Atlas_De_Islas_Remotas_170x240_Cubierta_4.inddAtlas De Islas Remotas es un fantástico libro y compendio de excentricidades acontecidas en pequeñas islas (muy muy) alejadas de tierra firme. Si sois lectores atentos de Librópatas ya sabréis que recomendamos este libro de Judith Schalansky no hace mucho, pero bien merece que volvamos a hablar de él. Amantes de la geografía, de la historia y de los viajes disfrutarán leyendo relatos reales que podrían no interesar a nadie, y solo por eso nos interesan mucho más. ¡Qué grande es nuestro planeta y cuánto nos queda por explorar!

Pero hoy lo que quería era compartir con vosotros una de las historias de ‘Atlas de islas remotas’, enigmática, dramática y con un punto romántico, como las otras 49 restantes: es sobre la isla Santa Kilda, en el Oceano Atlántico, a 160 km de Escocia:

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«Santa Kilda, no estás en esta tierra, tu nombre no es más que el silbido de los pájaros que malviven en los acantilados de esta roca, último confín de Inglaterra, el punto más distante de las islas Hébridas; solo se puede llegar hasta aquí cuando el viento noroeste sopla de forma continuada. El único pueblo que permanece de pie está formado por dieciséis casuchas, tres cobertizos y una iglesia; en el cementerio yace el futuro de la isla: todos los niños nacen sanos, pero en su cuarta o quinta noche se niegan a recibir alimentos, sus llantos se escuchan en todo el pueblo. Al sexto día, sus paladares se vuelven rígidos y sus gargantas se atoran, tanto que les resulta imposible ingerir nada. Sus músculos se retuercen y sus mandíbulas cuelgan sin fuerzas; miran al exterior atónitos y no pueden dejar de bostezar, sus labios agrietados dibujan extrañas muecas. Dos tercios de los recién nacidos, especialmente los varones, mueren entre el séptimo y el noveno día; algunos se van antes, otros después: el más joven falleció a los cuatro días y tan solo uno logró llegar a su vigésimo segundo día. Algunos lo atribuyen a la alimentación, a la carne untuosa de los fulmares y al aroma a almizcle de sus huevos, que da suavidad a la piel de los isleños, pero agria la leche materna. Otros opinan que está en la sangre, debilitada por la endogamia. Y por último, otros sostienen que los niños se ahogan con el humo de los braseros de turba que calientan las habitaciones, que se intoxican con el cinc de los tejados o quizás por el sebo rosado con el cual se encienden las lámparas de aceite. Los varones de Santa Kilda rezan en susurros y atribuyen las muertes a los designios del Todopoderoso, pero estas son las palabras de hombres piadosos; las mujeres, sin embargo… Tantos embarazos y tan pocos niños que sobrevivan al octavo día de la enfermedad. El 22 de junio de 1876 una mujer espera en la cubierta de un barco, regresa al hogar después de mucho tiempo; como todas las habitantes de Santa Kilda, su piel es blanca, sus mejillas rojizas, sus ojos intensamente claros y sus dientes blancos como el marfil; acaba de traer un niño al mundo, pero no en esta isla. El viento sopla en dirección noroeste y la mar está en calma; desde hace varias horas desde la costa se puede ver cómo sostiene a su recién nacido en sus brazos, protegiéndolo del aire salado».

 

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