Anne BronteCuando se habla de las hermanas Brontë, se suele hablar siempre de Charlotte – que fue la más famosa en su momento – y de Emily – cuyas Cumbres borrascosas levantan pasiones – y se suele dejar un poco en la oscuridad a Anne, la hermana más pequeña, a pesar de que sus historias merecen nuestra atención por derecho propio. A diferencias de sus hermanas, que escribían historias de amores románticos y en los que se veía el mundo de la forma apasionada que en el fondo correspondía al momento, Anne Brontë escribió historias mucho más pegadas a la realidad y en las que los comportamientos extremos no se explican por la pasión del momento. En La inquilina de Wildfell Hall, Anne habla por ejemplo del alcoholismo y sus efectos y lo hace de una forma realista, sin dejarse llevar por justificarlo basándose en pasiones del pasado ni nada similar. Eso hace que algunos críticos estén recuperando – y reivindicando – a Anne. Y, por ello, porque Anne Brontë merece nuestra atención y que la veamos como algo más que una de las tres hermanas, hoy nuestro libro de la semana es su primera novela, Agnes Grey.

«En todas las historias verdaderas hay enseñanzas, aunque pueden que en algunas nos cueste encontrar el tesoro, o cuando lo encontramos es en cantidad tan exigua que el fruto tan seco y marchito apenas compensa el esfuerzo de romper la cáscara. Si este es el caso de mi historia no soy competente para juzgarlo; a veces creo que puede resultar útil para algunos y entretenida para otros, pero que la juzgue el mundo: protegida por mi oscuridad y el transcurso de los años, no tengo miedo de arriesgarme y expondré cándidamente ante el público cosas que no revelaría al amigo más íntimo. Mi padre era un clérigo en el norte de Inglaterra, que se ganó el respeto de todos los que lo conocían y en sus años de juventud vivió holgadamente de los emolumentos combinados de una pequeña prebenda y unos bienes propios. Mi madre, que se casó con él en contra de los deseos de los suyos, era hija de un hacendado y una mujer de carácter. En vano le dijeron que, si se convertía en la esposa del pobre rector, debía renunciar a tener carruaje propio y doncella personal y todos los lujos y finuras que eran para ella algo menos que lo esencial de la vida. Un carruaje y una doncella personal eran grandes comodidades, pero gracias a Dios ella tenía pies para caminar y manos para atender a sus propias necesidades. No eran desdeñables una casa elegante y un amplio jardín, pero ella preferiría vivir en una casucha con Richard Grey que en un palacio con cualquier hombre de mundo».

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