Portugal de Cyril PedrosaPortugal‘ es, además del país vecino, una de las novelas gráficas más entrañables que he leído en mucho tiempo. Y de hecho, no soy la única que lo piensa, cuando Cyril Pedrosa publicó el cómic en 2011, fue merecedor de todo tipo de premios. Es de esas obras que dicen mucho sin decir nada, que te llegan de forma natural, sin que se aprecie ningún esfuerzo (ni interés) por hacerlo.

Porque si algo caracteriza a ‘Portugal’ es su lasitud, su lenta descripción de la vida cotidiana, del bloqueo creativo de un autor de cómics, del desmoronamiento de su ánimo, su trabajo, su pareja, del (también lento) resurgir a través de un viaje hacia un pasado familiar del que llevaba años alejado.

Para Simon Muchat, de origen portugués pero nacido y criado en Francia, Portugal es solo el recuerdo, muy distante, de los veranos de su infancia. Lleva ya más de 20 años sin pisar el país cuando le invitan a asistir a un festival de cómics allí. Reconocerá vagamente sonidos, colores, olores como algo propio. Y surgirá una curiosidad (cuando nada parecía surgir de él) no solo por el país, sino sobre todo, por su familia (de la que también se mantiene bastante alejado) y por quién es él. Si todos los viajes son en realidad trayectos hacia el interior de uno mismo, está es una buena prueba.

Y es que en Portugal no ocurre más de un tercio de la acción (en un tomo que llega a las 261 páginas), pues donde comienza y acaba todo es en el propio protagonista. Se nos presenta un retrato minucioso de ese autor de cómics a través de sus rasgos característicos, que por encima y sobre todas las cosas son la apatía. De ahí la lentitud del album, que no hay que confundir con aburrimiento. Se nos introduce poéticamente en el universo del personaje para que, a pesar de nuestras ganas de infundirle un poco de sangre, de pegarle incluso, nos llegue adentro, nos conmueva.

Para eso influye la fantástica elección de los colores, que, lejos del realismo, aportan matices, sensaciones y subjetivismo a la trama. También el protagonismo de las imágenes sobre los diálogos, que ayuda a trasladarnos por completo al  universo del autor. Los dibujos, ágiles y delicados, destacan por su capacidad para crear atmósferas, para envolverte, para seducirte.

Y al final, lo que no logra Pedrosa es contarnos esa historia familiar (de claros tintes autobiográficos), que queda algo oscura y confusa. Pero el objetivo probablemente era mostrarnos la búsqueda, la vida tal cual es, sin conclusiones ni giros sorprendentes, sin piezas que siempre encajan, sin comienzo, nudo y desenlace. La belleza del estar perdidos y la belleza del  tratar de encontrarse. 

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