El turismo se ha convertido en una especie de constante en nuestras vidas. Nosotros somos turistas (a un grado en el que nuestros abuelos y nuestros bisabuelos posiblemente no veían posible) y también estamos rodeados de turistas, especialmente si se vive en ciertas ciudades y en ciertos espacios. Además, el turismo se ha convertido también en una especie de problema emergente, como muestra el boom en los últimos años de artículos y análisis sobre la turistificación y sus efectos y como bien saben nuestros bolsillos si hemos tenido que enfrentarnos a un cambio de piso en los últimos tiempos.

Y, aunque la idea de viajar y descubrir lugares nuevos es bastante antigua, el turismo en España es algo bastante reciente en términos históricos. El turismo dejaba de lado a España en sus circuitos al menos hasta el siglo XIX, cuando el Romanticismo y una visión exotizada de España lograron despertar el interés de los turistas por España y especialmente por el sur del país.

La imagen de España – al menos la imagen que los viajeros esperaban y buscaban – era la que mostraban los poemas de Victor Hugo y las novelas de Prosper Mérimée. Era esa imagen de pasionales y celosos donjuanes y mujeres de ojos negros y “miradas ardientes”. Los viajeros venían tan convencidos de que eso era lo que iban a encontrar que eso era lo que al final sentían que encontraban.

Théophile Gautier, por ejemplo, dejó descrita esa España de paredes blancas y balcones y ensoñación romántica en un libro tras su viaje en 1840 al país, a pesar de, como contaba en El descubrimiento de España Xavier Andreu Miralles (Taurus), en esa primera descripción estaba hablando de Irún. El Romanticismo y sus escritores crearon una imagen y esa ha tenido un impacto. “En ese momento se fijan o se asientan las bases de una forma de interpretar a España y a los españoles que ha condicionado toda la época contemporánea y llega hasta la actualidad”, explicaba entonces el historiador. Los turistas – y su visión de las cosas – estuvo muy marcada por toda esa imagen.

Por tanto, fue esa visión creada en el Romanticismo la que hizo que los turistas empezasen a venir a España. La España que encontraban era además lo suficientemente ‘atrasada’ como para ser una aventura, pero lo suficientemente ‘cercana’ como para que fuese accesible. Quejarse de los hoteles y de las pensiones de España era, por ejemplo, una parte más de la experiencia turística.

En el siglo XX, y a medida que el turismo se iba convirtiendo en un fenómeno más de masas llegando a más clases sociales, el turismo se fue asentando como un elemento de la economía de más lugares. En España, el turismo se fue desarrollando de diferentes maneras y en diferentes velocidades a lo largo de las diferentes décadas del siglo. La industria del turismo ya intentaba venderse en los años 20 y lo hizo después en los 50-70 (que es el momento que todo el mundo tiene en mente cuando piensa en el desarrollo del turismo, aunque, como explica en La invasión pacífica (Turner) Sasha D. Pack, el turismo no tuvo nada fácil crecer y entrar en la España de la postguerra).

La visión que los viajeros románticos habían creado no se abandonó del todo y siguió estando presente en el discurso turístico y en cómo se presentaban la cosas a los turistas. En Bienvenido, Mr Turismo, que Cátedra publicaba el año pasado, Alicia Fuentes Vega analizaba, como bien indicaba ya el subtítulo del libro, la “cultura visual del boom en España”. Las postales y las imágenes de los folletos turísticos siguen jugando, al menos en las primeras décadas, con tópicos que recuerdan a las visiones que tenían esos primeros turistas de lo que se iban a encontrar en España. Ahí están por ejemplo todas esas imágenes del mundo rural que intentaban transmitir el ‘encanto’ de un estado menos desarrollado (de hecho, en los folletos turísticos se usaba, como apunta en un momento la autora, fotos que tenían incluso 30 años ya de vida). Se vendía la naturaleza – haciendo que fuese paisaje – y la visión un tanto folklórica de la realidad rural.

Pero incluso cuando se cambia el modo en el que se vende el turismo y cuando empieza a usarse el tirón de los destinos de playa se siguen empleando tópicos muy similares a los que se había apuntado en el XIX, como la búsqueda de lo ‘auténtico’ (aunque lo ‘auténtico’ fuera un tablao flamenco en la Costa Brava) y hasta incluso lo de la ‘aventura’.

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