Thomas Mann

A uno le gusta imaginarse a los escritores como genios locos, seres creativos que no obedecen a normas ni a rutinas, pero como ya dijo Picasso, la inspiración debe encontrarte trabajando. Y eso lo sabían muchos autores, como Thomas Mann, quien seguía una férrea disciplina de trabajo (también hay que decir que no tenía mucho más que hacer durante su día a día, la herencia dejada por su padre le permitía vivir con holgura y sin tener que trabajar en nada más que en su obra, y pronto tuvo bastante éxito como para hacer dinero con la literatura).

El caso es que Thomas Mann trabajaba siempre de la misma manera. Era un madrugador y se concentraba mejor por la mañana, por eso levantaba todos los días a las ocho (tampoco es que sea un gran madrugón), bebía una taza de café, se vestía y acicalaba, y tomaba el desayuno en compañía de su esposa. Después, a las nueve, se encerraba a cal y canto en su estudio, donde ningún visitante, llamada o miembro de la familia tenía derecho a interrumpirle. De hecho, los seis hijos tenían estrictamente prohibido hacer ningún ruido entre las nueve de la mañana y el mediodía, las horas más productivas de Mann. Como sabía que era cuando más rendía, se forzaba a acabar todos sus asuntos en estas tres horas, y todo lo que no consiguiese ser hecho, pasaría a los deberes del día siguiente.

Después de comer venía el tiempo de lectura, algo a lo que se dedicaba entre la una y las cuatro de la tarde; la siesta -en la que los niños, de nuevo, tenían prohibido hacer ningún ruido-, el té con la familia, y el tiempo de ocio en general, en el que escuchaba música, daba un paseo, escribía cartas, charlaba con la familia o visitantes o leía el periódico. Se acostaba sobre las doce de la noche.

¿Son cosas mías o tenía algo así como el horario perfecto? ¡En mi próxima vida quiero ser Thomas Mann -ya puestos a pedir, con una vida familiar un pelín más feliz-!

La información, una vez más, proviene del libro Rituales Cotidianos de Mason Currey.

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