Diana Sperling no suele aparecer en los libros de texto, pero tampoco en las listas que se publican en internet de cosas fascinantes que deberías saber o de mujeres del pasado que han hecho cosas muy llamativas. Sperling no es ni siquiera una nota a pie de página en ningún lugar y eso que lo que dejó tras de sí es bastante fascinante. A ella llegué a través de un post en un blog en inglés que hablaba de un libro publicado en los 80 (y lamentablemente no recuerdo exactamente qué post y en qué blog era), que me llevaron a buscar un ejemplar del libro. Lo encontré en una de esas librerías inglesas de viejo que venden a través de Amazon por 5 euros. Con los gastos de envío hacerme con Mrs Hurst Dancing me salió en unos 8 euros (el libro está ahora mismo por unos 6 euros también de viejo). Y cuando llegó a mi casa me desveló una obra fascinante.

Sperling era una joven en la Inglaterra conocida ahora como la de Regencia, el momento final de la vida de Jane Austen y al que asociamos – gracias a las películas que se han hecho en las últimas décadas – sus obras y los protagonistas de sus historias. No era una joven de la nobleza pero sí de la que se conoce como ‘gentry’, esa clase alta rural que no llega a noble pero que vive muy cómodamente. Como otras jóvenes de su época, Sperling había aprendido a pintar con acuarelas. Pero, a diferencia de otras jóvenes de su época, Sperling dejó un sorprendente legado. Entre 1812 y 1823 (ella había nacido en 1791), había estado captando con sus acuarelas el mundo que la rodeaba.

Su obra, divertida y fascinantemente moderna (recuerda a las ilustraciones de los libros para niños modernos de finales del siglo XX), está llena de colores y sobre todo llena de humor. Diana Sperling no captura paisajes bucólicos ni preciosistas, sino a su hermana cayéndose de un caballo, un baile o una partida de chicas que se va al campo a pintar con sus acuarelas (y que son pintadas por la propia autora). Y, a pesar del aire en cierto modo naif de las imágenes, tienen una carga bastante humorística

Son una ventana abierta, un testimonio de primera mano, a cómo vivían los equivalentes reales a los protagonistas de las novelas de Jane Austen, una captura en tiempo real de la vida cotidiana de esa clase social. Y, además, es sobre todo una ventana abierta a la vida de las mujeres en esa época, ya que los dibujos están llenos – a pesar de su aparente simplicidad – de detalles sobre cuestiones que suelen quedar al margen de los libros de historia, como pueden ser el modo en el que se protegían los zapatos de baile cuando se tenía que caminar campo a través para poder llegar al baile o cómo se eliminaban las moscas de los salones de una casa de campo.

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