Charles Dickens

Los grandes autores tenían que tener hábitos de trabajo, rutinas profesionales, extrañas, exóticas y sorprendentes. Es algo que damos por sentado, ya que hemos asumido hace cierto tiempo que los genios tienen que ser un tanto raritos. Por eso, peinamos lo que nos cuentan sobre ellos para poder establecer una completa lista de rarezas, especialmente mientras están trabajando. ¡En sus rarezas encontrarás la chispa para la obra maestra!, parecemos estar diciéndonos todo el rato. En sus rutinas de trabajo encuentras desde la disciplinada existencia de Thomas Mann y su casa silenciosa para que pudiese trabajar hasta los atracones de trabajo nocturno de George Sand (de quien somos muy fans, porque dejaba a sus amantes durmiendo mientras escribía hoja tras hoja de sus novelas).

Charles Dickens, un hombre capaz de convertir a su gato muerto en un abrecartas, también tenía sus rarezas y sus extrañas obsesiones. Para empezar, prefería usar tinta azul a la hora de escribir. Esto suena un poco a pensamiento mágico, aunque lo cierto es que tenía una justificación de lo más prosaica. La tinta azul se secaba antes (y eso en una época sin bolis era bastante importante) y permitía por tanto escribir a un mejor ritmo.

Pero lo de que prefiriese un color de tinta sobre otro tenga una explicación racional no hace que Dickens fuese menos irracional en sus obsesiones de trabajo. Siempre llevaba consigo tres amuletos y estaba además un tanto obsesionado con la disposición de las cosas mientras trabajaba.

En su mesa, la tinta y la pluma ocupaban siempre la misma posición, al igual que una colección de estatuillas que tenía dispuestas delante de él no con afanes decorativos sino para que le ayudasen a pensar. El orden de las cosas era tan importante para Dickens que cuando viajaba (y poco importaba si estaba en un hotel o en la casa de unos amigos) colocaba los muebles para que se pareciesen lo más posible al despacho en el que escribía en casa. Su obsesión con la colocación le hacía además dormir siempre orientado al norte. Dickens creía que era más beneficioso porque le ponía en sintonía con las corrientes eléctricas de la Tierra (sea lo que sea eso).

El trabajo propiamente dicho se realizaba de forma completamente disciplinada. Dickens trabajaba con horario de oficina, de 9 a 2, y mientras lo hacía toda la casa tenía que permanecer en silencio (Dickens tuvo 10 hijos, así que hay que aplaudir y admirar a la persona – imaginamos que su esposa Catherine – que conseguía que esa decena de niños se mantuviese silenciosa). Los demás habitantes de la casa contaban, eso sí, con la ventaja de que el despacho del escritor tenía doble puerta para amortiguar los sonidos del exterior. Tras la jornada de trabajo se iba a dar un paseo de tres horas.

Y, por supuesto, no debemos olvidar la rareza principal de Dickens: estaba obsesionado con las morgues y las visitaba de forma recurrente. Y, bueno, tenía como mascota un cuervo (pero si buscáis lo inteligentes que son los cuervos quizás lo veáis de otra manera) al que disecó tras su muerte para conservarlo por siempre.

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