Fue en el mediodía del lunes 23 de agosto de 1926 y cuando estaba en la cresta de su ola. El actor Rodolfo Valentino, el latin lover por excelencia, acababa de morir. El actor llevaba enfermo una semana, período que ya demostró el poder de su tirón entre el público. Sus jóvenes admiradoras se habían entregado a vigilias en las inmediaciones del hospital en el que estaba. Cuando se supo la noticia de su muerte empezó la peregrinación hacia la calle de Nueva York en la que estaba la funeraria.

Pronto había miles de personas y unas horas más tarde la muchedumbre era tal que la policía se enfrentaba a problemas para mantener en orden a toda aquella multitud. Al día siguiente de su muerte había 10.000 personas congregadas en el entorno de la funeraria. Unas horas más tarde eran 20.000 y tomaron al asalto la funeraria en la que se guardaba el cuerpo para poder despedirse de su ídolo. El caos era tal que la policía forzó a que se hiciese un velatorio público (por el que desfilaron miles y miles de personas). En el desfile del ataúd por las calles (de camino a Los Angeles), se congregaron más miles de personas, a pesar de que estaba diluviando.

Mientras, más o menos por las mismas fechas, en Londres, los jóvenes ricos y ya también famosos de la llamada Bright Young People organizaba “fiestas raras” en las que había que acudir vestido tal y como se era veinte años atrás, como un asesino, de bañador o de marinos, cuando no en pijama. En París, aprovechando las celebraciones de los festivales de artes, se hacían fiestas a las que solo se puede definir con la moderna palabra de “desfase”. En ellas se tomaba al asalto el hotel Claridge, tirando de la nariz a quienes fuesen en ese momento sus clientes y estuviesen en el restaurante y robando las bebidas. Todos iban disfrazados de forma ultraextravagante, por supuesto. Unos recuerdos de la época hablan de una chica que acabó amamantando a una serpiente después de que uno de los participantes tirara 10 en una de las salas. El disfraz del participante incluía, por cierto, 10 serpientes vivas y ocho palomas muertas.

Por supuesto, ningún adulto llegaba a comprender a estos jóvenes veinteañeros y menos de veinteañeros (o incluso un poco más, algunas de esas Bright Young People pasaban de los 30) y sus locas costumbres. No comprendían a las dolientes fans de Rodolfo Valentino que esperaban bajo el diluvio a que pasase el féretro de su amado galán. No comprendían que se vistiesen en pijama para ir a una fiesta. Y no comprendían todas esas locuras de celebraciones. Pero no solo no comprendían esos comportamientos más o menos extravagantes, sino que en realidad no los comprendían de un modo más amplio. Ni lo que hacían en esos Locos Años 20 ni lo que hicieron en las décadas anteriores ni en las inmediatamente posteriores.

Fue el momento en el que el adolescente, como ser social diferente y como creador de sus nuevas tendencias, hábitos y preferencias, estaba naciendo y cuando comenzaba el momento de choque entre ellos y el mundo de los adultos que se empeñaba en no comprenderlos. Esa incomprensión se ha mantenido como una constante, como también el ver con dureza a los jóvenes y sus costumbres (que se lo pregunten sino a los millennials y a los jóvenes de ahora, los de la Generación Z) y el pensar que todo tiempo pasado fue mejor y que los jóvenes de hoy son peores que los de nunca (en realidad, no). Había nacido la adolescencia como momento único de la vida.

Esta historia y estas primeras décadas protagonizadas por esos primeros adolescentes modernos son las que analiza Jon Savage en Teenage. La invención de la juventud 1875-1945, que acaba de publicar en castellano Desperta Ferro Ediciones. El libro es un completo ensayo sobre cómo eran los adolescentes de esos primeros años y cómo se pusieron en marcha los mecanismos que han conformado la juventud y la adolescencia tal y como ahora la conocemos.

Savage deja claro que su ensayo está muy limitado en el aspecto geográfico. Por una cuestión de espacio – y partiendo de su importancia a través de su influencia global – se ha centrado en lo que ocurría en Reino Unido, Alemania y Estados Unidos, con ciertos apuntes sobre lo que estaba pasando en Francia. Aunque Savage se centre en lo que ocurría con los adolescentes de estos lugares concretos, la historia tiene un interés mucho más global y ayuda a comprender de forma general el nacimiento de la adolescencia moderna.

La historia de la adolescencia en España es abordada en un prólogo inicial, firmado por el editor, Servando Rocha. Es este por supuesto un apunte muy limitado, pero que ayuda a querer saber mucho más sobre la ‘invención’ de la adolescencia en el caso español.

Por supuesto, gente de 15 años, de 17 o de 21 ya la había mucho antes de 1875. Lo que cambió fue la visión de cómo eran esas personas y de lo que suponía ese momento de la vida dentro de la trayectoria vital de una persona (y de su relación con los demás). Los cambios sociales y económicos a nivel global hicieron que la vida cambiase. Se vivía más tiempo y se vivía de forma diferente. En las familias burguesas, los hijos empezaron a quedarse en casa en ese momento del tiempo que quedaba entre ser niños y ser adultos, momento de tiempo que era cada vez más largo (y que se ha ido haciendo más largo con el paso de las décadas). Se estudiaba más tiempo y se asumían las responsabilidades de la edad adulta más tarde, al tiempo que se tenía cierta capacidad adquisitiva, cierta independencia y ciertos gustos diferenciales (que las empresas y las marcas empezaron a ver con atención porque tenían nuevos mercados). Había nacido la adolescencia en términos modernos.

El recorrido que hace Savage por su historia permite descubrir como poco a poco se fueron asentando ciertas ideas y ciertas percepciones. Por ejemplo, la delincuencia juvenil empezó a verse como un problema en el siglo XIX (antes había simplemente delincuencia…) y a convertirse en una especie de obsesión, en uno de esos temas de moda que generan pánicos colectivos.

En los elementos históricos de otras muchas cosas que Savage cuenta se pueden encontrar también ecos de cosas que hoy nos resultan familiares. En las décadas del cambio de siglo no había ninis como tales, pero sí cosas que se parecen mucho. Igual que los ninis de hace unos años, esos jóvenes de hace más o menos cien años que no trabajaban no estudiaban y no hacían nada, como lamentaban los adultos (¡¡y se gastaban sus pocos centavos en el cine!!, añadían), vivían en medio de la crisis económica y estaban atrapados por ella.

El “problema de la juventud”, que fue en un momento una cosa y en otro otra diferente, fue, fuese cual fuese lo que tocaba en su momento, un elemento recurrente en los medios de esos años (como… ¡sorpresa! Lo sigue siendo ahora mismo también).

La cultura popular estuvo muy unida a la idea de la adolescencia y la adolescencia estuvo muy unida también a ella de una forma paralela. Se podría decir que tenían estrechas relaciones entre una y otra y en ambas direcciones. La cultura popular tenía en los adolescentes a unos de sus grandes consumidores y los adolescentes bebían de ella. Fueron quienes impulsaron las músicas de moda, desde los pasos animales, el jazz y las danzas de los primeros años del siglo XX hasta la locura del swing de los años 30 y 40 (que los adultos sentían que entendían menos todavía que los bailes anteriores).

El cine llegaba a los adolescentes en masa y ellos eran sus grandes espectadores, los que se gastaban el poco dinero que tenían muchas veces en ir a las sesiones. Al mismo tiempo, el cine alimentaba a los adolescentes: los jóvenes de medio mundo se comportaban y consumían tal y como veían que estaba ocurriendo en sus pantallas.  Como era de esperar, el cine – como hace unos años ocurriera con los videojuegos – se veía como el potencial mal responsable de todo por culpa de eso. Los jóvenes veían ciertas cosas en la pantalla y luego se convertían en lo que les mostraban (como, y esto sonará también pensando en los videojuegos, en violentos).

La nueva visión de la juventud y la creación de la adolescencia con todo lo que estuvo asociado a ella no fue solo una cuestión social y cultural, o al menos eso es lo que se percibe leyendo el libro de Savage. El modo en el que se reaccionó ante ella y se actuó con respecto a ella acabó siendo el campo de cultivo de muchos elementos con un impacto que iba mucho más allá de simplemente la propia adolescencia de quienes la vivían. Entre la visión de la adolescencia de unas décadas y los hechos históricos que ocurren en las que le siguen, se pueden establecer interesantes vínculos (como por ejemplo la obsesión por los deportes colectivos y por las sociedades para niños y jóvenes de aires militares de finales del XIX y el clima propicio para la I Guerra Mundial).

Todo el proceso y todos los cambios sociales vinculados tuvieron su culminación tras el fin de la II  Guerra Mundial. Fue entonces cuando arrancó “en serio” la industria vinculada a la adolescencia en Estados Unidos (se dice, de hecho, que fue entonces cuando Madison Avenue se inventó la palabra teenager, lo que no es exactamente cierto – ya se existía y ya se empleaba – aunque sí la industria publicitaria ayudó a asentarla tal y como se conoce ahora).

El cambio ya no tenía vuelta atrás.

Foto | Wikimedia

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