flaubertYa hablamos hace poco de que una de las mujeres que pudo inspirar el personaje de ‘Madame Bovary’, el más mítico del escritor francés Gustave Flaubert, fue su amante Louise Colet. Y fue precisamente en una carta a ella (más bien en muchas cartas a ella) en la que el autor comentaba sus pensamientos y sensaciones durante la génesis de la obra.

Todas las cartas de Flaubert a Colet las podemos leer en el libro ‘Cartas a Louise Colet‘, aunque por lástima las que le dirigió la poetisa francesa fueron quemadas por un sobrino de Flaubert a la muerte de este, escandalizado por lo que en ellas aparecía. Lo interesante de estas cartas es que no son solo cartas de amor y pasión (por mucho que nos gusten las cartas de amor y pasión) sino que encontramos reflexiones de Flaubert sobre la vida, sobre sus lecturas y también -quizá nuestras preferidas- sobre su propia obra.

Hoy reproducimos un fragmento de una carta en la que Flaubert le cuenta a Colet algunos de los sentimientos que despierta en él la redacción de ‘Madame Bovary’, y en general, el acto de escribir:

“Hace falta quererte para escribirte esta noche, pues estoy agotado. Tengo un casco de hierro en el cráneo. Desde las dos de la tarde (salvo unos veinticinco minutos para cenar) escribo Bovary, estoy en su polvo, de lleno, inmerso; sudamos y tenemos un nudo en la garganta. Éste es uno de los raros días de mi vida que he pasado en la ilusión, completamente, de cabo a rabo. Esta tarde, a las seis, en el momento en que escribía «ataque de nervios», estaba tan excitado, gritaba tan fuerte y sentía tan hondamente lo que experimentaba mi mujercita, que he temido sufrir uno yo mismo. Me he levantado de la mesa y he abierto la ventana para calmarme. La cabeza me daba vueltas. Ahora tengo grandes dolores en la espalda, en las rodillas y en la cabeza. Estoy como un hombre que ha jodido demasiado (perdón por la expresión), es decir, en una especie de agotamiento lleno de embriaguez. Y ya que estoy en el amor, es justo que no me duerma sin enviarte una caricia, un beso y todos los pensamientos que me quedan. ¿Saldrá bien? No lo sé (me estoy dando algo de prisa, para mostrar a Bouilhet un conjunto, cuando venga). Lo que es seguro es que desde hace ocho días esto avanza rápido. Que siga así, pues estoy cansado de mis lentitudes. ¡Pero temo el despertar, las desilusiones de las páginas copiadas de nuevo! No importa; bien o mal, es algo delicioso el escribir, el no ser ya uno mismo, sino el circular en medio de toda la creación de la que uno habla. Hoy por ejemplo, hombre y mujer simultáneamente, amante y querida a la vez, me he paseado a caballo por un bosque en una tarde de otoño, bajo hojas amarillas, y yo era los caballos, las hojas, el viento, las palabras que se decían y el sol rojo que hacía entrecerrarse sus párpados anegados de amor. ¿Es orgullo o piedad, es el necio desbordamiento de una satisfacción exagerada de sí mismo, o bien un instinto religioso vago y noble? Pero cuando rumio estos goces, después de haberlos experimentado, me sentiría tentado de elevar una plegaria de agradecimiento a Dios, si supiera que puede oírme. ¡Bendito sea por no haberme hecho nacer vendedor de algodón, autor de vodeviles, hombre ingenioso, etc.!”.

Podéis leer esta y muchas otras cartas gratis y al completo en la web de la Universidad de Rouen (eso sí, solo en francés).

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