James Joyce y Virginia WoolfVirginia Woolf dejó ‘Ulises’ en la página 200. Después aseguró que había acabado con el libro, pero se refería exactamente a eso, y no a que lo hubiese finalizado. ¿Podemos culparla?

Y es que el libro por excelencia de James Joyce no es del gusto de todos, y tampoco lo fue en su momento, ni siquiera entre todos los intelectuales y fans del flujo de consciencia. Se trata de uno de esos libros que o amas, o odias, y Virginia Woolf lo odiaba.

Y eso que lo leyó con la mejor de las intenciones, después de que su amigo T.S. Elliot se lo recomendara entusiasmado. En cuanto se publicó Woolf se hizo con una copia, y dejó el resto de sus lecturas (en ese momento estaba con ‘A la busca del tiempo perdido’) para ponerse con la obra maestra de Joyce.  Sin embargo, pronto le irritó el cambio: «¡Qué cansino es Joyce!  Con lo que estaba disfrutando a Proust y tuve que dejarlo a un lado para esto. Sospecho que Joyce es uno de esos genios perdidos, a los que uno no puede olvidar, ni silenciar sus gemidos, sino que tiene que ayudar a encontrarles la salida, con gran coste personal».

En su diario, Virginia Wollf también escribió que ‘Ulises’ era la obra de un escritor «autodidacta, egoísta, insistente, teatral, y en última instancia, nauseabundo«. «Si puedes cocinar la carne»-añadió- «¿por qué comerla cruda?».

En sus diarios continúa hablando una y otra vez de James Joyce y de su ‘Ulises’, asegurando que ningún libro le había aburrido jamás tanto. Sin embargo, algunos estudiosos opinan que tanto hablar del autor irlandés muestra algo más que menosprecio por su obra, quizá algo de competitividad frente a un hombre que era su doble en lo que la batalla modernista se refiere. De hecho, admite en su diario que con su ficción trató de hacer «algo mejor de lo que hizo el señor Joyce».

Pero bueno, a todos los lectores que nos quedamos estancados a mitad del ‘Ulises’, sin ánimo de continuar, sin entender muy bien de qué va eso y sobre todo, por qué se trata de una obra maestra, nos queda el consuelo de que incluso una lectora avezada como Virginia Woolf quedó ahogada en esa maraña textual.

Vía | OpenCulture