gainsborough_mary-robinsonLibertinos y amantes suelen aparecer en las novelas ambientadas en ciertas épocas del pasado, aunque en general tendemos a ver el pasado con los mismos ojos que vemos el más inmediato. Todo lo que ocurrió antes del pasado cercano nos lo imaginamos directamente como la puritana época victoriana (que, si se rasca la superficie, no era tan puritana). Sin embargo, cada época histórica es un momento diferente y tiene costumbres y hábitos sociales distintos. El siglo XVIII nada tiene que ver con el XIX, por ejemplo.

Sobre el siglo XVIII y una faceta de la vida privada de sus habitantes, acaba de escribir Mike Rendell en In Bed with the Georgians. Sex, Scandal and Satire in the 18th Century. El libro se centra en la Inglaterra georgiana (durante esos años se sucedieron los reyes llamados Jorge), la que acabaría con la famosa época Regencia (la que asociamos a las historias de Jane Austen) y que no tiene nada que ver con la Inglaterra victoriana.

Las famosas de entonces eran las cortesanas. Las cortesanas (mujeres que tenían amantes que las mantenían ‘con estilo’) eran quienes dictaban la moda, quienes marcaban tendencias y quienes hacían que se consumiesen con frenesí nuevos productos. Si una cortesana famosa, aparecía con un nuevo peinado, un nuevo tipo de vestido o cualquier otra cosa, todo el mundo se lanzaba a imitarla.

En esa fiebre por imitar lo que hacían las cortesanas de moda, tenía un papel muy importante la prensa. Los periódicos podían publicarlo todo (no había censura en la Inglaterra del XVIII), lo que hacía que estuviesen llenos de detalles y de relatos de la vida privada de los ricos y famosos. Las cortesanas protagonizaban crónicas y las luchas de los hombres de moda por convertirse en sus amantes eran seguidas en prensa. Cuando Casanova llegó a Reino Unido, cuenta Mike Rendell, se quedó sorprendidísimo con la libertad de prensa y con lo que en ella se contaba.

Y es que, aunque pueda parecer sorprendente, la prensa amarilla de entonces no era tan diferente a la de ahora. Había periódicos que hoy llamaríamos sensacionalistas que lo contaban todo y con todo lujo de detalles. Embarcarse en un proceso de divorcio (caro, no muy habitual y altamente escandaloso) implicaba que los periodistas de estos periódicos tomarían nota de todo y lo volcarían en sus páginas, por ejemplo. Que el marqués de tal y el conde de cual se enfrentasen por los favores de la actriz de turno daba para una serie de entregas de artículos. El cotilleo era, como explica Rendell, un deporte nacional. Todo el mundo consumía esos periódicos escandalosos (y su efecto era tal que llegó a la literatura: a lo largo del XVIII los escritores empezaron a sexualizar sus historias y a los personajes de las mismas; y, por supuesto, durante esa época empezó también la producción de ficción erótica en Inglaterra).

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A los artículos escritos había que sumar también las ilustraciones, que eran muy populares y que eran bastante mordaces (y crueles muchas veces). Todo el mundo las consumía y, de hecho, llegaban a estar expuestas en las puertas de las imprentas para que todo el mundo las viese. Del rey para abajo, todos podían ser ridiculizados en imágenes. Las imágenes tenían, además, el poder de llegar a quienes no habían sido alfabetizados.

Volviendo a las cortesanas y su papel como famosas de la época, su vida no era, ni de lejos, sencilla. Muchas de ellas eran actrices, otras habían empezado en la prostitución (¡¡el 20% de todas las mujeres que vivían en Londres en el siglo XVIII fueron prostitutas en algún momento de su vida!!) y casi todas ellas habían pasado por tiempos duros. Tener un protector no garantizaba ninguna seguridad y el paso del tiempo hacía que las cosas fuesen mucho más cuesta arriba.

Casi todas las historias que recoge Mike Rendell de cortesanas de la época acaban bastante mal y muy pocas son las cortesanas que tuvieron un final de vida discreto y posiblemente feliz. Cierto es, sin embargo, que algunas de ellas acaban, como en una novela, casándose con alguno de sus amantes. Sin embargo, muchas de ellas acababan prostitruyéndose en burdeles de mala reputación. La prostitución no era ilegal entonces en Reino Unido (no lo fue hasta el siglo XIX, cuando la más puritana sociedad victoriana cambió la visión del sexo).

Lo que se creía sobre el sexo

Por supuesto, también había muchas creencias bastante cuestionables. Así, la sopa de coliflor era considerado un alimento afrodisíaco y algunos apostaban por el caldo de pollo. También lo era la gelatina, tanto que existían jelly houses, lugares a los que acudían las parejas y en los que, antes de pasar a una habitación, se bebía y se comía gelatina para despertar la pasión.

Lo sorprendente es (para el lector de hoy), sin embargo, lo poco que comprendían el cuerpo humano y el sexo. Por ejemplo, los georgianos estaban bastante equivocados en lo que tocaba a las enfermedades de trasmisión sexual, que creían que eran (¿por qué no nos sorprende?) culpa de las mujeres. “Nadie pensaba que el hombre fuese culpable de algún modo, era la culpa por completo de las mujeres”, señala Mike Rendell en el libro. Se creía, de hecho, que una mujer podía contagiarse de forma espontánea de alguna enfermedad sexual y luego trasmitírsela a los hombres sanos con los que se acostaba. En lo que a métodos anticonceptivos se refiere estaban un tanto perdidos. Se creía que, si se bebía agua de herrería, se evitaba el embarazo. Y no hay que olvidar lo que contaba en Romantic Outlaws Charlotte Gordon sobre Mary Wollstonecraft y William Godwin: creían que la mejor manera de evitar un embarazo era teniendo una vida sexual activa (porque eso era lo que se pensaba entonces).

También se usaban como abortivos o como anticonceptivos ciertas infusiones, el zumo de limón, el vinagre y ciertos dispositivos que se introducían en el cuerpo de la mujer. Los preservativos ya existían, aunque no se veían como métodos de control de la natalidad sino como elementos para evitar contagiarse de ETS (y no eran como los de ahora… Un experimento de un medio estadounidense permite descubrir cómo se hacían y cómo eran).

En general, había mucha incomprensión sobre el cuerpo femenino. El ciclo menstrual, por ejemplo, era algo que, como explica Rendell, no se comprendía muy bien.

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Por otra parte, la alta sociedad era escandalosa también porque eran bastante permisivos en lo que tocaba al adulterio (y por todas las partes además).

Lo que ocurría en España

La situación en España no era exactamente similar. En España no había prensa amarilla avant-la-lettre dispuesta a informar de todo lo que estaba haciendo el conde de Tal o el marqués de Cual (aunque sí se publicaban libelos y folletos) y convirtiendo a las cortesanas en grandes famosas que marcaban lo que se llevaba y lo que no, pero no por ello habría que pensar que la vida entonces era especialmente mojigata. De hecho, cuando se leen libros sobre el siglo XVIII y sobre las personas que habitaron en esa época, se descubre una situación completamente distinta a la que nos pensábamos.

El mejor libro para comprender cómo se las gastaban los abuelos de nuestros tatarabuelos es, de hecho, un clásico: Usos amorosos del dieciocho en España, de Carmen Martín Gaite. Y, lo primero que se descubre leyendo el libro de Martín Gaite, es que, en la España de entonces, estaba de moda el adulterio. No era un adulterio sin más, sino que seguía una cierta especie de protocolo. La mujer (casada, claro) tenía un chichisveo o cortejo, que era una especie de galán que la amaba de forma pública (y que no era su marido) y aparentemente platónica (pero ¿quién puede decir que todo ello no fuese más allá?). Tenía una especie de horario y de prácticas establecidas que tenían que cumplir y también unas ciertas responsabilidades, como comprarle a la mujer a la que cortejaban ciertos lujos caros (era una sociedad obsesionada con el lujo) o darle conversación (a la moda). De hecho, había todo un lenguaje amoroso nuevo y toda una serie de expresiones ligadas al proceso del cortejo.

Las mujeres (de alta clase social, claro) recibían durante el invierno una suerte de tertulia masculina (muchos varones la visitaban y pasaban un rato al lado del brasero, con el cortejo en posición destacada). Los que no eran el cortejo eran “meritorios” o “aspirantes” que podían ser cortejos en el futuro. Para las mujeres, escoger a su cortejo daba también cierta libertad, es decir, en una sociedad en la que los matrimonios estaban arreglados, esta era una relación que ella misma escogía. Y, además, los celos habían pasado por completo de moda.

Los bailes también servían como una manera de potenciar el contacto o de jugar con ello. Los bailes, como explica Carmen Martín Gaite, permitían “ciertas osadías”. Algunas permitían hablar de forma mucho más privada y otras permitían tocarse. Llegó a haber una danza la danza del desmayo, que, escribe la autora “llegó a hacerse tan escandalosa y comentada por lo deshonesto de sus gestos y acciones que hubo de ser prohibida”. Además, por supuesto, los bailes eran algo complejo que había que aprender si se quería ser alguien socialmente. Había profesores de danza que ayudaban a aprender lo que tocaba.

Imágenes 1, 2, La de la imagen es Mary Robinson, célebre actriz, luego cortesana y escritora

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