Estas Navidades me di cuenta de que el montón de libros que tenía esperando a ser leídos me estaba generando ansiedad. No era para menos. Los libros por leer habían pasado de ocupar un pequeño mueble al lado de la zona de trabajo que tenía en el piso en el que vivía antes a ir invadiendo una mesa entera en el salón del piso en el que vivo ahora. Una mesa de esas de comedor que los caseros creen que necesitas en tu piso de alquiler y que yo había acabado dedicando a los libros por leer.

Las pilas no se crearon en un año, cierto, y también incluían revistas y ese montón de papeles con los que no sabes qué hacer y que pones ahí por poner en algún lugar, pero el resultado, a diciembre de 2019, era abrumador. Mi cerebro sentía que no iba a lograr leer nunca todo lo que allí estaba (¡y mi yo comprador seguía comprando libros!) y que iba a acabar sepultada por todos los libros por leer.

Como estábamos en diciembre, época de comidas, tuve que vaciar la mesa en un par de ocasiones y, en una de ellas, acabé seleccionando aquellos libros de lectura que planeaba sería inminente para dejarlos accesibles y metiendo los demás en dos bolsas de esas de Mercadona para hacer la compra (sí, las de 50 céntimos que se supone que son irrompibles). Los libros por leer están ahora ocultos a mi vista, aunque mi cerebro sabe que están ahí, pero eso me resulta menos molesto y menos agobiante. Es como si estuviesen esperando pacientemente su momento.

Pero todas esas pilas de libros por leer –problema que no padezco sola en este mundo– me hizo reflexionar sobre la lectura, los libros y el cómo “curarme” del mal. Pensé incluso en hacer una estimación de cuánto dinero me habría gastado en libros que no había leído todavía para curarme por el modo del susto (me dio vértigo y no lo hice). Desde el uno de enero no he comprado ni un solo libro nuevo, más allá de alguno que estaba reservado para su lanzamiento, pero tampoco he rebajado el volumen de las bolsas de libros por leer (he entrado en un maratón de lectura de Dorothy L. Sayers, de quien nunca he comprado un libro… pero que leo bajo demanda en Scribd). Sí, he pensado mucho en cómo afrontar esas bolsas.

¿Tiene cura el amontonamiento de libros que no se leen, el famoso tsundoku? Quizás, de entrada, deberíamos empezar a asumir que no vamos a leer todo lo que hemos comprado (aún tengo libros por leer camuflados en las estanterías que compré cuando era una adolescente, confieso) y que no pasa nada. Algún día les llegará su momento, cuando sea el adecuado. También deberíamos aceptar que no todos los libros están hechos para que los leamos y que podemos cometer errores en nuestras elecciones lectoras. No pasa nada por abandonar la lectura de algo que estamos leyendo simplemente por el placer de hacerlo y que no nos está generando placer alguno.

Aunque para acabar con la pila de libros por leer de un modo efectivo, al final no queda más remedio que actuar de un modo proactivo.

– No compres más libros hasta que leas todo lo que tengas pendiente

Es como esos famosos que hacen (cuestionables) dietas de fasting, pero en el ámbito lector. Confieso que yo me lo he propuesto algunos meses (habitualmente, sí, cuando mi bolsillo no estaba en su mejor momento y tenía que recortar gastos). Algún mes he logrado no comprar ni un libro más (otros he caído rápidamente en el gasto…) pero nunca logré poner el contador a cero. La culpa es de las malditas bibliotecas, esa pila de libros por leer siempre disponible, y de los servicios que pago de acceso a libros (desde hace muchos años ya Scribd y ocasionalmente Kindle Unlimited). Conozco a una lectora que se ha marcado como único propósito para 2020 no comprar libros y atacar así todos los que tiene pendientes.

– Márcate un equilibrio: por cada libro nuevo leído, uno pendiente

Yo también lo he intentado y no me ha funcionado (si empiezo a leer una serie nueva, no puedo parar hasta tenerla leída al completo…), pero he decidido darle una vuelta a ver si me funciona mucho mejor. Cada dos semanas leer al menos un libro de la pila de libros por leer.

– No dejes que los libros por leer se camuflen con los leídos

Una vez que un libro se asienta tan contento en la estantería con los demás libros ya leídos, nunca volverás a verlo del mismo modo.

– Separa el modo en el que visualizar los libros y lo que esperas de ellos

Muchos de los libros que ocupan espacio en mi pila de libros por leer son ensayos. Llegaron ahí por razones concretas y exactas. Los compré en su momento porque me parecían fuentes con potencial (como periodista y para historias, por tanto). Algunos son de temas que me interesan de un modo general como lectora pero para los que no he encontrado tiempo todavía (sí, para mí, una lectura de entretenimiento acaba siendo siempre una novela). Las expectativas deberían ser distintas, por tanto. Un libro que es fuente de información potencial puede quedarse en espera mucho tiempo, como una obra más de referencia. Esto es, no pasa nada porque siga esperando a ser leído. Ya le llegará su momento.

– Purga

Para mí, es una de las soluciones más duras y una que sé que me resulta casi imposible de abordar, por mucho que mi mente racional la visualice de forma clara. Si no has leído ese libro que lleva acumulando polvo en los últimos tres años, quizás no lo vayas a hacer nunca. Acéptalo y deshazte de él. No es que lo lleves al contenedor del papel y acabes con él para siempre, sino que le busques una nueva vida.

FotoKim van Vuuren from Pexels

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