El final de esta historia parece casi el principio de una novela clásica de detectives. La esposa del gobernador ha aparecido muerta. George Maclean, el gobernador de Castillo de la Costa del Cabo (en lo que hoy es Ghana), había estado en Inglaterra unos meses y había vuelto casado con una dama británica, Letitia Elizabeth Landon. La dama escribía alegres cartas a sus conocidos en Inglaterra, hablando de cuan feliz era, pero en realidad todo eso era una fachada de humo. La vida en el castillo no era muy feliz.

Para empezar, Maclean ya estaba casado con una mujer en Costa del Cabo. Casado va en cursiva porque su primera esposa no era una esposa exactamente legal. Siguiendo la práctica del momento, Maclean había establecido una relación con una mujer africana, pero eso no le impedía poder casarse con otra mujer en Reino Unido (el mejor ejemplo para comprender esta práctica –muy colonialista– está en la novela Volver a casa, de Yaa Gyasi, y en la historia de Effia, uno de sus personajes). Cuando Maclean y su esposa inglesa llegaron a Castillo de la Costa del Cabo, “se mandó” que Ellen, la primera esposa, saliese del castillo. Landon había llegado a una especie de novela gótica.

Para continuar, el matrimonio no había sido exactamente por amor. El marido posiblemente se casó con ella por una cierta sensación de deber y honor. Landon claramente se casó con él por pura desesperación. Maclean era su último cartucho y África era el lugar en el que podía empezar de nuevo, lejos de los problemas que había dejado atrás en Inglaterra (pero de los que, pronto descubrió, no se había podido separar del todo).

Cuando durante la mañana del 15 de octubre de 1838 la doncella encontró a Landon muerta en una de las habitaciones del castillo, envenenada con ácido prúsico, todo el contexto parecía llamar a drama y escándalo. Un responsable de la administración colonial británica determinó que todo había sido un accidente y que Landon simplemente había tomado ácido prúsico de más. Entonces, la sustancia se usaba como medicamento.

Pero en Londres no todo el mundo lo tenía tan claro y había quienes clamaban que Landon había sido asesinada (también quienes creían que simplemente se había suicidado). El escándalo de la muerte de Landon no estaba marcado solo por el hecho de que fuese la esposa del gobernador, sino más bien porque Letitia Elizabeth Landon era una figura muy conocida. Como L.E.L., sus iniciales, había no solo firmado muchos textos literarios sino que había sido también, años atrás, una estrella rutilante del panorama literario, una figura muy conocida y una escritora de moda, muy de moda.  L.E.L era la “lord Byron femenina”.

Entre su muerte y el presente, su figura se ha ido difuminando y olvidando. Por un lado, como le ocurrió a tantas escritoras, por muy famosa que fuese en su momento (que lo era) acabó siendo borrada de la historia literaria. Por otro lado, los lectores posteriores no llegaban a comprender muy bien la obra de L.E.L. Sus poemas eran de hecho considerado ñoños, poco poderosos, porque a los lectores posteriores les faltaban los códigos para comprenderlos y porque, tras el blanqueo de la época victoriana, que dio a todo un toque mucho más puritano, no se daban cuenta de que L.E.L. escribía de cosas tan poco ñoñas como el sexo. L.E.L, la escritora, era vista como una señorita que hacía poemas y escribía de flores. En realidad, estaba muy lejos de ser solo eso.

La compleja historia de Letitia Elizabeth Landon la acaba de recuperar ahora Lucasta Miller. Miller reconoce en los agradecimientos de la obra que, cuando decidió empezar a trabajar sobre esta escritora, pensaba que iba a ser capaz de despachar la historia rápidamente. Al final le llevó nueve años. El resultado es L.E.L, The Lost Life and Scandalous Death of Letitia Elizabeth Landon, the Celebrated “Female Byron”. Yo he leído la edición estadounidense, en Alfred A. Knopf, pero el libro cuenta también con una edición británica. Ambas, dado que acaban de aparecer hace unas semanas, son muy fácilmente localizables en las librerías online.

La biografía que Miller ha escrito se puede leer a muchos niveles. Es una historia de recuperación de la vida de una escritora. Es también una historia sobre los cambios sociales y cómo impactan en las personas que en ellos viven (algo además que puede tener un eco muy interesante con los tiempos en los que vivimos). Y es igualmente una visión de cómo la memoria de las escritoras fue manipulada, tras su muerte y durante su vida, no pocas veces por ellas mismas y su entorno para transmitir lo que la sociedad quería que fuesen, en una búsqueda por encajar con lo que se esperaba de ellas.

Letitia Elizabeth Landon vivió y escribió en el momento que va entre el fin de la época que en la historia inglesa se conoce como Regencia y el principio de la época victoriana. Estaba, por tanto, en ese momento en el que se pasaba del entorno de libertades, especialmente en la vida privada, de finales del siglo XVIII y principios del XIX (y que terminó con fin de las guerras napoleónicas y la vuelta al conservadurismo) a la mojigatería aparente (lo que se hiciese de puertas para adentro era otra cosa) de la segunda mitad del XIX. Landon jugaba entre esas dos aguas, tanto como escritora como como personaje público.

Su fama empezó cuando rondaba los 20 años, sobre 1820. Sus poemas no eran explícitos, pero los lectores de su época sabían leer los códigos que Landon empleaba. Exploraba, como explican en el libro, los “lugares oscuros de la sexualidad”. Sus poesías iban en la línea de lo que Byron publicaba y de la vida más libertina de su época (y de ciertos grupos sociales de su momento: quizás se podría simplificar todo señalando que Landon era una suerte millennial de su momento). No eran poemas sobre flores, aunque pudiesen parecerlo a primera vista. Su obra fue un auténtico boom y un éxito. Uno de sus libros se vendió por completo el primer día que llegó al mercado.

En su imagen pública jugaba al misterio. ¿Era realmente una ingenua que no sabía lo que estaba escribiendo o era de verdad todo lo que decían sus poemas? Landon se presentaba según una u otra visión según el momento, aunque la idea de base era que era una respetable señorita. “Una joven dama recién salida de la adolescencia”, como la vendía su editor, William Jerdan, un auténtico maestro del marketing literario.

Su vida real era mucho más complicada que eso y, de hecho, no se ha sabido realmente cómo vivía hasta ahora, que varias investigaciones literarias han ido desvelando las verdades que Landon iba tapando y que Jerdan iba llenando de humo. Jerdan, su editor, era también su amante. De hecho, tuvieron juntos tres hijos fuera del matrimonio (Jerdan ya estaba casado) que quedaron en manos de terceros y de los que posiblemente L.E.L no supo más nada más allá de su nacimiento. Gracias a los descendientes de la mayor de estos tres niños, Ella, se ha podido reconstruir esa parte de la historia. Las alusiones a que Landon había sido madre aparecieron en prensa, especialmente en un artículo que prometía destaparlo todo sobre la escritora. Como explica Miller en su libro, efectivamente el artículo se aproximaba mucho a la realidad, pero Landon y Jerdan consiguieron tapar toda la historia y convencer de que eran locuras sin base real. El editor y su escritora estrella serían amantes durante años.

La imagen pública de Landon se acabaría resintiendo de esos juegos de humos y espejos y los cambios en las modas literarias haría que su estrella perdiese fulgor. Cuando entró en la treintena, estaba en una situación económica muy precaria. Aunque sus obras habían movido muchísimo dinero, es bastante probable que ella –mal aconsejada por un interesado Jerdan– viese poco dinero.

Y si una década atrás sus contactos sociales eran muy buenos, una década más tarde se había convertido en una figura socialmente complicada (demasiado cerca de ser vista como “una mujer caída”) como para poder sacar partido de ello. Aun así, Landon usó todo lo que tenía para intentar hacer un buen matrimonio que le diese cierta seguridad. Estuvo prometida una vez, pero se rompió el compromiso (posiblemente porque alguien le contó al novio la verdad sobre el pasado de Landon), hasta que conoció a George Maclean, que se convertiría finalmente en su marido y con quien partiría –buscando esa nueva vida que realmente no llegó a tener– a África.

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