Todo empezó con una mención en una carta de un escritor a otra escritora. Alejandro Dumas, hijo, escribía a George Sand sobre unas cuantas cosas y mencionaba una misteriosa “interview” de “Mlle Queniault”, al hilo de un párrafo sobre “el Turco” y de un cuadro de “dos mujeres que se pasaban por hombres”. La mención quedó ahí, una más entre las muchas cosas que se cuentan en las cartas personales de los escritores, hasta que el editor de la misma, Claude Schopp, tropezó con ella y empezó a pensar. La mención era una pista, aunque una pista un tanto compleja.

Claude Schopp estaba trabajando en las cartas y se dio cuenta de que aquello podría ayudar a desentrañar un misterio artístico que había quitado en cierto modo el sueño a los apasionados por la intrahistoria de la historia del arte. Schopp fue al original de la carta, conservado en la Biblioteca Nacional francesa, y allí encontró oro. La misteriosa “interview”, que no tenía ningún sentido en el contexto en el que se estaba mencionando, era en realidad un fallo en la transcripción por una lectura errónea de la caligrafía de Dumas.

El escritor hablaba del interior (l’intérieur, en francés) de la mencionada Mlle Queniault. Dado que el Turco al que se refería era Khalil-Bey (un personaje que merece un ensayo literario por sí mismo), un coleccionista de arte que vivía en el París de la época y que poseía una colección de arte ‘secreta’ en la que había algunas de las obras más escandalosas de Courbet, la mención podría ser la pista definitiva para despejar un enigma artístico.

El descubrimiento de Schopp ha sido la base para L’origine du monde, el ensayo literario en el que sigue la pista a la mujer que fue la modelo del cuadro de Gustave Courbet, El origen del mundo, y que acaba de publicar en Francia Phébus. La señorita en cuestión era la esquiva modelo (hasta ahora solo había hipótesis y poco concluyentes) del cuadro.

En el París de los últimos años del II Imperio, Khalil-Bey era uno de los miembros del cuerpo diplomático del Imperio Otomano en la capital gala y uno de los nombres recurrentes de la buena sociedad francesa. Llevaba una vida de lujo, apostaba cantidades de impresión en las mesas de juego y era un ávido coleccionista de arte. Como tantos hombres del Tout-Paris, tenía amantes entre las actrices, las artistas de ópera y las bailarinas de ballet.

Jeanne de Tourbey, que se acabaría convirtiendo en la condesa de Loynes (protagonista de un retrato que ahora se usa de forma recurrente en las cubiertas de las novelas decimonónicas), fue una de ellas. Tourbey ha sido uno de los nombres recurrentes que se apuntaban como potencial protagonista del cuadro, aunque no lo era. La futura condesa era también muy amiga de Alejandro Dumas, lo que podría explicar, como apunta Schopp, que este tuviese datos fiables sobre quién era la protagonista de El origen del mundo.

Constance Quéniaux (la verdadera grafía del Queniault que Dumas había escrito mal) había llegado a París acompañada por su madre cuando tenía 14 años para convertirse en bailarina del ballet de la Ópera de París. El trabajo era una manera, cuenta el libro, para muchas chicas de familias sin muchos recursos de escalar en la sociedad y de mejorar su situación, aunque eso implicaba no solo bailar sino también acabar convirtiéndose en cortesana. Sus salarios no eran tan elevados y las bailarinas tenían que asumir muchos de los costes de su profesión (como su vestuario), lo que hacía que necesitasen protectores. Todo esto daría para una más amplia reflexión sobre género y clase, sin lugar a dudas.

Constance Quéniaux se acabaría convirtiendo años más tarde en la amante de Khalil-Bey, que la consideraba además su amuleto de la suerte en las mesas de juego. En el verano de 1866, posó para Courbet, quien la retrató en El origen del mundo. El cuadro era un trabajo de encargo para Khalil-Bey y para su colección, donde estaría unos años. En 1868, el coleccionista tuvo que vender su colección de cuadros para pagar sus muchísimas deudas en una subasta. El origen del mundo no estaba en la subasta, pero en ese momento fue cuando se le perdió por primera vez la pista.

Aunque el cuadro era escandaloso (para los puritanos gestores de Facebook todavía lo es…) y aunque Quéniaux se movía en ese mundo de barreras morales difusas, la bailarina no se vio salpicada por el cuadro. Nadie sabía realmente que ella era la mujer que aparecía en la imagen y, de hecho, tras retirarse del ballet de la Ópera llevó una vida burguesa y discreta, con un piso en París y una casa en la playa y con donaciones para obras sociales a favor de los huérfanos.

Foto | Nadar, en Wikimedia

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