Fue a finales de la década de los 80 del siglo XIX. Nellie Bly, periodista en un periódico de Pittsburg, estaba harta de que intentasen que escribiese los ‘artículos de chicas’ que entonces se les endosaban a las periodistas mujeres. Exposiciones florales, comidas de las señoras de la buena sociedad… Bly sabía que eso no era lo que quería escribir y que quería hacer algo diferente, algo más osado. Así que, cuando sintió que le habían cortado las alas en su periódico de origen, decidió marcharse e irse a buscar fortuna en la prensa de Nueva York. Su salida del diario es casi como la que todas aquellas personas que alguna vez estuvieron frustradas con su trabajo soñaron. Dejó una carta de despedida para su jefe. “Me voy a Nueva York. Esté atento”.

Claro que llegar a Nueva York y triunfar en la industria emergente de los periódicos no era un todo, sobre todo cuando llegabas – como Nellie Bly lo hizo – sin contactos, sin fortuna y sin mucho que contase a tu favor más que tus ganas de trabajar, tu entusiasmo y tu talento. Bly no sabía cómo entrar en el círculo de los medios, pero era una persona muy imaginativa. Decidió escribir un artículo sobre una chica de provincias que llega a la gran ciudad para trabajar en la prensa y entrevistar a todos los directores de los grandes diarios.

No es de lo más ortodoxo, cierto, pero le permitió conseguir conocer de qué pie cojeaban los directores de los diferentes medios. Uno de ellos era el director del New York World, que se acabaría convirtiendo en su primer jefe en la ciudad cuando ella le propuso un tema para un reportaje y él le preguntó si estaría dispuesta a escribir en cambio sobre el horrible manicomio de la ciudad, infiltrándose como una de las enfermas.

Y Bly lo hizo. Las crónicas que escribió la convirtieron en una estrella emergente del periodismo y una de las grandes pioneras del periodismo gonzo y de las ‘stunt girls’, las reporteras infiltradas que hacían investigaciones osadas en el periodismo estadounidense de finales del siglo XIX. Las crónicas de su estancia en el psiquiátrico de la isla de Blackwell (que fueron publicadas ya hace unos años en España en castellano en una nueva edición) forman parte de la antología que Capitán Swing acaba de dedicar a Nellie Bly, La vuelta al mundo en 72 días y otros escritos. En la obra se recoge también el texto que Bly escribió (y que se publicó por entregas y como libro tras su viaje) tras el viaje de vuelta al mundo que realizó en 1889/1890.

Este último texto es el más popular de todos los que Bly escribió y fue el que, de hecho, la convirtió en una celebridad mundial a finales del siglo XIX. Su viaje de vuelta al mundo, inspirado en el de Phileas Fogg, el héroe de la novela de Julio Verne, fue un hito seguido de forma masiva en los medios y que sirvió para convertir a la propia Bly en una de las periodistas más famosas de su época (y posiblemente con ello lastrar una carrera muy prometedora…). Cuando Nellie Bly llegó al punto de partida de su viaje, en un retorno histórico (había logrado adelantarse 8 días a Fogg), era la protagonista de juegos de mesa, anuncios de productos, muñecas, papel de cartas, cuadernos o lámparas.

Una carrera por el globo

Lo interesante – y lo curioso – es que Bly no estaba exactamente sola en su recorrido por los cinco continentes. Otra periodista, Elizabeth Bisland, competía contra ella (de una manera no muy natural) para llegar antes a la meta (Nueva York).

La historia de esta vuelta al mundo empezó con Bly buscando una historia que venderle a su editor, con su periódico no acabando de ver la idea de mandar a una mujer viajando sola alrededor del mundo y luego sintiendo bastante presión porque pensaba que alguien les iba a robar la idea y mandando a Nellie Bly a su gran viaje con un preaviso de no muchas horas. El preaviso de viaje inminente es uno de los datos con los que Bly comienza su historia. El porqué de este preaviso es algo que cuenta en Ochenta días Matthew Goodman, un libro que publicó hace unos años en España Aguilar y que acabé comprando rápidamente tras acabar la lectura de la antología publicada por Capitán Swing para saber más. Goodman sigue la historia de las dos mujeres y el antes y el después de su viaje.

Tras recibir la orden de prepararse para empezar viaje de su editor, Bly se fue a comprar un vestido resistente y a preparar su mínimo equipaje. Ese equipaje fue, quizás, parte de lo que hizo que su aventura pareciese mucho más emocionante y mucho más extrema. La periodista redujo al mínimo las cosas con las que viajaba y se lanzó a recorrer el mundo con un bolso de mano en el que llevaba ropa interior, un bote de crema y poco más. Como ropa solo llevaba un vestido ultrarresistente confeccionado en unas horas por un modisto de Nueva York y un abrigo con una gorra, un atuendo que se convertiría en icónico y que acabaría siendo imitado luego durante años.

Su periódico anunció con bombo y platillo el día que iba a empezar el viaje que Bly se iba a lanzar a esta aventura y así fue como el editor de la revista The Cosmopolitan (abuela de la Cosmo de hoy y que entonces era una revista más literaria) decidió mandar a su alternativa. Otra periodista de su revista haría la ruta en sentido contrario, ya que él estaba convencido de que era la vía más rápida, y batiría a Bly.

Elizabeth Bisland, la otra periodista a la carrera

Escogió a Elizabeth Bisland, su crítica literaria, quien se unió al viaje con escasas ganas. Ella no quería entrar en una carrera por el mundo, lanzarse al periodismo más espectáculo que hacía Bly (las crónicas de Bly se leen todavía hoy – a pesar de que algunas cosas chirrían al lector actual en términos de colonialismo y racismo – como el testimonio de una aventura emocionante, las de Bisland cuesta pasar de las primeras páginas) y entrar en una aventura como hacía Bly. De hecho, mientras Bly viajaba escasa de equipaje y lo convertía en parte de la historia, Bisland lo hacía con muchos baúles (a los que fue sumando las compras que hacía en el viaje).

Las dos mujeres eran completamente diferentes. Bisland, que venía de una familia rica del sur venida a menos, era culta y refinada y todas las crónicas sobre ella hablaban de lo guapa que era y de lo sofisticada que resultaba. Era una señorita de clase alta (aunque, como Bly, se metió en el periodismo cuando no tenía ni un duro). Bly, por el contrario, se había criado en unas condiciones mucho más ajustadas y tenía unos orígenes menos de clase alta. Era una chica trabajadora del norte, en contraste.

Bisland era una escritora intelectual y Bly escribía crónicas efectistas en las que ella misma era la noticia y que aparecían en los primeros periódicos sensacionalistas. Bisland escribía textos sobre literatura medieval y Bly crónicas infiltradas en las que era una pobre sombrerera, una chica necesitada de vender a su bebé o una esposa preocupada que quería hundir una ley (y desenmascaraba los chanchullos de los lobbies).

A Bly además la apoyaba la maquinaria del New York World, un periódico diario que multiplicó sus tiradas cada día y que hablaba en todo momento del viaje de su periodista, frente a la mensual The Cosmopolitan y su cobertura limitada del viaje (aunque su editor no escatimaba gastos para intentar llegar antes). Cuando Bly tocó de vuelta Estados Unidos la esperaban muchedumbres de personas (que la fueron esperando en todas las estaciones de tren por las que pasaba su tren entre San Francisco y Nueva York).

Cuando Bisland lo hizo solo la esperaban unas cuantas personas en el muelle y no hubo locura masiva por verla y darle la mano. Bly, eso sí, llegó la primera (aunque quizás Bisland podría haberlo conseguido si no le hubieran dicho que un barco que la estaba esperando ya había salido).


Imágenes | Una ilustración de la época del recibimiento de Bly tras su viaje, Wikipedia

Nellie Bly con su icónico traje de viaje y Elizabeth Bisland durante el viaje, Wikipedia

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