Valle Inclán en cama

Cuando uno se imagina a un escritor en pleno trabajo, se lo imagina sentado en una silla, delante de una mesa, tecleando sin pausa las letras de la máquina de escribir (en el pasado) o del ordenador (ahora). Incluso se lo imagina con la pluma en la mano, tomando notas, haciendo esquemas, redactando páginas y páginas, pero siempre sentado, en el mejor de los casos en un silloncito, o al aire libre, pero en general en su despacho.

Ya vimos hace unas semanas que hay gente mucho más original, gente, por ejemplo, que escribe de pie. Y qué queréis que os diga, esos despiertan mi admiración: me los imagino activos, rectos, impetuosos. A los que escriben acostados, por contra -porque también los hay- y salvo caso de enfermedad, me los imagino lánguidos, vagos, y un poquito más despreciables. Aunque después, lo cierto es que entre esos escritores que escribían en posición horizontal, hay muchos grandes nombres. Y que dicen que escribir en la cama puede potenciar el acceso a los mundos imaginarios. ¡Pero qué incómodo parece!

En todo caso, aquí tienes 10 fantásticos autores a los que les gustaba escribir recostados.

Marcel Proust: Lo cierto es que al escritor francés (bastante indolente y melancólico) le pega muchísimo eso de escribir desde la cama, y así lo hacía. Permanecía en la cama hasta bien pasado el mediodía, escribiendo y corrigiendo sus notas, y lo hacía en posición prácticamente horizontal, con la cabeza sobre dos almohadas y el codo apoyado para poder llegar al cuaderno en el que escribía. Además, su habitación estaba forrada con corcho para asegurar su tranquilidad. De hecho pasaba muchas más horas en su cama que en su escritorio.

Voltaire: Se estima que el filósofo ilustrado podía llegar a trabajar hasta 18 horas al día, así que no le vamos a afear que hiciese parte del trabajo desde la cama. Su rutina era así: se despertaba temprano y se pasaba la mañana acostado en la cama, leyendo y dictando textos nuevos a uno de sus secretarios. No se levantaba hasta el mediodía.

Truman Capote: Lo explicó él mismo en una entrevista en The Paris Review: “Soy un escritor completamente horizontal. No puedo pensar a menos que esté acostado, ya sea en la cama o estirado en un sofá y con un cigarrillo y café a la mano. Tengo que estar fumando y bebiendo. A medida que la tarde avanza, me muevo desde el café y el té de menta al el jerez y a los martinis”.

Vicente Aleixandre: Tras ganar el premio Nobel, un programa de televisión sueco quiso grabarlo en su rincón de trabajo, y Aleixandre respondió: “me temo que no va a poder ser, usted me disculpará, pero es que yo escribo siempre en la cama”.

Edith Wharton: En lugar de escribir en su despacho, por las mañanas Wharton pasaban varias horas escribiendo en la cama después del desayuno, e iba tirando las páginas acabadas al suelo sin orden ni concierto, de donde las recogía su secretaría, quién se encargaba de ordenarlas y mecanografiarlas.

Vladimir Nabokov: como ya explicamos en su momento, Nabokov era un tipo versátil, también en sus rutinas de escritura. Lo hacía de pie, sentado o tumbado según el momento del día, como él mismo explicó en alguna ocasión:”Me gusta empezar el día en la posición vertical del pensamiento vertebrado, en un encantador atril antiguo que tengo en mi estudio. Después, cuando siento la gravedad mordisqueando mis pantorrillas, me instalo en un cómodo sillón junto a una mesa normal; y, por último, cuando la gravedad comienza a subir por la espalda, me acuesto en un sofá en un rincón de mi pequeño estudio”.

Ramón María del Valle-Inclán: El escritor gallego solía escribir acostado en la cama, en cuartillas que después fijaba con chinchetas en un tablero para que su mujer ordenara y transcribiera. Pero no solo dormía en la cama, también le gustaba recibir allí sus visitas. Eso sí, su salud no era ninguna maravilla y siguió escribiendo hasta el final, de hecho, se afirma que cuando murió estaba escribiendo en su cama.

Juan Carlos Onetti: Onetti comenzó a escribir acostado a modo de homenaje: “Si mi maestro Valle-Inclán escribía en la cama…”; así que se tumbó y permaneció sus últimos años prácticamente confinado en su habitación, escribiendo entre las sábanas. Dicen que era tan raro verlo de pie, que su perro se sorprendía al verlo levantado y le mordía el pijama para que volviera a la cama.

Mark Twain: Afirmaba que podía escribir en absolutamente cualquier sitio, y así lo llevaba a la práctica. Pero uno de esos sitios era su cama, donde se recostaba con una pipa en la boca y el cuaderno apoyado en las rodillas.

George Orwell: El caso del autor británico es distinto, porque solo escribía desde la cama cuando estaba enfermo. Pero fue tumbado como acabó ‘1984’, cuando ya moribundo, subía la máquina de escribir a la cama para teclear todo el tiempo posible.

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