Hacia 1900, una veinteañera llegaba a Madrid. Se llamaba Zoila Ascasíbar y había dejado su lugar de origen, en el norte de España, para irse con sus hermanas a la capital a servir, uno de esos destinos habituales entre tantas jóvenes de la época. Lo que diferencia a Ascasíbar de las muchas otras jóvenes criadas que llegaron a las ciudades desde zonas rurales es lo que acabaría siendo su futuro. Un par de décadas después, Zoila Ascasíbar ya sería editora e impresora, dueña de su propia editorial y de su propia imprenta, y la protagonista de una historia fascinante que el tiempo ha ido borrando.

La historia de Zoila Ascasíbar está siendo ahora recuperada por Ángeles Ezama Gil. La profesora de la Universidad de Zaragoza está en pleno proceso de recabar datos, tirar de archivos y buscar entre los cabos sueltos de una historia que todavía tiene muchas zonas de sombras. La investigadora acaba de presentar lo que ya ha descubierto hasta ahora en una ponencia en el congreso La mujer moderna (1900-1936). Proyección cultural y legado digital, que se está celebrando estos días en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid. Las sesiones se pueden seguir en streaming en YouTube, tanto en directo como en diferido, que es lo que nos ha permitido en Librópatas adentrarnos en la fascinante historia de Zoila Ascasíbar y en la narración – igualmente fascinante – de Ezama Gil.

¿Cómo llegó Zoila Ascasíbar de ser una criada en la casa de un periodista (uno de los primeros datos concretos que se saben de su vida madrileña) a ser la dueña de una imprenta y de una editorial muy activas? “Está en proceso”, apuntaba Ezama Gil en la charla refiriéndose a su investigación. “En algunos puntos tengo más preguntas que respuestas”, reconocía. Ella misma descubrió a Zoila Ascasíbar por casualidad, viendo los pies de imprenta de textos de la época y preguntándose por lo que estaba detrás de ello (y sobre todo por el quién). Lo que encontró cuando empezó a indagar es una gran historia y una con mucho potencial.

Lo que sí está claro es que Ascasíbar llegó a la profesión sin ser ni viuda de impresor (una de las vías tradicionales que las mujeres habían seguido a lo largo de la historia editorial española para convertirse en ellas mismas en impresoras) y sin ser “mujer de letras”. Una de las teorías es la de que Zoila Ascasíbar heredó de uno de sus jefes la imprenta, aunque la profesora Ezama Gil no ha encontrado pruebas definitivas en el testamento del jefe que tendría que haber sido el testador (el dueño de la imprenta de la revista Alrededor del Mundo) de que eso fuese lo que sucedió en su momento. En el último testamento de este hombre Zoila Ascasíbar no aparecen por ninguna parte y todas las menciones a la revista están vinculadas a la única hija del periodista.

Sea como sea y haya sido la vía que haya sido, en el padrón municipal de 1925 de la ciudad de Madrid Zoila Ascasíbar ya aparece definida como “industrial” en el apartado dedicado a su profesión. En 1924 ya era impresora.

“La labor de Zoila Ascasíbar fue más de impresora que de editora, aunque también lo es a partir de 1925”, señalaba en su ponencia Ángeles Ezama Gil. De hecho, sus investigaciones le han permitido concluir que Ascasíbar publicó libros y colecciones de libros de arte, muy cuidados y con mucha calidad.

Entre las revistas que imprimirá y editará durante los años 20 y los 30 hasta el estallido de la Guerra Civil, hay títulos de todo signo político pero también revistas de arquitectura, finanzas, filosofía, eróticas, cómico-satíricas, industriales, de medicina o de toros, por poner solo unos ejemplos. De algunas revistas imprimió su empresa todos los números, de otros sueltos y de algunas los números especiales, demostrando – aventura Ezama Gil – que su trabajo de alta calidad hacía que fuese buscada para hacer los números especiales que requerían una impresión y edición más cuidadas.

La imprenta de Zoila Ascasíbar era por tanto un negocio importante, con una posición en el mercado estable. Una protesta de un vecino ante las autoridades municipales por el ruido de la imprenta – y todo el rastro de documentos que generó – permitió a la investigadora descubrir que en 1930 trabajaban en la imprenta 40 personas y que contaban con material de impresión moderno.

Ascasíbar se había casado en algún momento entre 1908 y 1923 (los años en los que la investigadora reconoce que sabe muy poco de qué le ocurrió y qué hacía), pero el negocio era cosa suya. “Mariano pintaba poco”, explicaba Ezama Gil en la charla, a las preguntas de audiencia. “La que partía el bacalao era doña Zoila”, añadía. La última máquina que compró la empresa fue llamada Zoila en su honor. De su marido se sabe que formó parte del personal de la imprenta, aunque siempre estuvo en posiciones por debajo de las de Zoila Ascasíbar.

La investigadora ha logrado seguir la pista del trabajo de Ascasíbar como impresora y editora hasta 1936. A partir de ahí, esta mujer se borra – aún más – de la historia (aunque como recuerdan en un artículo de El País publicado también al hilo del congreso sí se sabe ya que las autoridades franquistas la vigilaban por republicana), esperando a que se desentrañen los puntos oscuros de su biografía.

Es posible que nunca se logren eliminar todos los puntos de sombra y que nunca se lleguen a unir todos los cabos sueltos. “Es un trabajo de archivo y el trabajo de archivo es limitado”, recordaba aun así Ángeles Ezama Gil. Sin embargo, lo poco que ya se sabe sobre Ascasíbar apunta ya a una historia fascinante.

Imágenes | Zoila Ascasíbar con la plantilla de la imprenta, 1923, y varios anuncios de la imprenta de los años 20. Hemeroteca Digital, BNE

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