Hace más años de los que pensaba, me fui de Erasmus a hacer uno de los años de la carrera a una universidad de París y, para mejorar el idioma, leí muchísimo en francés durante ese año. Los clásicos eran, en general, muy accesibles. No era difícil encontrarlos en ediciones muy baratas y por todas partes. Fue así como leí Thérèse Raquin, una de las novelas de Émile Zola, que acababa de leer una de mis compañeras Erasmus y que me recomendó encarecidamente. El libro no forma parte de la saga de los Rougon-Macquart, pero fue a través de su lectura como llegué hasta ellos.

Después de la novela, leí otra y descubrí que estaba unida a muchas otras en una serie ultra ambiciosa de novelas, los Rougon-Macquart, y me propuse leerla entera. Zola había querido demostrar su teoría literaria, el naturalismo, creando un universo familiar con historias conectadas unas con otras. Yo no las leí por la teoría literaria, confieso, sino porque resultaban un fresco llamativo (y que enganchaba muchísimo) de la Francia del XIX y de una familia (con todos sus dramas y tragedias, que eran muchos).

Me recuerdo buscando en librerías las diferentes entregas (aún faltaban un par de años para que el ebook se hiciese popular y con ello el que los libros de dominio público fuesen tan fáciles de encontrar), lo que no era fácil. Las más populares e icónicas estaban por todas partes. En una librería, incluso me habían intentado convencer de que me estaba llevando un libro equivocado. Se pensaban que lo tenía que leer para el instituto y el que me llevaba no era el que entraba en los exámenes de lo equivalente a Selectividad.

No leí todas las novelas de los Rougon-Macquart, aunque lo intenté. Pero no hace mucho recordaba esta historia lectora. Para la edición del año pasado del Retópata, el reto de lectura de Librópatas, acabé leyendo uno de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Necesitaba un libro con un mes en el título y ese estaba ahí, a un clic de distancia en el universo Kindle y gratis. La lectura fue, por un lado, un tanto extraña. Fue como si de pronto me hubiesen tirado de cabeza en un mundo en el que yo no sabía la mitad de las cosas. Fue como empezar a ver una serie en la cuarta temporada. Por otro, sin embargo, fue una especie de llamada de atención a mi yo lectora. Si me había puesto a leer los Rougon-Macquart en la universidad, ¿por qué nunca me había planteado hacerlo con Galdós y sus Episodios Nacionales?

Y así empecé a darme unos cuantos argumentos con los que me intentaba convencer de que el reto para 2020 debería ser el de sentarme y leer todas las series de los Episodios. Aún no estoy del todo convencida (son 46 novelas…), pero poco me falta. ¿Qué me empuja hacia la lectura?

1. Es el año Galdós

Lo primero es, casi se podría decir que de forma evidente, que este parece el año para hacerlo. Este es el año Galdós. Este año se conmemora el 100 aniversario de su muerte (hay una exposición en la Biblioteca Nacional que después dará el salto a Canarias, se están publicando muchos libros y se están lanzando ediciones de sus obras) y eso crea casi un ambiente más propicio que nunca para sentarse y leerlo. Galdós tiene muchas obras y muy importantes (y no, entre las que he leído a lo largo de mi vida lectora tampoco está Fortunata y Jacinta), pero los Episodios Nacionales son su obra magna. Son su obra sin duda más ambiciosa.

2. Binge Reading

Sí, soy un fruto de la cultura del siglo XXI. Me he pasado fines de semana consumiendo episodio tras episodio de series y he acabado borracha de lectura tras haber consumido todas las entradas de una saga literaria a la que he llegado cuando ya estaba en sus últimas entregas (de hecho, confieso que sufro cuando las empiezo al ritmo de publicación o cuando me pongo al día y tengo que esperar año a año las nuevas entregas). Galdós no terminó sus planes para los Episodios Nacionales, cierto, pero dejó muchas, muchas entregas que dan para muchos fines de semana de resaca de lectura.

Además, y dado que son obras de dominio público y que internet ha hecho la vida mucho más fácil, no resulta difícil encontrarlas en formato ebook y gratis (si se quiere ediciones de papel y que tengan una cierta calidad, son de esos libros que están en las colecciones de bolsillo de clásicos de Cátedra).

3. Cualquier excusa es buena para leer a los clásicos

Además, leer a los clásicos siempre es una buena idea, sea el año de su escritor o no. Leer a Galdós, uno de esos escritores que deberían haberse llevado el Nobel pero que no lo hicieron, es siempre una buena idea.

4. Es una manera muy amena de enfrentarse a la historia del XIX

Y, finalmente, leer a los clásicos, especialmente cuando lo que se busca es una lectura amena y leer como entretenimiento, se vuelve cuesta arriba. A veces, los clásicos nos exigen ponernos en las prácticas lectoras de otras épocas (libros, por ejemplo, larguísimos para cumplir con las exigencias de publicar por tomos). El XIX es más accesible, por más cercano, de lo que lo pueden ser los textos medievales, cierto, pero, como descubrí con ese Episodio Nacional que leí casi por casualidad, el texto no se hace cuesta arriba.

A eso se suma que Galdós hizo un profundo trabajo de investigación para crear sus novelas, que querían ser un fresco de la historia de la España del XIX (y de un modo crítico: no olvidemos que quien escribe es Galdós y no nos va a dar una hagiografía del rey de turno), pero haciéndolo desde la perspectiva de las personas que vivían en el país.

Foto | Wikipedia

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