“No puedo decir que me sienta muy a gusto aquí”, escribía Golo Mann en las Navidades de 1931, en una visita a la casa familiar. El día de Nochebuena añadía: “Vaya infancia infeliz la nuestra”.

Esa última declaración podría ser casi un titular, un resumen de las cosas y el aviso que se podría poner posiblemente antes de leer cualquier artículo, libro o ensayo sobre Thomas Mann y su familia. Los trapos sucios de la familia Mann han sido los protagonistas durante ya se podría decir que un siglo de todos esos libros, artículos, ensayos, documentales y películas que se han ido produciendo ante el tirón de la constelación familiar y, especialmente, de su figura más visible, el premio Nobel Thomas Mann. El gran resumen de todos ellos es que no se puede decir que fueran especialmente felices, pero también que ser la familia de un genio literario no es la mejor de las situaciones.

Thomas Mann era miembro de una familia literaria. Su hermano Heinrich era un escritor de éxito y su madre Júlia da Silva Bruhns también había sido autora, escribiendo un texto autobiográfico que recuperaba de una manera idílica su infancia brasileña. El propio Thomas era un autor ya de cierto éxito cuando se casó con Katia Pringsheim, con quien tuvo seis hijos. Este podría ser el texto aséptico de un diccionario, al que los biógrafos añadirían muchas capas de toques de la vida personal que hacen que todo sea mucho más complejo.

El hermano Heinrich, que era a principios del siglo XX tan importante y tan famoso como era Thomas Mann, acabaría muriendo pobre y olvidado en el exilio durante la II Guerra Mundial. Júlia da Silva Bruhns también acabaría de un modo extraño, errando por pensiones cutres de Múnich hasta su muerte (aunque entonces dos de sus hijos eran escritores famosos y bien pagados). Y el matrimonio con Pringsheim también merece un análisis a parte: por una parte, Thomas Mann era homosexual y por otra Katia Pringsheim entra en esa larga lista histórica de mujeres de escritores olvidadas entre las sombras pero que fueron claves para que pudieran desarrollar su trabajo. Los seis hijos que tuvieron juntos tuvieron vidas complejas en las que parecía imposible dejar de ser el “hijo de Thomas Mann”.

La historia de la familia es la que narra Tilmann Lahme en Los Mann. Historia de una familia, que acaba de publicar Navona. La narración empieza, en cierto modo, in medias res, con el momento en el que los Mann parten al exilio y Thoman Mann se posiciona de forma clara (tras tres años de medias tintas que luego la propia familia se encargó de difuminar) contra la Alemania nazi (que le retira el pasaporte).

Tras esa primera introducción, Lahme se va diez años atrás, empezando su historia cuando los dos hijos mayores, Klaus y Erika, son jóvenes que empiezan su escandalosa trayectoria en los felices años 20 y sigue a la familia a través de sus cartas, diarios y textos hasta la muerte de la última superviviente de la familia, la hija pequeña, Elisabeth.

Entre todo lo publicado, lo escrito y lo narrado, Lahme ha tenido que hacer un trabajo muy profundo no solo a la hora de establecer la cronología y dar forma a la historia sino también a la hora de separar mentira de verdad y realidad de versiones embellecidas de la historia. No hay que olvidar que los Mann escribieron (todos) y que dejaron muchos textos de cariz biográfico. Klaus, el primogénito, escribió su primer libro de memorias a los 25 años. Monika y Erika se enzarzaron en una especie de batalla de publicaciones sobre la vida familiar tras la muerte del padre. Y Erika ha sido la creadora y propulsora de muchos mitos sobre la historia de la familia y sobre Thomas Mann como persona.

El autor sigue, por supuesto, todas esas grandes decisiones y todos esos grandes puntos de la vida de Mann como escritor (y de sus hijos como autores, Erika o Klaus eran también escritores por sí mismos, aunque no pudieran despojarse del lastre del apellido y el nombre del padre) pero también la vida privada de la familia y las complicadas dinámicas familiares. Así, descubrimos a Katia Mann, la esposa del escritor, como gestora familiar, como apagafuegos de todos los problemas y como una especie de banca infinita a la que los hijos siempre estaban echando mano (especialmente, o eso parece tras leer el texto, el pequeño y su favorito, Michael).

Las dinámicas familiares son terribles. Los padres tenían hijos favoritos, que hacían que los demás fuesen mucho menos relevantes y mucho menos importantes a sus ojos. Los hijos por supuesto lo sabían. Golo, el mediano (y quien parece, tras leer, que tuvo una trayectoria más independiente de la cartera familiar), estaba en tierra de nadie. Elisabeth, la pequeña, era la gran favorita del padre, hasta el punto que cuando era pequeña quería que se la llevasen (Mann y su esposa) a sus vacaciones, dejando atrás al otro hijo pequeño. Además, en medio del peso de la familia y del nombre compartido, parecía casi imposible hacerse con una identidad propia, ser algo al margen de ser uno de los miembros de la familia Mann.

Fotos | Wikimedia Commons

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