Truman Capote

Hay mucho de mágico en el concepto de inspiración, en el hecho de que un artista sienta de repente cómo le llega una idea a la mente que confía en que será el germen de una gran obra de arte, así que no debemos juzgar a los escritores si se dejan llevar de vez en cuando por sus pensamientos más irracionales. Al fin y al cabo, ¿quién no trataría por todos los medios -naturales o sobrenaturales- de apresar esa lucidez que le permite elaborar un fantástico trabajo?

Hay quien cree en la disciplina y el trabajo duro, hay quien se siente un genio único al que la creatividad jamás escapa, pero la mayoría de los autores se mueven en una escala intermedia de grises en las que pueden encajar alguna que otra superstición o manía. Y es el caso de estos 10:

Truman Capote – No se conformaba con una superstición, sino que acumulaba unas cuantas: no comenzaba a escribir ni finalizaba ninguna obra en viernes, se negaba a hospedarse en una habitación de hotel cuyo número de teléfono contuviese el 13 y nunca dejaba más de tres colillas en el cenicero (el resto las metía en sus bolsillos).

Charles Dickens – Siempre tenía un compás de navegación a mano para asegurarse de que dormía mirando en dirección Norte, ya que creía que eso impulsaba su creatividad y mejoraba su escritura.

Dr. Seuss – Tenía en casa una colección de más de 300 sombreros y cuando se sentía bloqueado, iba a su armario y se ponía uno de los gorros hasta que se sintiera inspirado.

John Steinbeck – Como le gustaba escribir sus borradores a lápiz siempre tenía 12 lápices perfectamente afilados en su mesa de trabajo, no fuese a ser que se quedase sin material. Y de hecho, debía usarlos de forma bastante compulsiva, ya que su editor decidió enviarle lápices redondos, porque los hexagonales tradicionales estaban acabando con sus manos.

Friedich Schiller – Dejaba que las manzanas se pudrieran en el cajón de su escritorio porque creía que “no podría escribir” sin ese olor.

Carson McCullers – Se cosió un “jersey de la suerte” y se lo ponía siempre que quería escribir.

Alexandre Dumas – Durante décadas,  escribió toda su ficción en papel azul, su poesía en papel amarillo y sus artículos en papel rosa. Y cuando, durante un viaje, no pudo acceder a su papel azul y tuvo que conformarse con otro de tonalidad crema, quedó convencido de que su obra sufriría con tan drástico cambio.

Edith Sitwell – Le gustaba acostarse durante unos minutos en un ataud abierto antes de ponerse a escribir, y además, guardaba cuadernos por todos los rincones de su casa (unos 300) para tener siempre uno a mano.

Ana María Matute – Creía que mirar el folio desnudo antes de empezar a escribir daba mala suerte, y nunca se ponía de espaldas a una puerta mientras trabajaba.

Dan Brown – Cuando se bloquea se cuelga de los tobillos o se calza unas botas de gravedad y se suspende boca abajo para ver las cosas “desde un nuevo ángulo”.

Aunque es mejor tomarse algunas de estas supersticiones con ciertas precauciones antes de creerlas a pies juntillas. Es una convicción extendida que para ser un genio hay que tener alguna excentricidad, y por eso cuando no la hay, se busca.

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