chicas del radio

Una de las modas de principios del siglo XX fueron los productos hechos con radio. El radio, algo que se había descubierto hacía muy poco, se convirtió en el nuevo producto milagro, eso que puede salvar a todo el mundo de prácticamente todo. Se vendían dentífricos que prometían ser radioactivos, agua radioactiva o cremas para la cara con radio. En realidad, muchos de esos productos eran un timo que solo tenían de radioactivo el nombre. Otros, en cambio, eran muy peligrosos: había un curatodo con radio que acabó siendo la muerte de un millonario estadounidense que se lo tomaba de forma masiva.

Aunque Marie Curie (y quién mejor que ella para hablar del radio…) alertaba sobre estos productos y decía que aún no se sabía mucho del radio como para usarlo de ese modo, la radiomanía estaba por todas partes. El radio también se utilizaba para las pinturas, permitiendo convertirlas en fluorescentes. En la oscuridad, esas pinturas se iluminaban. No era magia, era ciencia y era, además, un brillante negocio al que la I Guerra Mundial dio un empujón definitivo. En tiempos de guerra, los instrumentos que los soldados pudiesen ver y emplear en cualquier momento eran un gran reclamo.

Pero para tener instrumentos con números que se iluminaban en la oscuridad no solo se necesitaba pintura radioactiva, también a pintores que trabajasen con ella. Y ahí es donde entraron las mujeres: ellas fueron quienes trabajaron con este material y quienes se encargaron de pintar de forma minuciosa manecillas y números de relojes y otro tipo de productos con esta peligrosa pintura. En Europa, usaban diferentes instrumentos para intentar pintar con ella. En Estados Unidos, usaban pinceles que, para que fuesen más eficaces y desperdiciar la menor pintura radioactiva posible (el radio no solo era nuevo y estaba de moda, también era muy caro), metían en la boca para darles la forma perfecta. Y esas mujeres se convirtieron así sin saberlo en las protagonistas de uno de los más mediáticos casos en su momento de mala praxis profesional y en unas de las pioneras (olvidadas hasta ahora) de la lucha por los derechos de los trabajadores.

radium girlsLa historia la cuenta ahora para el gran público Kate Moore, en The Radium Girls (Sourcebooks). El libro no está (todavía) traducido al castellano, aunque ha tenido un impacto tan elevado en los medios y cuenta una historia tan poderosa que no sería sorprendente que lo fuese. El principio del ensayo, cuando se nos pone en antecedentes de en dónde se metían las chicas y como lo hacían de forma completamente inocente, es quizás la parte más floja de la narración (y como lectores la que se hace más pesada), pero lo que sigue es la historia de una lucha por conseguir justicia.

Las chicas del radio, como se acabaron conociendo, empezaron a trabajar en varias factorías en Estados Unidos durante los años de la I Guerra Mundial y continuaron trabajando durante los años 20. Las que protagonizan la historia trabajaban en dos fábricas de dos compañías diferentes, una en Nueva Jersey y la otra en Illinois. Las dos fábricas estaban en pequeñas localidades a las esferas de las grandes ciudades (Nueva York y Chicago), en las que vivían chicas de clase trabajadora para las que pintar en las fábricas de radio era una gran oportunidad laboral.

Las pintoras estaban bien pagadas (aunque, y esto es muy importante, eran pagadas por piezas pintadas), lo que hacía que el trabajo pareciese lo suficientemente bueno como para recomendárselo a sus amigas y a las mujeres de su familia. Cierto, tener que meter el pincel en la boca era asqueroso (y algunas chicas no conseguían soportarlo) y también era un poco raro salir brillando del trabajo (en la oscuridad, las chicas, como sus relojes, se iluminaban) pero todo temor era apagado por sus jefes y hasta por los medios de comunicación. Como les decían a las pintoras de Nueva Jersey, ¡el radio era sanísimo! En realidad, hasta les estaban haciendo un favor. Los medios estaban llenos de noticias y estudios sobre las cualidades positivas del radio (aunque, como apunta Moore, muchos de estos estudios habían sido realizados por la propia y emergente industria).

Las consecuencias no se hicieron esperar. Molly Maggia, una joven trabajadora de la fábrica de Nueva Jersey, empezó a padecer diferentes problemas de salud que sus médicos (empezando por su dentista, quien primero la atendió) no logró identificar ni subsanar. Molly, que poco antes era una joven llena de vida, acabaría falleciendo en 1922. Como causa de la muerte se indicó que padecía sífilis. Molly no padecía sífilis, pero era una joven moderna que se había ido a vivir sola, así que todo parecía indicar que tenía que ser eso (aunque la primera prueba que le hicieron de sífilis salió negativa).

Y es que las mujeres del radio no solo fueron ninguneadas por ser de clase trabajadora, también por ser mujeres. Una chica joven que quiere vivir sola… La narrativa oficial de lo que estaba pasando tuvo por supuesto en eso un festín.

El caso de Molly fue el primero, pero no el único. En las dos décadas siguientes se sucedieron casos y más casos de pintoras de radio que veían como sus huesos se volatilizaban, como perdían sus fuerzas, como desarrollaban múltiples enfermedades y como nadie, absolutamente nadie, en el mundo médico era capaz de explicar qué pasaba. Los primeros médicos que las trataron estaban abrumados y sorprendidos: las chicas parecían sufrir los mismos efectos que los trabajadores del fósforo, pero sin embargo no trabajaban en ese mercado.

Las chicas de la planta de Nueva Jersey fueron las primeras en ponerse en acción, denunciando a sus empleadores. No consiguieron nada aparente en un primer momento: sus peticiones no fructificaron porque la legislación laboral ponía un límite al tiempo que tenían tras trabajar en un lugar para asociarlo a los problemas de salud (que ellas ultrapasaban: muchas empezaron a presentar síntomas años después de dejar su trabajo). Sin embargo, el futuro pasaría por otro camino. Las chicas consiguieron que un médico se centrase en su caso (y consiguieron convencerlo para que declarase en su favor, a pesar de que él quería mantenerse al margen de todo proceso judicial) y lograron además que un joven abogado se comprometiese con ellas. Para estas primeras chicas, el proceso era importante, muy importante, ya que su salud implicaba muchos gastos, gastos que ni ellas ni sus familias podían pagar. Y, además, sabían que estaban condenadas: el médico había descubierto que no había cura para la intoxicación con radio.

El caso de Nueva Jersey, que se convirtió en muy mediático, se cerró con un acuerdo entre las denunciantes y la empresa, pero hizo que el radio se convirtiese en un elemento maldito. Era imposible ya negar que no fuese nocivo. Y, sin embargo, eso era lo que estaban haciendo en la fábrica de Illinois. De hecho, es posible que esa sea la parte de la historia más dura de leer de lo que narra Moore. Mientras la investigación había demostrado en Nueva Jersey que el radio era tóxico y que estaba condenando a sus pintoras, en la fábrica de Illinois sus máximos responsables no solo engañaban a las chicas dándoles una seguridad que era mentira sino que además falseaban las pruebas y manipulaban sus resultados médicos. En esa fábrica se llegaron a hacer tests a las chicas para demostrar que todo iba bien: solo escogían a quienes parecían más sanas.

Las chicas de Illinois se enfrentaron además no solo a la presión de sus empleadores sino también a la de sus vecinos. La I Guerra Mundial y la bonanza económica quedaba muy lejos: a finales de los años 20 y principios de los 30, la fábrica de radio era uno de los principales empleadores de la localidad y nadie quería que nada pasase con ellos. Y quizás no hubiese pasado, si no hubiesen despedido a quien había sido su empleada durante años. Catherine Wolfe fue echada de su trabajo por estar demasiado débil y demasiado enferma. Catherine estaba, como no es difícil imaginar, enferma por culpa del radio y se sintió tan ofendida por lo que le había ocurrido y por cómo la habían tratado que se levantó contra sus ex empleadores. Es el caso de Wolfe (que llegó a tener que declarar desde su cama, en casa, por estar demasiado débil para ir al juzgado) quien hizo que las chicas del radio se convirtiesen en noticia de primera plana y lo que hizo que se convirtiesen en material de noticias. Wolfe era una de un grupo de trabajadoras que llevaron a la fábrica a los tribunales (como no podían hacer una denuncia conjunta se centraron en el caso de Wolfe, porque era quien estaba más débil y querían que pudiese ver la sentencia antes de morir).

Wolfe no solo logró con su caso poner contra las cuerdas a la empresa que la había contratado, sino que fue además el pistoletazo de salida gracias a su caso para la creación de un organismo de protección del trabajador en Estados Unidos. Las chicas del radio fueron quienes crearon el estado de opinión pública para que algo así ocurriese y la seguridad laboral se convirtiese en un tema importante. Pero, a pesar de ello, los problemas no acabaron del todo. Como cuenta Moore en el epílogo del libro, la localidad de Illinois en la que vivía y trabajaba Wolfe era, en los 70, una de las que tenía mayores índices de cáncer: el pueblo era radiactivo y lo era porque, a pesar de todo, seguía teniendo una fábrica que trabajaba con radio.

Foto pintoras | Wikimedia Commons

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