“La menstruación sigue siendo todavía hoy el tabú número 1 en el Top Ten de las cosas cuya existencia se evoca cuchicheando y con cara de conspiración, pasándose el tampón como si se tratara de un códice destinado a revelar que Jesús era mujer o de la fórmula secreta de cierta gaseosa que vuelve a la gente obesa por todo el planeta”. Detrás de esta frase está Élise Thiébaut, periodista y escritora francesa, autora de un ensayo sobre justamente ese tema tabú del que poco en realidad se habla. Thiébaut ha escrito sobre la regla.

Hace unos meses, me senté a escribir un reportaje sobre la historia de la menstruación en Galicia. El tema me parecía fascinante y una excusa perfecta para dedicar tiempo a dos de mis recursos favoritos de investigación (la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España y la Galiciana de la Biblioteca de Galicia). Me imaginé que no sería fácil encontrar libros sobre la historia de la menstruación en Galicia e incluso en España (no los hay), pero supuse que alguien en Estados Unidos o en Reino Unido habría publicado algún ensayo de vida cotidiana e historia sobre la materia.

No lo hay. Encontré un ensayo sobre cultura popular y regla, que no era exactamente lo que quería y que no logró ni siquiera mantener mi atención durante mucho tiempo. Y también está Periods Gone Public, de Jennifer Weiss-Wolf, que ya mencionábamos en Librópatas cuando hablábamos de cómo Ana Frank se había convertido en una referencia sobre el tema para las chicas japonesas de hace unas décadas. El libro de Weiss-Wolf no es una historia de la regla, sino más bien un análisis, como su título implica, sobre cómo la regla ha entrado en las conversaciones públicas (y en la innovación y hasta en el trabajo de las ONGs) en los últimos años. Pero si quieres un ensayo sobre la historia de la regla y la historia de cómo las mujeres y la sociedad se relacionan con ella, no existe.

Al fin y al cabo, aunque la mitad de la población menstrua o lo ha hecho, la regla es un tema del que poco se hablaba, más allá de los artículos de las revistas ‘femeninas’ (y sí, esa es una clasificación que deberíamos fulminar) y los etéreos anuncios de productos de higiene. No hay que olvidar que, como la propia Weiss-Wolf recoge en su libro, en todo el mundo existen unos 5.000 eufemismos para hablar de la regla sin mencionarla (desde la tía Flo a que ‘desembarcan los ingleses’ hasta que viene de visita don Andrés o una amiga) y que el tema se ha relegado de las conversaciones ‘importantes’. En todo el siglo XX, la palabra menstruación solo apareció de media en los contenidos publicados en The New York Times cuatro veces al año y solo 415 veces en todo el siglo.

Y eso que los productos de higiene femenina mueven cada año el equivalente al PIB de Bahréin.

Entonces, no conocía el libro de Thiébaut, que apareció en su edición original en francés en 2017 y que Hoja de Lata acaba de publicar en castellano. Esta es mi sangre, que es como se titula el libro en español, apareció a principios de verano, pero merece y debe seguir en la mesa de novedades (y llamar así la atención de los lectores). Thiébaut no escribe una historia de la regla, aunque algunos capítulos se pueden leer como tales, ni tampoco un estado actual de las cosas, aunque también se puede leer otros con este fin.

Partiendo de su propia experiencia como mujer y como menstruante y echando mano de diversas fuentes y entrevistas, la escritora y periodista se adentra en el tema. Esta es mi sangre es así una original apuesta y sobre todo un digno libro pionero en un tema que merece muchos más ensayos y desde muchas más perspectivas y desde muchas más áreas.

Una historia que reduce a la regla a ser el mal

La regla existe desde el principio de los tiempos, aunque su historia médica se remonta a Hipócrates que, en la antigua Grecia, llegó a la conclusión de que las mujeres necesitaban evacuar un “exceso de sangre” para estar sanas y que eso era la regla. La regla era por tanto una suerte de cosas malas, que restos que el cuerpo rechazaba. La idea, nos cuenta Thiébaut, tuvo una vida muy larga. En los años 20 (sí, esos años 20: hace casi 100 años), se creó la teoría de que existían las menotoxinas, sustancias ultratóxicas que el cuerpo de la mujer liberaba tras la regla. La prueba del creador de la teoría estaba en que había dado un ramo de rosas a una chica con la regla y que, un día después, las flores estaban marchitas.

La idea de que la regla es lo peor de lo peor ha sido una constante a lo largo de la historia. Según Plinio el Viejo, una mujer menstruando hacía que el vino se picase, que las plantas de cereales se volviesen estériles, que las abejas mueran en sus colmenas o que las cosas se oxiden. Eran tonterías, como bien sabemos ahora, pero esas ideas fueron las que asentaron milenios de creencias absurdas y supersticiones sobre la regla y las que hicieron que las mujeres fueran vistas y tratadas de cierta manera. Según Plinio el Viejo, por cierto, si un perro probaba la sangre de la regla, se convertiría en un perro rabioso.

Posiblemente, uno de los ejemplos más claros de cómo se veía la menstruación y de cómo eso afectaba al modo en el que las mujeres eran vistas por la sociedad está en un dato que aporta Élise Thiébaut en su libro. “La sangre menstrual estaba tan mal considerada que los teólogos negaban también la menstruación de la Virgen”, apunta.

Ese tipo de problemas no se quedaron además en la Edad Media: en 1919, Ludwig Haberlandt, un médico austríaco, descubrió el poder de la contracepción hormonal buscando un método anticonceptivo seguro para su mujer, que acababa de sufrir un aborto. La idea es, al final, la base de lo que hoy conocemos y funciona como la píldora. La historia no es tanto la de un descubrimiento científico, sino la de la presión de la sociedad contra sus descubridores, como se siente mientras se lee lo que cuenta Thiébaut.

Haberlandt experimentó con cobayas y estaba demostrando la eficacia del método. Sin embargo, su descubrimiento lo puso en una situación complicada.  En los años 30 tuvo que huir a Hungría (donde desarrollaría la primera píldora), tras ver como grupos católicos organizaban protestas bajo su ventana y lo acusaban de brujo. Cambiar de país no fue suficiente para paliar la presión, que en 1932 lo empujaría al suicidio.

Añadamos, como nota paralela, que otro descubridor de la solución a otro problema vinculado a la concepción femenina (la fiebre puerperal), Ignác Semmelweis, acabaría volviéndose loco y en un psiquiátrico. Cuando descubrió que lo que hacía que tantas mujeres muriesen tras dar a luz era que sus médicos no se lavaban las manos, propuso que lo hiciesen con una solución adecuada. Sus colegas lo acusaron de mentiroso, obligándolo a dejar la universidad en la que trabajaba y sometiéndolo a una presión mental insoportable. Su descubrimiento se remonta a 1847, sin embargo no fue aceptado hasta después de su muerte.

Mucho por conquistar

Y de todos esos barros vienen estos lodos. A pesar de que cada vez hablamos más de la regla y en cada vez más canales y espacios (los medios estadounidenses hablaron del año de la regla en años pasados y una marca de compresas hizo una revolución con un anuncio de compresas que usaba el color rojo no hace mucho), la menstruación sigue siendo un tema en cierto modo tabú y sobre todo uno al que no se dedica la atención que debería dedicarse.

Solo hay que pensar en las cosas que seguimos creyendo y aprendiendo (como que la regla viene cada 28 días, aunque eso solo le ocurre al 30% de las mujeres) y que se siguen haciendo (como por ejemplo la falta de investigación y soluciones para la dolorosa endometriosis, que afecta a un considerable número de mujeres) para comprenderlo. Cuando a Élise Thiébaut le diagnosticaron endometriosis, su médico le explicó que era “la enfermedad de la mujer de negocios que viaja mucho” y que “no se sabe muy bien” qué era.

No le dijo mucho, cierto, pero al menos no la acusó de brujería, que era lo que podía pasarte en la Edad Media…

*Las ilustraciones provienen de anuncios de Kotex publicados en los años 20 en la revista Elegancias (Hemeroteca Digital). Kotex fue el primer fabricante de compresas modernas, que arrancó su producción tras la I Guerra Mundial. Intentó llegar a España en los años 20 y 30, aunque el producto no tuvo mucho éxito (cuando se habla de la llegada de la compresa moderna a España se suele hablar de los años 60-70), posiblemente porque era caro. 

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