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La literatura es una profesión estupenda: poder dedicarte a escribir historias, hacer lo que más te gusta y ver luego tus textos impresos en formato libro, con tu nombre en el lomo. Pero por muy estupendo que sea, la literatura difícilmente hace a nadie rico. Así que a menos que hayas nacido como rico propietario o hacendado. El ejemplo general al que se echa mano en la redacción de Librópatas es el poeta gallego Eduardo Pondal, que estudió Medicina aunque poco trabajó como médico: vivió toda su vida en el pazo familiar de la riqueza de sus antepasados y dedicado a escribir sus poesías. Pocos pueden hacer eso y muchos tienen que trabajar durante el día, ya que de algo hay que vivir (y comer) aunque por la noche se esciba. Estas son algunas de las sorprendentes profesiones con las que los escritores se ganaban la vida:

Kurt Vonnegut. Puede que el mundo de los concesionarios de coches sea el trabajo menos literario que primero se nos puede venir a la mente, pero fue el que tuvo el autor de Matadero Cinco. Fue muchas cosas, aunque se había licenciado como bioquímico en la universidad. Su papel en la II Guerra Mundial le marcó para siempre. Al volver de la guerra fue periodista, escribió comunicados de prensa para General Electric e intentó doctorarse en antropología, como explican en Vidas secretas de los grandes escritores. No lo consiguió. Ante sus pocas expectativas laborales montó un concesionario de Saab y se dedicó a vender coches. Fue un fracaso y acabó yendo a la quiebra, pero mientras escribió algunas de sus obras más famosas.

Henry Miller. Miller (sí, el que estaba casado con June y tuvieron amoríos con Anaïs Nin) es uno de esos escritores que aparecen en las listas de autores que vieron como sus polémicos libros eran incluidos en la lista de libros prohibidos durante el siglo XX, pero su carrera profesional tuvo un comienzo de lo más burgués. Miller fue jefe de personal en la Western Union Telegraph Company, la compañía de teléfonos y telégrafos.

Franz Kafka. Como le contaba en una carta a su amada Felice, Kafka tenía su jornada muy bien dividida porque necesitaba tiempo en solitario y en silencio. Durante el día no podía conseguirlo ni tampoco podía evitar sus compromisos, como su trabajo en el Instituto de Seguros contra Accidentes para Trabajadores de Praga, donde hacía cosas de lo más aburridas aunque con la gran suerte, como publican en Rituales cotidianos, de tener un turno único y fijo. Todos los días entre las 8 de la mañana y las 2 de la tarde estaba en la oficina de seguros.  No era muy emocionante, pero algo tenía que hacer Kafka durante el día.

Wallace Stevens. Kafka no fue el único escritor de principios de siglo que trabajó en el ramo de los seguros. Wallace Stevens , el poeta, era abogado de seguros en la HArtford Accident and Indemnity Company, donde trabajó hasta su muerte. Pero a él los seguros no le parecían tan mala cosa: aseguraba que su trabajo le había enseñado a ser disciplinado.

William Trollope. El escritor británico trabajaba en una oficina de Correos y como no podía trabajar y escribir de forma simultánea, tenía a uno de los trabajadores de su casa entrenado para que lo llamase más temprano de lo necesario. Las horas que robaba al sueño las dedicaba a escribir.

James Joyce. Hasta el icónico James Joyce tenía que pagarse las lentejas: mientras le rechazaban una y otra vez Dublineses, él trabajaba tocando el piano y cantando. Es difícil imaginarse a Joyce poniendo música ambiente en cualquier lugar…

Hilary Mantel. A medida que nos acercamos al presente es más complicado encontrar escritores que no hagan otra cosa o que no se dediquen de forma paralela a otro trabajo, a pesar de vender libros. Hasta que Mantel no consiguió hacerse un nombre era trabajadora social en un geriátrico. Ella era joven, sus pacientes ancianos y el lugar terrible. Había sido una de aquellas casas de trabajo victorianas tan adustas y horribles y los ancianos muchas veces no sabían que ya no se encontraban en un sitio así. Mantel asegura que se sentía impotente.

Stephen King. Ahora es uno de los autores más vendidos del mundo y uno de los habituales en las listas de escritores que más ganan, pero al principio no conseguía trabajo como profesor, a pesar de su título de la Universidad de Maine, y decidió contentarse con el puesto de bedel en el instituto en el que hubiese querido enseñar. Le valió para mucho: Carrie fue inspirado por su trabajo.

William Faulkner. Faulkner tuvo muchos trabajos con los que intentaba pagar sus facturas y uno de ellos fue de cartero en la universidad en la que estudiaba. Pero como cartero no era tan bueno como como escritor: se quedaba dormido en vez de hacer el reparto y leía las revistas antes de entregarlas.

Harper Lee. Quizás lo mejor para definir lo que hacía en palabras actuales es atención al cliente. Aunque Lee, eso sí, no era de las que te llaman para ofrecerte nuevas ofertas de ADSL, la escritora trabajaba para una aerolínea cogiendo reservas de billetes. Dejó la Eastern Airlines porque un amigo le dio una nota por Navidad diciendo que tras años de coger registros de vuelos tenía que dejarlo durante un año para centrarse en su obra. Cumplió la orden y escribió Matar a un ruiseñor.

Margaret Atwood. Hoy es una de las escritoras más famosas, pero al principio de su carrera tuvo que trabajar en una cafetería. Servía café y se encargaba de la máquina registradora. Y no era muy feliz con ello.

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