las sinsombrero

Margarita recuerda de cuando era niña a su madre, también llamada Margarita, llorando, una mujer triste a la que la enfermedad le había pasado factura. También recuerda una foto encontrada en el fondo de un cajón, en la que aparecía su madre como una joven moderna y guapa, mirando a cámara al lado de un hombre elegante. La niña miraba la foto a menudo, hasta que fue descubierta por su nana y la imagen desapareció, perdida entre tantas cosas. Ni Margarita ni su hermano Enrique recuerdan mucho de su madre, que les recitaba poemas de García Lorca antes de irse a dormir. Y posiblemente pocos sean los que tampoco recordarían a Margarita y los que la habría sacado de las tinieblas de la historia, donde ni siquiera conseguía ser un pie de página. La historia de la niña y de sus recuerdos de su madre, de la foto perdida, es la que cierra el capítulo que Tània Balló dedica a Margarita Manso Robledo en Las sinsombrero, el ensayo que acaba de publicar Espasa sobre las mujeres olvidadas de una generación de la que fueron una parte importante y especialmente brillante.

Manso Robledo fue musa y esposa de un pintor de vanguardia, amiga de todos los miembros de la Generación del 27, amante del propio Lorca (en una de esas historias que ponen el toque escandaloso y de cotilleo a las biografías) y, sobre todo, una mujer moderna, estudiante de arte y cosmopolita, una más de esas mujeres modernas de la España de los años 20 y 30 que quedaron desdibujadas en la historia (como si en España se hubiese pasado de las mujeres a lo Regenta a las que estaban sometidas a la oscuridad de la dictadura).

Como se ha apuntado en varias ocasiones por otros analistas y articulistas y como se dice en el documental que acompaña al libro (es un concepto transmedia, en el que se unen redes sociales, audiovisual o palabra escrita), las mujeres de esos años fueron víctimas dobles de la Guerra Civil. Por una parte, fueron condenadas al exilio (interior o exterior, pero exilio de todos modos), siendo apartadas de las posiciones visibles que habían logrado y viendo como lo que se había conquistado en los últimos años (cuando las mujeres habían logrado derechos, accedido a la educación o empezado una carrera profesional) se borraba de un plumazo. Por otra parte, en la recuperación de la memoria histórica su historia ha quedado difuminada y sus nombres han sido perjudicados frente a los de los hombres (y eso que, como apunta un experto en el documental, si para los hombres españoles la Generación del 27 fue la ‘generación de plata’ para las mujeres lo fue de oro). En mi libro de literatura de Bachillerato, por ejemplo, la lista de la Generación del 27 incluye 10 nombres en negrita (todos hombres) y luego una de nombres ‘ligados a’ en los que solo se menciona a María Teresa León de todas las mujeres del 27.

El censo de las mujeres que despuntaron en la Generación del 27 y que fueron compañeras de los autores del momento (autores, por cierto, que tenían en algunos casos bastantes prejuicios machistas: a las mujeres les costó ya en ese momento ser incluidas en las antologías poéticas que recogían lo mejor del grupo y fueron muchas veces barridas de las memorias de estos hombres o despachadas con un par de comentarios paternalistas) incluye a muchas escritoras y a muchas mujeres reseñables. No todas fueron escritoras. Hubo pintoras, como Maruja Mallo, o escultoras, como Marga Gil.

las sinsombrero libroSus perfiles son fascinantes y muchas veces sorprendentes y Las Sinsombrero es una perfecta manera para entrar en contacto con ellas (y acabar ampliando a niveles preocupantes la wishlist de libros que se quieren comprar). Ocurre por ejemplo con Ernestina de Champourcin, de la que todos hemos leído alguna vez que acabó siendo profundamente religiosa y la hemos condenado a ser solamente eso (cuando es una autora con muchas más capas y con muchas más complejidades que simplemente su religión).

O con Concha Méndez. El marido de Concha Méndez, Manuel Altolaguirre, sí aparecía mencionado en mi libro de literatura en una especie de miniapartado especial en el que metían a los ‘poetas editores’. Lo que olvidaba mi libro de lengua es que si era editor, si tenía una tipografía en la que se imprimían revistas y obras, lo era con Concha Méndez, parte igualmente importante del negocio. Méndez es además una personalidad fascinante, que fue campeona de natación, escritora, vendedora de libros, guionista de cine y muchas más cosas. En 1929, decidida a lanzarse a la aventura, se montó en un barco sin casi un duro y se fue a vivir unos meses a Inglaterra. Y cuando se cansó de estar allí, se gastó sus ahorros del trabajo inglés en irse a Argentina.

O, y por poner un último ejemplo, con Josefina de la Torre, que fue actriz, poetisa precoz, novelista y autora secreta de novelas románticas para ganar dinero.

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