Rhoda

¿Qué ocurre con los escritores de best-sellers una vez que pasa su momento? Algunos acaban entrando en el canon literario y los estudiamos hoy y los leemos con la reverencia de los clásicos (olvidando sin embargo que en su momento vendieron libros de forma masiva). Otros acaban siendo olvidados en los fondos de las estanterías de las bibliotecas, ya sea porque sus novelas no tuvieron mucha calidad ya en su momento, porque pasaron de moda o porque la suerte no les fue favorable. Para quienes ya durante su carrera eran considerados simplemente autores populares (esa cruz con la que a veces se condena a tantos autores) la cuestión de entrar o no en la memoria literaria es mucho más peliaguda. Para ellos, lo más habitual es que su fama sea un tanto como una estrella fugaz.

En el caso de las autoras, las cosas se complican un poco más, porque para que las escritoras fueran valoradas y entraran en el canon literario costaba muchas veces mucho más de lo que costaba lo mismo para los escritores. Aunque ellas sí se están viendo ahora más beneficiadas que ellos por los movimientos de recuperación y exhumación de textos (hablemos de una cierta justicia poética y hablemos también de que tradicionalmente a ellas les costaba mucho más protagonizar esos movimientos de recuperación), que muchas veces nos ponen delante a nombres y obras muy interesantes.

he-aquí-que-era-un-sueñoUno de esos nombres es el Rhoda Broughton, una de esas escritoras de historias inquietantes, esas historias sensation, que tan de moda estaban en el siglo XIX, en lo que todo tenía un aire truculento. Broughton acaba de ser publicada en castellano por Huso Editorial, que ha realizado una antología de algunos de sus relatos publicados en prensa entre 1868 y 1892. ¡Y he aquí que era un sueño! Historias inquietantes no es, para el lector actual, nada truculento ni nada inquietante. No va a poner los pelos de punta a nadie, aunque sí son unas lecturas con cierto encanto. Las historias logran enganchar y mantener el misterio, aunque sus truculentos finales nos parezcan ahora más curiosos que escandalosos. Y, sobre todo, los cuentos permiten descubrir a una autora que conocía su oficio, que escribía con cierta ironía muy de agradecer y que no ponía a heroínas debiluchas y tontitas a ser perseguidas por fantasmas. Las protagonistas de las historias de Broughton están hechas de otra pasta.

Es difícil saber algo sobre Broughton (que es lo que una acaba queriendo hacer cuando llega al final de esta antología) porque a la autora solo le han dedicado una biografía (Rhoda Broughton: Profile of a Novelist, de Marilyn Wood) que se cotiza a precios disparatados en internet (143,99 euros ahora en el marketplace de Amazon, el efecto de haber sido publicada en el 93 y nunca más reeditada). Broughton fue increíblemente popular en las décadas de los 60 a 90 de la Inglaterra victoriana y era una de esas escritoras que escribía relatos y novelas sensation (se podría traducir por amarillos, escandalosos). La autora empezó a escribir tras leer una historia de fantasmas y estar segura de que podría hacerlo mejor. Su primera novela la escribió en seis semanas.

Como explica en el prólogo a la edición María Elena Soto, la escritora dependió toda su vida de su carrera como autora para sobrevivir. Tras la muerte de su padre, cuando ella tenía 23 años, la escritura fue su fuente de ingresos. La literatura la hizo inmensamente popular (aunque la crítica no era nada benévola con ella), tanto que sus libros eran los más populares de las bibliotecas circulantes y tanto que fue hasta homenajeada con un monte en el Polo Norte en su honor.

Su popularidad acabará cayendo a finales del siglo XIX, cuando sus historias dejen de vender de forma masiva, aunque no por ello su nombre dejará de ser recordado. Broughton murió en 1920 y su obituario en The Times la recordó como una de las autoras más populares de las últimas décadas.