Los libros han sido uno de los elementos que han caído de forma más recurrente bajo el control de los censores. ¡Los libros son peligrosos! Al fin y al cabo, ayudan a transmitir ideas, hacen que quienes los leen piensen o permiten dar una visión diferente de las cosas. Eso ha hecho que a lo largo de la historia no en pocas ocasiones muchos tipos de libros y de muchos autores hayan sido prohibidos, purgados o hechos desaparecer.

Las listas de libros prohibidos no han acabado simplemente porque hayamos cruzado el umbral del siglo XXI. En no pocos países, se siguen prohibiendo libros de forma directa y bajo la ley del lugar. En otros, aunque la prohibición no esté marcada por una normativa sí se sigue frenando la distribución de algunos títulos y el acceso a ello partiendo de ciertas ideas y por el efecto de algunos grupos de presión. No hay más que pensar en lo que denuncia cada año la Semana de los Libros Prohibidos desde Estados Unidos (y que es justamente esta semana) sobre cómo se presiona a las bibliotecas y a las escuelas para eliminar o restringir ciertos títulos por cuestiones como, por ejemplo, el contenido sexual o la presencia de palabrotas.

Recordar la historia – y el presente – de los libros prohibidos es por tanto muy importante. Al hilo de ello, el texto que compartía la Biblioteca de la Universidad de Santiago de Compostela en su perfil en Facebook puede resultar especialmente interesante.  El texto es un folleto de 1776, del Consejo de la Inquisición, publicado y distribuido en Santiago de Compostela y que la biblioteca conserva en sus archivos (y que se puede ver en sus fondos digitalizados). Por lo que podemos deducir del formato (una única página) y el aviso que aparece al final del mismo (“Nadie le quite, pena de Excomunión mayor”), podemos concluir que el listado había sido clavado en algún lugar público para que todo el mundo pudiese verlo.

¿Qué libros aparecen en este listado de lecturas prohibidas? Entre los títulos, los más reconocibles para el lector actual son tres.

Las Cartas de Madame de Pompadour son el primero (de hecho, son el libro uno del listado). La edición era en dos tomos de octavo, «impresa en Londres año de 1774» en francés y es prohibida en absoluto y por completo, «aún los que tengan licencia de leer libros prohibidos». Está prohibido por «estar llena de proposiciones lascivas, escandalosas, injuriosas a los papas, cardenales, y a todo el clero». El siguiente conocido para el lector actual sería el libro que aparece en el puesto cinco, la edición en francés y en dos tomos de las novelas y cuentos filosóficos de Voltaire. Los inquisidores recuerdan que es un libro prohibido desde 1762 y que «están llenos de proposiciones inductivas al libertinaje e irreligión«. El tercero es el libro Fray Gerundio de Campazas, que entonces era publicado con pseudónimo. Se prohíbe por ser el segundo tomo de un libro prohibido y por «contener proposiciones sediciosas, mal sonantes» o «injuriosas» a la religión católica.

Estos tres son solo una parte de los libros prohibidos. El listado tiene 17, que permite además comprender mucho mejor qué circulaba en el mercado de libros (y también romper ciertas ideas sobre lo que no se leía hace casi tres siglos).

Por ejemplo, en la lista de libros prohibidos hay una obra prohibida por lasciva y escandalosa (Nueva relación y curioso romance de un caso célebre que sucedió en la Corte de Madrid a un capón enamorado) que demuestra que la literatura ‘verde’ no es una invención del siglo XX y también hay una obra crítica contra el poder prohibida «por ser todo su contexto escandaloso, cismático, injurioso al rey nuestro señor y su nación y seductivo de ánimos incautos» (Padre nuestro glossado), que muestra en este caso que las críticas al poder también son bastante antiguas.

Además de los libros que la Inquisición prohíbe directamente, también obliga a «expurgar» otros, a los que pude que se le borren ciertas páginas, capítulos y fragmentos. Aquí aparecen desde un error de imprenta que hace que la frase diga una «herejía» hasta capítulos por heréticos o expresiones en traducciones que son malsonantes. En este caso, las expurgaciones podían ser hasta DIY. En el final del listado de los ocho libros a expurgar señalan que «se previene que cualquiera puede hacer la expurgación por sí».

Además, estos libros no eran rarezas en el fondo de la estantería de alguien. En el pie del anuncio se dice que esos libros «están divulgados y extendidos en estos reinos», con lo que no solo estaban impresos y publicados sino también distribuidos. La prohibición es de «vender, leer, ni tener dichos libros y papeles impresos». Hacerlo ponía a uno en riesgo de pena de excomunión y también de una multa de doscientos ducados. Los lectores «rebeldes» tenían seis días desde la publicación para entregar los libros prohibidos «ante los comisarios del Santo Oficio».

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