trincheras

Los libros han tenido una vida casi secreta en algunas de las guerras del siglo XX. No es que los libros viviesen ocultos en las trincheras de batalla o que su uso y distribución estuviese prohibido: en absoluto. En algunas de las guerras del siglo XX se distribuyeron muchos libros y las trincheras, los hospitales y los centros de entrenamiento estaban provisionados con bibliotecas. Si se han convertido en algo casi secreto es porque casi no se habla de ellos o porque ni siquiera se han convertido en una nota a pie de página cuando se escribe sobre esas trincheras, esos hospitales o esos centros de entrenamiento.

De todas las historias de libros, lecturas y guerra, la más recordada son los esfuerzos de la II República española por dotar de bibliotecas o de servicios de lectura a los soldados. Al fin y al cabo, la II República tuvo una historia con los libros, haciendo el que hasta entonces había sido el mayor esfuerzo por alfabetizar al pueblo (y hacerlos lectores) sino también en crear una cultura del libro. Las Misiones Pedagógicas dotaban de libros y de bibliotecas los lugares por los que pasaban y las autoridades republicanas invirtieron mucho dinero en libros. Era un período en el que además la industria editorial también estaba en su momento álgido (aunque su modernización había empezado en la década anterior) y empezaron las ferias de libro en España. Durante la Guerra Civil, como cuentan en Biblioteca en guerra, se crearon bibliotecas itinerantes que recorrían el frente. 

Pero las bibliotecas en el frente no era, en realidad, algo nuevo. Durante la I Guerra Mundial, los libros ya estuvieron muy presentes, aunque su historia no es tan popular como la de las bibliotecas en guerra republicanas. De hecho, sorprendentemente, no es uno de los temas habituales que se tratan cuando se habla de la Gran Guerra y tampoco se han creado grandes ensayos (o novelas fascinantes) sobre la odisea de los libros en esta guerra. Por supuesto, y como suele ser habitual en las guerras, algunas grandes bibliotecas cayeron bajo el pillaje o bajo las bombas. Pero lo interesante de la I Guerra Mundial es que hubo un boom en la distribución de libros entre las tropas y que se crearon bibliotecas o servicios de lectura en muchos de los lugares asociados a la batalla. 

En total, en los diferentes frentes de batalla y entre los soldados de los diferentes países combatientes, se distribuyeron decenas de millones de ejemplares de material de lectura, como apuntaba hace unos años Alfonso González en Soldados lectores: la movilización del libro durante la Gran Guerra, un breve estudio académico sobre el tema publicado en la revista ZER de estudios de comunicación que desvela la relación entre el libro y la guerra. Aunque, como nos explica, no todos los países consiguieron movilizar y distribuir tantos libros como otros, fueron muchos los libros que pasaron por manos de los soldados. Alemania mandó a sus soldados unos 6 millones de libros, que fue la cifra más o menos que movió Estados Unidos. El Imperio Británico (recordemos que entonces era mucho más grande que lo que Reino Unido es hoy) dobló esos registros, aunque otros países como Francia, Austria o Italia se quedaron por detrás. Rusia, a pesar de que el Imperio Zarista no era muy amigo de las bibliotecas, distribuyó 4 millones de documentos.

Curiosamente, los libros llegaban vía donaciones (y muchas veces incluso desde países o lugares neutrales: los aliadófilos catalanes, por ejemplo, hicieron su envío de un millar de libros a los soldados hospitalizados franceses) de los propios habitantes que vivían en los países en conflicto. Era un acto de solidaridad e incluso entre algunos de esos libros se colaban mensajes de ánimo y apoyo a los soldados.

Los soldados leían sobre todo ficción. Las novelas y los relatos eran los que ocupaban la mayor parte de los envíos aunque, eso sí, con restricciones. En los frentes alemanes no se podían, por ejemplo, leer ni novela erótica ni historias pesimistas o nihilistas. El misterio estaba, por otra parte, desaconsejado. Después de la ficción venía el libro técnico, las gramáticas y esos clásicos libros de idiomas que dan bases de una lengua (pensad que muchos soldados estaban en otros países), los textos religiosos y finalmente las revistas ilustradas.

Y, aunque pueda parecer que en una guerra no hay tiempo para ello, sí tenían tiempo para leer. En los períodos de formación, las bibliotecas evitaban – o eso pensaban – que los soldados se entregasen a otros hobbies menos ‘saludables’. En las trincheras, la lectura era una forma de evadirse y, al final, de sobrevivir, ya que recordaba el mundo que estaba fuera de la batalla. Para los prisioneros de guerra (llegaron a existir 500 campos de internamiento en las diferentes zonas en guerra), leer era una de las pocas cosas que podían hacer, como ocurría con quienes estaban en los hospitales de guerra. Para ellos, por cierto, la lectura era una recomendación terapéutica.

Foto cc Europeana 

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