metro

Uno de los grandes placeres de vivir en una gran ciudad – o en realidad en cualquier lugar que obligue a coger metro, cercanías, autobús o cualquier medio de transporte que no tengas que conducir tú – es el de poder dedicar esas interminables horas muertas de ir a casa al trabajo y del trabajo a casa en leer. Al principio te deprimes pensando en lo lejos que estarás de tu casa pero luego, pensamiento positivo, como ya indicaba en su época Pollyanna, piensas que tendrás un tiempo perfecto y maravilloso para leer todo lo que no puedes leer mientras trabajas.

Pero leer en transporte público también tiene su lado oscuro y unos cuantos problemas: todos los que alguna vez nos hemos entregado a ello, lo sabemos. Leer en metro no es tan fácil… ¿Cuáles son esos problemas de leer en metro?

– Pasarse la parada

Te entregas tanto a la lectura, te emocionas tanto con la historia, estás tan atrapada en lo que te cuentan… que pierdes la noción del tiempo y sobre todo dejas de contar cuántas paradas has pasado. Si además trabajas en una de esas paradas en las que no se suele bajar mucha gente y que pasan prácticamente inadvertidas (yo tuve una época en una de esas en el Metro de Madrid), las probabilidades de olvidarse de que ha llegado tu momento de bajarte son más elevadas. Para el debate queda si es peor darse cuenta de lo que ha pasado cuando el metro/tren/bus está arrancando o si es peor darse cuenta en los últimos segundos y tener que batir un record olímpico para salir a tiempo.

– El cotilla que lee por encima

El grado de tolerancia a esa gente que lee por encima de tu hombro es variable. Si se tiene muy poco, puede ser una de las peores experiencias de leer en público. Da igual que lo que estés leyendo sea un ensayo minoritario sobre la literatura medieval francesa. Siempre hay alguien dispuesto a cotillear tu libro.

– No ser capaz de no ser el cotilla que lee por encima

Por supuesto, odias a esa gente que lee por encima de tu hombro. Pero… En algún momento te descubrirás intentando saber qué lee tu vecino y leyendo las páginas por encima y te sentirás terriblemente culpable…

El de enfrente se baja sin que sepas capaz de saber qué libro lee

Has dedicado los últimos diez minutos a hacer contorsiones con los ojos (es posible, acabas de hacerlo) para averiguar qué está leyendo el que iba enfrente (¿quién es capaz de tener un libro delante y no hacer el esfuerzo por leer el título?) sin éxito. Grados añadidos en maldiciones a la gente que lee en idiomas que no entiendes y hace que el libro sea doblemente misterioso.

No encontrar sitio

Hora punta… El libro está en su momento más emocionante… Y es imposible sentarse. Toca leer de pie haciendo contorsiones para agarrarse y para sostener el libro.

Esos momentos de vergüenza inevitables…

No leas un libro que te haga reír en el metro. No lo hagas (supongo que si llorar es un poco peor, pero mi experiencia principal de estos momentos está protagonizada por Todos mis amigos están muertos, que consiguió miradas cuestionadoras de un jubilado).

Y esos en los que te acabas el libro, pero no el viaje

Alguien debería hacer una tabla de equivalencias para que esto nunca pase: aún te queda mucho trayecto por delante pero tu libro se ha terminado. Has llegado al final. Y te has quedado sin nada (releer los pasajes favoritos es siempre recomendable).

¿Por qué economizan en las luces?

Sin duda este punto está dedicado a los autobuses urbanos de Santiago de Compostela, a los que tienen unas luces ligeramente chill out que hacen que sea casi imposible leer después de ciertas horas. Los transportes públicos siempre deberían permitir leer sin problemas (yo siempre lo intento, a pesar de las luces: me compré la taza sobre gafas para motivarme)

Has llegado demasiado pronto…o tienes un tiempo precioso para esperar

 ¿Por qué leer solo en el metro o en el autobús? Se puede leer en la parada mientras esperas (conseguir un hueco dentro de la parada física cuando llueve es recomendable), en el andén del metro, en las escaleras mecánicas (ten cuidado porque en algún momento se acaban) o en el semáforo mientras espera a que se ponga verde (la literatura, aliada de la seguridad vial) para conseguir saber por fin qué ha pasado.

Foto Victoria Rachitzky Hoch

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