Dejar un libro

La humanidad se divide en dos grandes grupos: están los que dejan los libros sin acabar si se aburren a la mitad, y están los que terminan el libro cueste lo que cueste. Y es tan complicado tratar de alentar a los primeros a que continúen, como convencer a los segundos de que lo dejen estar.

Y es que, según algunos, todo depende de la personalidad. Es el caso del Doctor Wilhelm, un psicólogo clínico que aseguró (para un reportaje de The Wall Street Journal). que las personas tipo A, competitivas e impacientes, son más dadas a abandonar los libros si no hay un mecanismo de castigo o recompensa (¿si no hay consecuencias negativas por qué continuar?), mientras que las de tipo B, más tranquilas, tratarían directamente de no comenzar ningún libro que no sepan que van a acabar. En ambos casos, el factor motivador más potente sería la presión social.

Sin embargo, incluso los abandonadores recurrentes, nos hemos sentido alguna vez culpables dejando un libro (algo que hacemos normalmente entre la página 50 y la 100), como si le estuviésemos dando la espalda, negando una oportunidad. Como si fuese a volverse bueno justo a la página siguiente. Como si todo el esfuerzo empleado hasta ese momento no hubiese valido la pena (que por cierto, este también es un mecanismo psicológico bien conocido por el cual cuanta más energía dedicamos a una tarea, más difícil nos resulta tomar la -más razonable- decisión de dejarla).

En todo caso, Wilhelm también explica que la mente humana no está hecha para rendirse: “Tendemos a concebir los objetos como completos o acabados, independientemente de que lo sean o no. Esa motivación es también muy poderosa y ayuda a explicar nuestra ansiedad ante las actividades que no conseguimos completar”.

Pero no creáis que todo esta perdido. En un episodio de periodismo confesional os contaré que hubo un tiempo en el que necesitaba acabar todos los libros que empezaba (era joven y creía en el valor intrínseco de los clásicos) y logré superarlo. Porque reconozcamos que, si leemos solo por placer (evidentemente si leemos para formarnos, por ejemplo, es diferente) , no hay ninguna razón lógica para continuar un libro que nos aburre. Todo lo que conseguimos es ralentizar la lectura, y durante un montón de días, ni leer ese libro -que estamos evitando- ni leer los 200 que podrían estar haciéndonos felices. Lo explicó Jorge Luis Borges la mar de bien cuando dijo lo siguiente:  “El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta “el modo imperativo”. Yo siempre les aconsejé a mis estudiantes que si un libro los aburre lo dejen; que no lo lean porque es famoso, que no lean un libro porque es moderno, que no lean un libro porque es antiguo. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz”.

 

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