búcaros servían para guardar agua y que esta se perfumase (si pensabas que lo de beber agua de sabores era una cosa rara con la que te cruzabas en los supermercados, lo cierto es que no parece una invención de las empresas embotelladoras), adquiriendo diferentes sabores. Y, después de beber el agua, el búcaro era comido.

Sabemos sobre esta práctica y conocemos la historia de cuando el vicio decadente de las damas españolas era comer barro gracias al libro El vicio del barro, de la investigadora Natacha Seseña. El libro no es fácil de encontrar en librerías, pero siempre nos quedan las bibliotecas. Seseña fue una investigadora e historiadora de la historia del arte, que siguió la pista de los búcaros en la pintura del Siglo de Oro e investigó sobre las prácticas asociadas a su consumo. Como explica en las primeras páginas de El vicio del barro, comer barro no es algo tan raro, o al menos no lo ha sido a lo largo de la historia. Varias culturas veían beneficios para la salud en la práctica y usaban el barro con esos fines.

Lo diferente, en la España del XVII, no es tanto que se comiese barro, sino qué barro se comía y cómo se hacía. Era barro cocido, en forma de jarrita (por así decirlo) que estuvo de moda entre las mujeres de la época (incluidas las de nobleza: no hay más que mirar qué le ofrecen a la infanta Margarita en Las Meninas) en España y en Portugal. Las entregadas a la idea de comer barro lo iban comiendo a mordisquitos.

Pero comer búcaros era considerado un vicio, aunque un vicio en el que participaban mujeres de muchos estratos sociales. Seseña menciona en su libro una exposición en la que se exhibieron búcaros mordisqueados: sus dueñas habían sido monjas. “Envidioso el diablo”, dejó escrito una monja, “me inclinó a comer búcaro”.

¿Qué llevaba a las mujeres a comer búcaro? De entrada, podríamos plantearnos que, aunque hoy nos parece una práctica extraña e incomprensible, deberíamos verla apuntando el prisma de la época. Al final, cada momento histórico tiene sus ‘vicios’, que serán vistos desde el futuro de un modo crítico y con cierta sorpresa.

Seseña cree que comer búcaro era una forma de evasión para las mujeres de la época y una manera más de luchar contra el aburrimiento. A eso se suma que se consideraba que el barro tenía muchos otros efectos. Por un lado, se comía como tratamiento de belleza, porque el ‘look’ que generaba (piel amarillenta, vientre hinchado) se veía como bueno (y si alguien se está planteando como un aspecto poco saludable puede ser considerado atractivo, solo tiene que buscar en la Wikipedia el ‘heroin chic’ de los 90). Por otro lado, se creía que el barro podía ayudar con cuestiones de fecundidad, tanto como anticonceptivo como ayudando en la fecundación.

Imágenes: Wikipedia, Fundación Casa Ducal Medinaceli

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