Era una de esas noticias de primera plana, que abren telediarios con un toque trágico y que los periódicos llevan a sus primeras páginas con alguna fotografía especialmente impactante. La biblioteca principal de Los Ángeles estaba en llamas. Un fuego incontrolado había convertido el edificio histórico en una pira y el fuego estaba engullendo miles y miles de libros.

La noticia estaba dando la vuelta al mundo, hasta que otra noticia de interés logró vencerla como el tema del momento. En la URSS, una central nuclear había tenido una fuga. Chernóbil logró empujar el incendio de la biblioteca de Los Ángeles fuera de las noticias de apertura, salvo – y esta curiosidad dice tantas cosas… – del diario soviético Pravda. Pero la desaparición de los titulares no supuso el fin del incendio.

Cuando los bomberos lograron controlar el incendio y apagarlo, después de horas y horas de trabajo y poner en escena a prácticamente todos los bomberos de la ciudad, habían ardido o resultado dañados sin solución más de un millón de libros. Y nadie sabía muy bien cómo o por qué la biblioteca había ardido. La biblioteca había estado ardiendo durante siete horas continuadas y había llegado a alcanzar temperaturas de 2.500 grados (asumimos que, dado que nuestra fuente es estadounidense, Farenheit, algo más de 1.371 grados centígrados).

La historia del incendio de la biblioteca de Los Ángeles y la investigación de qué pudo pasar en aquellos días es el punto de partida para The Library Book, de Susan Orleans, que ha publicado recientemente Simon&Schuster (y que es la clase de ensayo que damos por sentado que se acabará traduciendo y publicando en España).

El libro no es solo un ensayo sobre este hecho y sobre sus efectos, sino también un libro fascinante sobre la historia de esa biblioteca en concreto y sobre – por extensión – las bibliotecas en general. El ensayo también se adentra en por qué fueron y por qué siguen siendo necesarias las bibliotecas, lo que demuestra que abordar un punto sobre su historia permite desentrañar muchos otros puntos y muchas otras realidades. La lectura del libro permite ir por tanto abriendo capas, como en una cebolla, en lo que amor por las bibliotecas y su historia toca.

Pero volvamos a aquellos días en los años 80 en los que una biblioteca se quemaba, sin que fuese noticia de apertura más allá del diario Pravda. Porque, aún ahora tres décadas más tarde, la historia del incendio de la biblioteca de Los Ángeles sigue siendo material para el misterio. ¿Fue realmente el único acusado el culpable de lo que ocurrió? Y, si es así, ¿por qué lo hizo?

El incendio fue uno de esos que resultan trágicos y casi de un fatalismo inevitable. Como explicaba un bombero tras el hecho y recoge Orleans, hubo un momento en el que se dieron cuenta de que había llegado a un punto de no retorno, en el que ya no había solución posible.  Fue el mayor incendio protagonizado por una biblioteca en América (al menos cuando se escribió el libro, habría que analizar si el incendio del Museo Nacional de Brasil, en Rio de Janeiro, ha cambiado las cosas) e hizo que se perdiesen documentos históricos. Bajo las llamas perecieron 4.000 documentales, la mejor colección de libros sobre goma, un cuarto de millón de fotografías históricas que se remontaban a 1850 sobre Los Angeles o un folio de Shakespeare. Solo son ejemplos de lo que el fuego se llevó.

La biblioteca de Los Angeles ocupaba un edificio histórico, un espacio de los años 20 que había sido un icono de la arquitectura de su época pero que, en los 80, empezaba a ser cuestionado por su utilidad.  El edificio no respondía a las necesidades del momento, pero además tampoco estaba preparado para cumplir con las normativas de prevención de incendios del momento.  Se podría decir que era en cierto modo terreno abonado para el incendio.

Tras el incendio, los investigadores determinaron que el fuego de la biblioteca había sido intencionado y las pistas señalaron hacia Harry Peak, un joven actor que se convirtió en el sospechoso número uno. Peak había estado en la biblioteca, había dado versiones confusas sobre lo que había ocurrido a los investigadores y había confesado a personas de su entorno que él era el culpable.

Sin embargo, Peak era también, como explica Orleans, una persona fantasiosa, que deseaba siempre llamar la atención y que adornaba la realidad con un peso muy importante de la mentira. Es quizás probable, por tanto, que su participación en el fuego no fuese más que una historia a mayores para convertirse en el protagonista del drama del momento. Peak nunca fue encontrado culpable y murió unos años más tarde, llevándose la verdad de lo que había ocurrido a la tumba. Lo que ocurrió es difícil todavía de determinar. Pudo ser un incendio accidental, dado el estado del edificio, pero Peak sabía demasiadas cosas sobre lo que ocurrió como para que sea sencillo exonerarlo del todo.

La historia del incendio de la biblioteca central de Los Angeles no terminó con el momento en el que los bomberos apagaron los últimos rescoldos del incendio. Entre las cenizas quedaban 400.000 libros destrozados por completo y muchos elementos de archivo irrecuperables. También quedaban libros dañados por el humo y por el agua, que fueron recuperados en una acción masiva que implicó a toda la ciudad y a empresas privadas que colaboraron y que no tenía precedentes.

La biblioteca fue reconstruida durante años, hasta que volvió a abrir, aunque para sus trabajadores el proceso fue largo y triste, lo suficientemente penoso como para que la ciudad tuviese que destinar un equipo de psicólogos que les ayudase a superar las consecuencias del incendio. El problema no era solamente el fuego: en el momento en el que el incendio estaba arrasando la biblioteca era también el momento en el que se cuestionaba la importancia de las bibliotecas y su valor, lo que hizo que la situación se convirtiese en mucho más complicada.

🖱 Para ver el estado actual de la biblioteca central de Los Ángeles, podéis recuperar este artículo en el que, hace unos años, recorríamos la biblioteca en una visita guiada

 

Foto | Skitterphoto/Pexels

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