Mujeres Biblioteca Nacional

Leer a los escritores que publicaban hace ahora 100 años es un trabajo complicado. Muchos de los best sellers que triunfaban en los años 20 o 30 en España no están ya más que en las partes más polvorientas de las bibliotecas y son, en muchas ocasiones, ejemplares únicamente de consulta, puesto que son ediciones de la época en la que eran leídos y por tanto de acceso limitado. Es complicado por tanto hacerse hoy en día con los títulos que encabezaban las listas de los más vendidos entonces. Alberto Insúa es una nota a pie de página y Alejandro Pérez Lugín y su La casa de la Troya sigue existiendo porque – aún hoy – es una de las cosas que aún se mantienen en algunas de las tiendas de souvenirs de Santiago de Compostela.

Los autores sufren del cambio de las modas, del desinterés existente entre las generaciones de lectores que los separan de entonces y ahora y, a tenor de las conclusiones de un estudio del Centre for Intellectual Property Policy & Management de la Facultad de Derecho de la Universidad de Illinois y de la Universidad Bournemouth, firmado por Paul J. Heald, de los efectos nocivos de las políticas restriccionistas en copyright en la difusión de las obras con el paso del tiempo.

Como los libros están protegidos 70 años más allá de la muerte del autor, casi todas las obras publicadas en los años 20 o 30 lo están también (sus autores fallecieron muchas veces en la segunda mitad del siglo XX). Esto hace que no puedan ser editados sin pagar derechos a sus herederos (a pesar de que nadie los está realmente leyendo) y sobre todo que no puedan ser compartidos libremente en la red en formato ebook (un fenómeno que ha ayudado a recuperar a muchos autores olvidados y muchos libros que hacía años que estaban fuera de edición).

En este territorio, las obras escritas por mujeres (por mucho que iniciativas como el #readwomen intenten recuperarlas) son aún más difíciles de encontrar y releer. Muchas de las escritoras que publicaron entonces nunca llegaron a ser tan mainstrem como lo eran sus colegas hombres y, si los autores masculinos que escribían best-sellers se convirtieron en notas al pie de página de las obras generales, ellas se quedaron como pie de página de las muy específicas.

Isabel Lizarraga es una de las autoras que se ha propuesto recuperar a estas autoras olvidadas y en su carrera como escritora ha novelado la vida de Isabel Oyarzábal y la de las pioneras del feminismo en España (donde hay muchas escritoras), Cándida, que acaba de ser reeditada por la Editorial Buscarini tras unos cuantos años con la primera edición agotada.

Cándida procede de una investigación anterior que publicamos Juan Aguilera Sastre y yo en 2010 en la editorial Icaria en forma de un largo ensayo, titulado De Madrid a Ginebra. El feminismo español y el VIII Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer”, nos explica cuando le preguntamos las razones por las que el libro es una novela y no un ensayo. “Después de realizar el denso trabajo de investigación para esa publicación, Juan me sugirió que escribiera una novela que sirviera para dar a conocer ese mismo tema a un público amplio y no especializado”, apunta.

Isabel Lizarraga y Cándida

Cándida, la protagonista, es una joven maestra que deja Logroño y su Rioja natal para mudarse a Madrid para trabajar como corresponsal de moda y estilos de vida (esa sería la clasificación moderna) de un periódico local. Una vez en la capital, Cándida entra en contacto con los círculos feministas y nos muestra cómo nació el feminismo en España.

“Carmen de Burgos hizo eso mismo en la España de la época: salió huyendo de su Almería natal para ser periodista en Madrid y corresponsal de guerra”, nos recuerda Isabel Lizarraga cuando le preguntamos si a principios del siglo XX era posible pasar de maestra rural a periodista en la capital. “Muchas de aquellas mujeres se hicieron a sí mismas, incluso partiendo de una condición modesta”.

Víctimas de la historia  

El trabajo de esas mujeres fue arduo y consiguieron muchas cosas. En Mujeres olvidadas. Las grandes silenciadas de la Segunda República (editado por La Esfera de los Libros), Antonina Rodrigo recupera la biografía de muchas mujeres de aquel momento con vidas lo suficientemente fascinantes como para – en otro lugar, digamos en Estados Unidos – ya les hubiesen hecho unas cuantas miniseries y telefilmes, amén de reediciones de obras y biografías, recuperando sus historias.

Maria TEresa LeonAhí está María Teresa León, que no puede ser solo recordada como la primera mujer de Rafael Alberti. También fue una pionera feminista (separándose de su marido antes de que el divorcio fuese legal en España) y una autora por derecho propio. O ahí está María Goyri, una de las primeras universitarias de España y una parte fundamental en la recuperación del cancionero (aunque las calles y las universidades se las haya llevado su marido, Menéndez Pidal). O incluso Zenobia Campubrí, olvidada a pesar de que en el discurso tras recibir el Premio Nobel Juan Ramón Jiménez recordó que sin ella no hubiese sido nada, que fue una emprendedora en los negocios, una interesante diarista y una hábil traductora.

Las mujeres pioneras de aquellos años se convirtieron en víctimas tanto del paso de los años (y de que, no nos engañemos, en España no existe un mercado como el que existe en los países anglosajones de libros de biografía o historia de la vida cotidiana) como de la historia.  “Durante los años 20 y 30 hubo un buen número de mujeres que cobraron gran protagonismo en la historia de España, en distintos ámbitos. Lucharon por la igualdad de derechos con los hombres y participaron activamente en diversos campos, tanto científicos como artísticos”, nos explica Isabel Lizarraga.

“Hay escritoras, pintoras, abogadas, pensadoras… Sin embargo, la Guerra Civil destruyó toda su labor (al igual que la de tantos hombres avanzados), ya que todos los españoles contrarios al régimen fascista tuvieron que partir al exilio o quedaron amordazados”, añade. Y como nos explica la escritora, si el exilio supuso el olvido o borró un poco el recuerdo de algunos hombres célebres, peor lo tuvieron las mujeres. “Si en el exilio murieron olvidados muchos emigrados varones, en el caso de las mujeres fue todavía peor y su labor nos resulta aún más desconocida”, lamenta.

“Creo que éste es un buen momento para rescatarlas (y en este empeño quizás sea más eficaz la novela que el ensayo)”, nos dice Isabel Lizarraga. Y posiblemente tenga razón.

Foto de apertura: Biblioteca Nacional 

Si quieres leer más sobre este tema, no te pierdas 5 escritoras españolas olvidadas de hace 100 años 

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