Una de las cosas que se suelen hacer cuando se acerca el cierre del año es la de echar cuentas de qué se ha leído durante el año que está a punto de terminar y escoger aquellos libros que han entrado en la lista de los mejores. Los mejores libros de 2019 sería, por tanto, el título esperable sobre el que ahora mismo tendría que estar escribiendo. 

Sin embargo, en esta recta final del año, me di cuenta, gracias a varios momentos, de que el cierre del año debería ser, al menos para mí, el momento de hacer balance de todos los libros que salieron este año, querría haber leído y no leí. Muchas de esas novedades están todavía en las mesas de novedades de las librerías, pero siempre me acabo repitiendo “la próxima vez que me pase”. Otras se me pasaron en medio de las novedades que presentan las editoriales. Fueron notas de prensa que se quedaron colgadas en medio de los muchos mails que tengo sin leer. Otras no llegaron como nota de prensa, pero me las acabé cruzando en redes sociales y tomando nota mental de que tenía que leerlas y localizarlas (y nunca llegué a hacerlo). 

En cierto modo, están llegando tantas cosas a las mesas de novedades y tantas tan interesantes que resulta normal acabar sintiéndose abrumada por la oferta… y desarrollar en grado agudo FoMO ante todo lo que llega al mercado. Cuando además tu trabajo implica leer libros (lo que no siempre supone leer los libros que quieres leer sino que muchas veces el que por una razón o por otra deberías estar leyendo), no siempre puedes tampoco seguir el ritmo y tienes que priorizar. Y, además, leer libros inesperados es también algo estupendo, algo que puede descubrirte cosas maravillosas e inesperadas. 

Pero ¿qué me he dejado sin leer y qué espero leer en algún momento en el futuro? (Casi, casi, esta podría ser mi carta a los Reyes Magos). En mi lista han entrado los libros que recordaba sin tener que rebuscar mucho en mis recuerdos (lo que quiere decir que no son ni de lejos todos los que me prometí leer en algún momento y que no he hecho) y que no están aún en mi pila de libros por leer, esa que crece y crece sin freno. 

Es probable que el top de mis libros deseados y no leídos de 2019 sea Testamento de juventud, de Vera Brittain, que publicaban hace unos meses en edición conjunta Errata Naturae y Editorial Periférica. Llevo queriendo leer ese libro desde hace años, cuando lo referenciaban en un ensayo sobre las mujeres de principios de siglo. Cuando descubrí que iba a ser uno de los lanzamientos de estas editoriales, me convertí en el emoji ese que lleva ojos de corazón. Lo incluí, de hecho, en un listado de lo más esperado para la temporada otoño-invierno. Y no, aún no he llegado a leerlo. 

No es el único libro de fondo que han recuperado las editoriales y que desee – sin éxito – sumar a mi lista de lecturas. Otro de esos títulos es Telefónica, de Ilsa Barea-Kulcsar (Hoja de Lata).  

Esta novedad me la encontré en medio de mi feed en Twitter. No sabía que existía hasta ese momento, pero rápidamente supe que ¡tenía que leerla! Y, no, no lo he hecho. Ilsa Barea-Kulcsar era la pareja de Arturo Barea, al que conoció durante la Guerra Civil. Ella escribió su versión de los hechos y del tiempo que pasaron juntos trabajando en el Madrid en guerra, en el edificio Telefónica. Tiene toda la pinta de ser una de esas joyas dignas de ser rescatadas (y Hoja de Lata lo ha hecho ya en el pasado, lo que me genera confianza). 

Y lo mismo ocurre con prácticamente la mitad del catálogo de Renacimiento – libro arriba, libro abajo – de este año. De hecho, podría deciros que Renacimiento me genera un poco de ansiedad y no os estaría mintiendo. Cada mes voy siguiendo en su perfil en Facebook qué lanzan y cada mes quiero leer tantas cosas que no sé de dónde voy a sacar el tiempo. Purgando de todo lo que han lanzado este año, lamento no haberme hecho con las novelas Natacha, de Luisa Carnés, y Mosko-Strom, de Rosa Arciniega, o el libro de crónicas periodísticas Lo que cuentan los niños, en el que Elena Fortún retrata a los niños trabajadores de los años 30. 

También añado a mi lista A París en burro, el libro de viajes de unos periodistas que pasaron de ir de Madrid a París en tren a principios del siglo XX, y el ensayo El sardanista pornógrafo, de Jean-Louis Guereña, sobre un editor de novelas «verdes» en la España de las primeras décadas del siglo XX. 

Por supuesto, esto es solo el recuento de tres editoriales. 

Tampoco leí – y quería – Memorial de los libros naufragados, de Edward Wilson-Lee (Ariel), sobre la ambiciosa biblioteca que quiso crear el hijo de Cristóbal Colón; Viajeros en el Tercer Reich, de Julia Boyd (Ático de los Libros), sobre los turistas que viajaban a la Alemania nazi antes de la II Guerra Mundial; o muchísimos ensayos que ha publicado Cátedra, pero de los que me quedaré con El Prado. La cultura y el ocio, de Eugenia Afinoguénova, sobre la historia del museo. 

Y aún no he leído Señoras que se empotraron hace mucho, de Cristina Domenech (Plan B), a pesar de las muchas veces que lo vi en librerías y me prometí que, en cuanto bajase un par de ensayos del montón de por leer, me lo compraba. Es uno de esos libros que no entiendo cómo no he leído todavía, lo mismo que me pasa con El coloquio de las perras, de Luna Miguel, que ha publicado Capitán Swing y que aborda la presencia de las escritoras en el boom latinoamericano. 

Los ensayos son, en general, los libros que más suelen irse quedando en mi lista de libros por leer que deseo pero que no llego ni siguiera a sumar a los que tengo pendientes.  Aun así, en mi lista hay también novelas. Todavía no he leído (ni siquiera comprado para mi lista libros pendientes, esa pila que está conquistando poco a poco mi casa) Los testamentos, de Margaret Atwood (Salamandra), a pesar de que es uno de los grandes pesos pesados literarios del año. 

No es la única novela. Por ejemplo, me he tropezado por las mesas de novedades con Sitiados, de Mercedes Santos (Pamies), que por su sinopsis parece romántica histórica en el Cádiz de la Guerra de Independencia, pero nunca he llegado a llevarme el libro a casa. 

¿Lograré leer en algún momento todos estos libros? Sí, es un bonito sueño, pero lo cierto es que si lo pienso – y no tengo que esforzarme mucho para encontrar ejemplos – arrastro grandes novedades de años anteriores que no he llegado a leer. Por ejemplo, ya desde 2018 quiero hacerme con Cocina viejuna, de Ana Vega (Larousse), un recetario sobre los platos ‘viejunos’ y su evolución o con el ensayo Las cartas de Elena Francis, de Armand Balsebre y Rosario Fontova (Cátedra), que recupera la historia de la famosa consejera sentimental radiofónica de la postguerra. Vamos a entrar en 2020 y no, aún no los he leído.

Foto Pexels

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