Hablar sobre este libro sin desvelar algunos detalles de la trama es imposible, así que el artículo que sigue es ligeramente spoileril.

“Acabo de terminar el libro de Paula Hawkins y necesito que lo leas para hablar de él”. Esto fue lo que le escribí por WhatsApp a una amiga en los cinco minutos posteriores a terminar A fuego lento, la última novela de Paula Hawkins que Planeta acaba de publicar en España (la traducción es de Aleix Montoto).

Antes, yo no había leído nada de Hawkins aunque sabía – porque no vivo debajo de una piedra y porque los libros son parte de mi trabajo – que La chica del tren fue un bombazo brutal y global. En realidad, confieso que no he leído mucho de esta nueva hornada de libros de misterio con narradores poco fiables. Leí en su momento a Gillian Flynn (y me había gustado mucho) pero poco más.

La cuestión es que A fuego lento está ahora mismo por todas partes, llegó hasta mí sin que yo hiciese nada por conseguirlo y la curiosidad me pudo. El libro lo recibí el mismo día que llegó al mercado: para mi fascinación, mi ejemplar era ya parte de una segunda reimpresión. La amiga a la que le escribí por WhatsApp tras leerlo me dijo que ella tenía muchas ganas de hacerse con él desde que había leído una entrevista en el Faro de Vigo con la autora.

Todo esto es para generar contexto, porque nadie quiere leer la vida de quien escribe la crítica cuando lee una reseña de un libro. Resulta muy difícil no caer en el este libro me gustó o este libro no me gustó como argumento sobre el que articular el texto (y al final quienes escriben críticas de libros son humanos y, por mucho que se aspire a la objetividad y a la crítica literaria profunda y sesuda, es imposible escapar a los sesgos).

En este caso, me leí A fuego lento en un par de horas (vale que leo rápido, pero es que estaba atrapada por la historia) pero cuando llegué al final no tenía muy claro si era fan o si no lo era. ¿Acababa de leer una obra maestra? ¿Un juego de espejos y de muñecas rusas del misterio y de la condición humana? ¿O era el golpe final un giro pelitardiense con ciertas pretensiones?

A fuego lento se construye partiendo de los puntos de vista de varios personajes en el día después a un crimen. Una mañana, una vecina que vive en una de las casas flotantes del Regent’s Canal se encuentra a su vecino, un joven que vive en una barcaza de alquiler al lado de la suya, asesinado. Miriam, la vecina, es uno de los puntos de vista que seguiremos hasta el desenlace, pero no es el único. También está el de Laura, la chica ‘problemática’ que se había liado con el muerto la noche antes; Irene, la anciana vecina de la madre del muerto y amiga de Laura; Carla, la tía del asesinado; y Theo, su exmarido y escritor de éxito.

Todos y cada uno de ellos conducen una narración en la que lo más importante es, de hecho, lo que no nos cuentan. Quien lee puede intentar, por tanto, jugar a intentar adivinar quién es el asesino, ese clásico de los libros de misterio, pero lo tendrá mucho más complicado. Aquí no hay un detective que vaya investigando la trama y encontrando pistas criminales, a lo que hay que sumar que de lo que los puntos de vista de cada uno de ellos aportan no se puede fiar del todo.

Lo más interesante en esta construcción fragmentaria – y lo que hace que la novela funcione como ese juego de espejos – es no solo que cada punto de vista acaba casi a modo de negativo dando detalles sobre los otros, sino que están construidos de una forma diferenciada. Es decir, cada vez que la narración – que es en tercera persona – salta a cada uno de los puntos de vista logra llevarnos al mundo de ese personaje y a lo que los hace únicos. Esto se nota especialmente en los dos personajes que están mejor construidos y que logran romper con los clichés literarios de las novelas sobre ellos.

Laura no es la “joven loca”, sino que es un personaje más matizado. Irene, la anciana, tiene un peso mucho menor (es más una secundaria salpicada por la trama), pero es posiblemente el mejor personaje de todos y el que más rompe con los estereotipos. Resulta genial que sea, justamente, una mujer de 80 años que a veces está confusa por culpa de la deshidratación y el no comer bien (y que el propio personaje explica bien por qué) quien desvele los puntos finales de la trama, quien catalice la resolución del misterio.

Estos dos personajes y cómo están construidos lleva además a otro punto interesante de la novela, que es además uno de los que las entrevistas que se han publicado estos días con la autora en los medios acaban tocando. Hawkins ha llenado su novela de mujeres “outsiders”, que se posicionan en los márgenes y en lo que es socialmente correcto. “Creo que siempre escribo sobre las mujeres y la manera en la que son tratadas en la sociedad, en particular, son mujeres que no encajan en el patrón que se espera de ellas. Aunque la sociedad ha cambiado, aún se da por supuesto que las mujeres tienen que ser en cierto modo guapas, simpáticas, agradables y todas esas cosas”, dijo en una de estas entrevistas.

Más allá del muerto, Theo es el único personaje masculino de peso y es el escritor de éxito (y que, pronto lo sabemos, se aprovechó de la obra de una mujer y vampirizó sus experiencias vitales para romper con sus años de bloqueo de escritor), cumpliendo todo lo que se espera de él. Entre los personajes femeninos, hay dos mujeres en cuyos trabajos no les dejan estar de cara al público porque no son agradables, una alcohólica o una mujer de 80 años que mentalmente se siente de 35 o como mucho 40.